“Symbol of life” es ya el noveno larga duración de los británicos Paradise Lost. Instalados en la cómoda posición que les confieren la indiferencia de la comunidad metálica (la cual trató a la banda como un artilugio de usar y tirar en “Draconian times”), el olvido ya lejano de los deathsters y la inadaptación al círculo comercial, el quinteto concentra su éxito presente en tierras europeas y, más concretamente, germanas, donde han aprendido a apreciar la evolución constante ligada a cada nuevo disco. Así, no es de extrañar que el trabajo se haya colocado en el puesto 16 de las listas de ventas teutonas nada más salir a la venta, que la primera visita promocional haya sido en dicho territorio o que sean cabecera de portadas en diversas revistas del viejo continente.
Desde el primer instante en el que hacen acto de aparición las guitarras de Mackintosh y Aedy, queda claro que este plástico es otra ruptura con el pasado de los británicos. Los punteos de Greg, avanzadilla para el resto de instrumentos antaño, se han eliminado otorgando la carga principal a unas rítmicas que jamás sonaron con tal contundencia. A “Isolate” y “Perfect mask” me remito, presididas por una cadencia militar a lo Ramsteim y un ligero aire Rob Zombie la segunda que en las escuchas de tanteo puede provocar confusión, pero que son el contrapunto de equilibrio del disco. A falta de aquellos recorridos de Greg por los trastes bajos de su eléctrica, los teclados definen la melodía de un modo sutil cuyo rol es discreto pero esencial. Tanto es así que “Pray nightfall” y “Mystify” cautivan tan pronto se deslizan dentro de las entrañas. Eso sí, aquí nadie se salva de la electrónica y las bases preprogramadas de batería que aderezan el esqueleto de las canciones.
“Erased”, aparte de sencillo previsible estilo “Say just words”, es una pieza bien manejada, de mucha fluidez y pegada. La voz femenina del estribillo secunda de forma un tanto mecánica a Holmes, pero sin ella no existiría la magia que envuelve su melodía. “Nocelebration” y “Symbol of life” toman las riendas del trabajo iniciado en “Believe in nothing”: composiciones tales como “Fader” “Illumination” o “Divided”, que entremezclan tintes góticos con otros puramente orquestales y alguna pincelada popera perdida, no cayeron en saco roto. En este caso aportan el granito de arena poético que faltaba para caer rendidos ante el hechizo.
En “Primal” asoma el fantasma heavy-doom de “Icon”, siempre con la progresión añadida que establece la distancia temporal: bases pregrabadas en las estrofas y algún destello rítmico recordando a Dino Cazares. Y si en los tiempos de “Shades of God” a “Draconian times” el timbre de Holmes retenía en más de una ocasión la garra de James Hetfield, “Two worlds” (donde Devin Townsend se ha colado en los coros) y “Self-obssesed” son testigos de que esa influencia perdura con igual o mayor intensidad. La segunda perseverará en el tiempo y es la excepción a la regla: desborda con un optimismo difícilmente recordado en la carrera de la banda y encierra algún apunte a los Almighty más potentes.
Ahora que hago referencia a salidas de tono llamativas (positivas, por supuesto), “Channel for the pain” quizá sea la más significativa. Nada más dar comienzo, pienso que me han colado “Out of hand” de Entombed. De pronto, para en seco y regresa a una parte corta más propia de Paradise Lost. No durará mucho, puesto que Lee Morris irrumpe con un ritmo atropellado y Holmes hace una intentona de cantar a lo L.G. Petrov con poco empeño (¿habrá olvidado los gruñidos guturales?). Chocante, ¿verdad?
Hay que sumar dos bonus-tracks al contenido del compacto. Uno es “Xavier”, una versión de Dead Can Dance que saca a relucir toda la atmósfera “Host”, con un mayor predominio de las guitarras en pasajes puntuales. Quizá gracias a ésta se descubra de una vez que las influencias que inspiraron aquel disco eran consistentes y que PL se desenvuelven perfectamente en esas lindes. La segunda, “Small town boy” también es “robada”, esta vez de los archivos de Bronski Beat y contagia la misma vitalidad de “Walk away” de Sisters of Mercy, también grabada como cara-b de “The last time”.
En la parte compositiva no se ha producido ningún cambio: Mackintosh es absoluto responsable de la música que encierran los once cortes y Holmes pone los textos ambiguos que tanto gustan sus seguidores de adaptar a sus propias vivencias. Quizá destaca por encima de lo habitual la voz de este último, desprovista del ahorro de trabajo que la solista le propiciaba antes. No hay guitarra que le arrope y, teniendo en cuenta su limitación como vocalista, está espléndido. Como nota curiosa, no se puede pasar por alto la lujosa presentación que posee el formato digipack, muy elaborada y ciertamente original.
Muy a mi pesar, la repercusión que el combo de Halifax tiene en España es prácticamente nula. El paraíso perdido está vetado a gente con prejuicios y, como es habitual de unos años en adelante, se ha convertido en culto para sus fieles. Pase lo que pase con este disco, ha quedado claro que ha sido todo un acierto el nuevo camino que han emprendido hacia un sonido visiblemente endurecido y enriquecido con la experiencia adquirida en los tres trabajos anteriores. El aspecto que más cabe resaltar es que la totalidad de los temas de “Symbol of life” poseen una calidad envidiable y que no hay ni un segundo de relleno. Con este álbum, Holmes y Mackintosh le van a cerrar la boca a más de uno.
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J. Alfonso Puerta
