AC/DC “If You Want Blood (You’ve Got It)” (1978)

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Hay discos que se niegan a envejecer. “If You Want Blood (You’ve Got It)”, publicado por AC/DC en 1978, es un caso claro: un directo que no pretende demostrar que una banda es buena, sino recordarte por qué el Rock and Roll puede ser una experiencia física.

Grabado durante la gira de “Powerage”, el álbum captura a AC/DC en uno de sus momentos más salvajes, cuando Bon Scott todavía era el descarado, provocador y extraordinariamente carismático frontman que convirtió la insolencia en una forma de arte. Aquí no hay espacio para sutilezas innecesarias. Angus Young dispara riffs, Phil Rudd mantiene el motor a revoluciones constantes, Cliff Williams sostiene el edificio desde abajo y Malcolm Young demuestra, una vez más, que muchas veces el guitarrista menos protagonista es precisamente el que hace que todo funcione.

Desde el arranque con “Riff Raff” queda claro que esto no va de escuchar un concierto cómodamente sentado. El riff entra como una patada en la puerta y la banda se lanza sobre él con una precisión casi obscena. “Hell Ain’t A Bad Place To Be”, “Bad Boy Boogie” o “The Jack” tienen esa cualidad que solo poseen los grandes directos: parecen sencillos hasta que intentas reproducirlos.

Y entonces aparece “Whole Lotta Rosie”, probablemente uno de los momentos definitivos del disco. El público, Bon Scott y las guitarras forman una única criatura desbocada. Angus no toca: ataca. Scott no canta: provoca. Y Malcolm permanece ahí, aparentemente tranquilo, haciendo que todo aquello no se desintegre.

Lo extraordinario de “If You Want Blood (You’ve Got It)” es precisamente su falta de pretensiones. No intenta ser sofisticado, progresivo ni experimental. AC/DC entendieron algo que muchas bandas tardaron décadas en comprender: si tienes un riff gigantesco, una sección rítmica demoledora y canciones que funcionan, no necesitas disfrazarlo.

La producción conserva además una aspereza deliciosa. Se escucha al público, se percibe el volumen, se siente el sudor. No estamos ante un directo excesivamente pulido en estudio. Hay suciedad, electricidad y peligro. Y eso es exactamente lo que necesita AC/DC.

¿Tiene defectos? Por supuesto. El repertorio podría haber incluido alguna sorpresa más y quienes busquen un documento absolutamente perfecto del directo quizá encuentren ciertas irregularidades. Pero pedirle perfección quirúrgica a este álbum sería no entenderlo. “If You Want Blood (You’ve Got It)” no pretende ser un bisturí. Es un martillo.

Y quizá ahí reside su importancia. En 1978, mientras el Rock evolucionaba hacia territorios cada vez más complejos, AC/DC apostó por algo aparentemente primitivo: riff, ritmo, actitud y volumen. 48 años después, esa fórmula sigue funcionando.

“If You Want Blood You’ve Got It” no es simplemente uno de los grandes directos de AC/DC. Es uno de esos discos que explican por qué el Hard Rock puede ser tan poderoso cuando elimina todo lo innecesario.

Imprescindible. No porque sea perfecto, sino porque durante sus mejores momentos consigue algo mucho más difícil: hacerte sentir que estás allí, delante del escenario, mientras cinco tipos convierten el Rock and Roll en una amenaza.

Santi Fernández “Shan Tee”

 

Puedes leer esta reseña en catalán en El Rock-Òdrom