JUDAS PRIEST + AIRBOURNE + DIRKSCHEINER – Martes 18 de agosto de 2026, Navarra Arena (Pamplona)

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Crónica originalmente publicada en catalán en El Rock-Òdrom

Judas Priest es considerada la formación que definió el Heavy Metal con “Sad Wings Of Destiny” y “Killing Machine”, que consolidó las bases con “British Steel”, que lo elevó al nivel máximo de excelencia con “Screaming For Vengeance” y “Defenders Of The Faith”, y que lo redefinió décadas más tarde con Painkiller.

Contrariamente a aquello que se podría esperar ante este rosario de méritos irrebatibles, su estatus está insólitamente infravalorado y, sin intención de menospreciar a ningún grupo ni contraponer virtudes, nunca ha contado con las mismas muestras de reconocimiento que ha tenido Black Sabbath, con el desenfrenado seguidismo del cual disfruta Iron Maiden, con el éxito masivo obtenido por Metallica ni con las ventas de discos atesoradas por AC/DC.

Sea como fuere, y a pesar de ser pagados con la moneda de la ingratitud, K. K. Downing, Ian Hill y compañía se erigieron hace décadas en los Defensores de la fe y, desde entonces, en el imaginario colectivo quedó fijado que eran los Dioses del metal, del acero y de todas las aleaciones conocidas. Que serían por siempre jamás los Guardianes de la fe. Desde ese momento, han estado, son y serán la banda sonora de mi vida.

Han pasado casi cuarenta años desde que los vi por primera vez en el escenario del Palacio Municipal de los Deportes de Barcelona y tengo grabadas en la memoria una serie de instantáneas tan vivas que, cuando las recuerdo, se suceden irrefrenables la una detrás de la otra como si se trataran de una retahíla de diapositivas accionadas automáticamente. Desde aquel día, les he podido ver en una veintena de ocasiones más y en todas ellas, cuando desde la mesa de sonido se corta la música de ambiente, se apagan las luces y la oscuridad se mezcla con el griterío de los fieles seguidores, siempre he sentido la misma emoción de aquel primer concierto.

El martes, mientras me dirigía hacia el Navarra Arena para presenciar la duodécima fecha de la gira bautizada con el nombre de “Faithkeepers”, un nerviosismo positivo recorría mi cuerpo de arriba abajo. Una sensación que, de unas giras acá, es una mezcla de euforia con un sentimiento de desconsuelo, porque después de cada concierto y de manera irremediable, el ocaso de los dioses está algo más cerca.

Quizás hace tiempo que algunos componentes de Judas Priest tendrían que haber aceptado que el elixir de la juventud no existe. Quizás hace tiempo que todos ellos tendrían que haber decidido colgar los hábitos antes de arrastrar por el barro su herencia. Quizás hace tiempo que, profundamente mal asesorados, están tomando decisiones extramusicales incomprensibles a ojos de todo el mundo. O quizás hace tiempo que lo más inteligente habría sido no dar tantas vueltas y dejar hacer al destino. Vivir con agradecimiento los últimos estertores de su irrepetible trayectoria y respetar la que parece una última voluntad: el deseo que los acompañemos hasta que las fuerzas les abandonen completamente. Quizás esta asunción será una acción tomada a regañadientes si consideramos más acertado alejarse de los escenarios antes de dejarse la piel en él, pero venga lo que venga y sea cual sea la manera en la que elijan exhalar el último suspiro, este final desencadenará una certeza axiomática: su legado será entonces eterno por siempre jamás.

Antes de entrar en el pabellón, hago una parada en el fotomatón instalado en el exterior del recinto para colaborar con la Glenn Tipton Parkinson’s Foundation. Una vez dentro, hago una parada obligatoria en su punto de venta de merchandising para comprar una copia limitada de la edición remasterizada de “Sad Wings Of Destiny” y voy en busca del lugar desde donde disfrutar en mayúsculas del espectáculo. Desde la atalaya de nuestra localidad podemos observar la increíble entrada que ya se registra en aquel momento de la tarde. No sé por qué, pero tenía el mal presentimiento que la asistencia de esta noche pincharía y cabe señalar que me llevé una sorpresa muy agradable al ver lo bien que lucía el polideportivo casi lleno (más tarde supe que a través de la venta anticipada, se habían despachado alrededor de diez mil billetes) y con una nutrida representación de público venido de tierras catalanas que la noche anterior ya nos habíamos hecho con las calles del casco viejo de la ciudad.

Dirkschneider: corazón de acero (inoxidable)

Unos sobrios Dirkschneider condensaron en cuarenta minutos los clásicos atemporales del catálogo de Accept. Cuando ves reacción de la gente ante “Fast As A Shark” o “Metal Heart” y la pasión que pone cantando hasta la extenuación los estribillos de “Princess Of The Dawn” o “Balls To The Wall”, te das cuenta de la inabarcable cantidad de clásicos que los alemanes (con la voz original de Udo) han aportado al universo del Heavy Metal. Canciones todas ellas que el pequeño vocalista rescata en compañía de su hijo Sven a la batería, Andrey Smirnov y Fabian Dee Dammers a las guitarras, y Alex Jansen al bajo, el cual ocupa el lugar de Peter Baltes que a principios de mes tuvo que ser hospitalizado después de caer del escenario y romperse tres costillas.

Airbourne: el Rock’ Roll nunca morirá

Los australianos son la pura esencia del Rock’ n’ Roll. Actitud, diversión y desbordante energía electrizante. Principalmente, si nos fijamos en Joel O’Keeffe que entre saltos y carreras inacabables, tiene tiempo de pasearse a hombros entre el público mientras toca “Raise The Flag” y reventarse una lata de cerveza en la cabeza, y volver al escenario con su hermano Ryan, el bajista Justin Street y el guitarrista Brett Tyrrell para acabar con la descarga, no sin antes hacer una sentida ofrenda con su guitarra al desaparecido Lemmy de Motörhead antes de interpretar “Live It Up” y tirar posteriormente una docena de pintas a las primeras filas.

Judas Priest: los Guardianes de la fe reconvierten a los impíos iruindarrak en una multitudinaria misa oficiada en el Navarra Arena

Después de las primeras estrofas, “War Pigs” de Black Sabbath se funde a negro, las luces se apagan y empieza a escucharse la intro con tintes épicos que inaugura esta gira. El griterío es atronador. A continuación, suenan los acordes iniciales de “You’ Ve Got Another Thing Comin’” que los fieles acompañamos dando palmas, con la misma esperanza de una penitencia para redimir las faltas cometidas. Instantes después, cae el telón que oculta el escenario y se desata el delirio absoluto. Richie Faulkner, Rob Halford, Ian Hill y Andy Sneap, plantados ante la tarima donde está montada la batería de Scott Travis, avanzan hacia el borde del escenario mientras en las cinco pantallas dispuestas, aparecen imágenes del pasado industrial del Black Country junto a la enseña de la región. Me encanta cómo funciona esta canción para abrir el show, a pesar de que a priori no lo habría dicho nunca. La complicidad que crea invitando a todo el mundo a participar, resulta todo un acierto.

El eco de unos choques metálicos son el preludio de “Metal Gods” con la pantalla gigante simulando una forja y combinando con las otras cuatro distribuidas a ras del suelo la proyección de imágenes del desfile de un ejército de robots, al que Rob se añade en las postrimerías del tema con sus ridículos (pero ya imprescindibles) movimientos maquinales.

El Metalgod aprovecha este momento para saludar a sus seguidores y proclamar que los Priest han vuelto. Pregunta si todo el mundo está preparado por una noche de Heavy Metal y arranca “Breaking The Law”, el himno contestatario por definición y la canción con la cual todo empezó para mí. La gente nos dejamos la voz, a la vez que contemplamos con una sonrisa en los labios la estampa icónica de los dos guitarristas y el cantante moviéndose al unísono, mientras siguen el ritmo de una melodía tantas veces escuchada.

Transcurridos estos primeros compases, podemos constatar un par de cosas. La primera es que la actual reencarnación de Judas Priest funciona con la precisión de un reloj suizo. Halford enfrenta cada noche una lucha entre su espíritu joven y su cuerpo cansado; Hill continúa pasando casi desapercibido ocupando su cómodo, voluntario y fijo segundo plano; Travis es el tesoro escondido, la pieza imprescindible en el engranaje de la maquinaria Priest; Sneap ha pasado de ser una solución temporal a ocupar definitivamente la plaza de Tipton en directo, mientras que Faulkner encarna como nadie el papel de guitar hero nacido en otra época que “juega” por y para el grupo. Tanto él como Andy son los “culpables” del resurgimiento de la temperatura de combustión de la forja de los de Birmingham.

La segunda de las consideraciones hace referencia a la escenografía. Es evidente que la reciente producción no inventa nada que no se sepa, pero es efectiva y cumple con el objetivo de reforzar la experiencia del directo, sin robar protagonismo a aquello que realmente es importante. Las pantallas secundarias muestran tanto diseños que complementan los de la principal como otras que conforman con esta conjuntos únicos y vistosos.

Por su lado, el equipo de iluminación es fantástico y el resultado de la combinación de focos de diferentes tonos, como por ejemplo entre amarillos y morados, es muy llamativo. El tridente del diablo, trufado de focos, va emergiendo de atrás la batería para respaldar el impacto visual en algunos de los temas, del mismo modo que también lo hacen los potentes y precisos haces de luz láser de colores en otras ocasiones.

Capítulo aparte merece el inacabable fondo de armario del señor Rob Halford con casi una decena de chaquetas entre cazadoras, casacas, levitas y chalecos que se va cambiando cada vez que se esconde entre bambalinas.

Esta gira se ha planteado como una celebración del legado de Judas Priest y qué mejor manera de festejarlo que afilando “The Ripper”. Cuando era adolescente y durante un largo periodo, lo escuché muchísimo. A pesar de que Rob ya no hace el agudo destripador después del primer verso, el tema es imbatible y la recreación de los sórdidos callejones de la City y la sucesión de antiguos titulares de la prensa de la época, nos recuerdan la oleada de terror generado por los homicidios cometidos por este cruel asesino.

El escenario se tiñe de azul, Sneap y Faulkner concurren en el centro y Scott Travis, de pie detrás la batería, pide que el auditorio acompañe con sus palmas. El estremecedor riff de “The Sentinel”, da paso a la fusión perfecta entre la épica futurista, la destreza técnica y los agudos desorbitados que ejemplifican esta obra y que esta noche cobran todavía más fuerza gracias a los destellos de los láseres y a los incontables rayos de luz que rebotan en los espejos de la bola de discoteca suspendida de la cubierta. Definitivamente, el bueno de Rob Halford ha acabado adaptando las líneas vocales del puente y el estribillo para poderlas cantar sin desgañitarse, un ajuste que lamentablemente debilita parte de la grandeza y del brillo del tema. Una carencia parecida se aprecia en el solo compartido que, como el resto de las partes individuales de las cuales se ocupa Andy Sneap, no tienen aquel toque único que imprimía Glenn Tipton. Andy es un productor soberbio y un excelente guitarrista rítmico, pero de aquí a reunir todas las calidades para sustituir a alguien como Tipton, dista un mundo. Aun así, pone toda su voluntad y en las actuaciones de esta tournée, se le ve disfrutar y mostrarse más cómodo y suelto en sus tareas instrumentales que en las anteriores ocasiones.

“Desert Plains”, con una cadencia más próxima a la de la versión original, es una de aquellas gemas que, una vez la redescubrí en “Priest… Live”, tomó una dimensión de proporciones enormes y se convirtió de facto en una de mis favoritas.

“Lighting Strikes”, el sencillo del aclamado “Firepower”, nos devuelve al presente. Un título al cual la banda tiene mucha fe, pero que es uno de los que menos me gusta de este disco. Este hecho, pero, no me impide disfrutarlo y esperar con los brazos abiertos el agudo final de Rob.

Las notas de guitarra sintetizada solo pueden anunciar la llegada de “Turbo Lover”, con Richie Faulkner animando a unos asistentes que explotaremos de alegría cantando el estribillo hilarante de este clásico que se ha ganado la categoría contra todo pronóstico. Resulta curioso ver como el tiempo nos ofrece una perspectiva diferente a las cosas. Solo así se explica que un tema de un álbum tan controvertido en el momento de su publicación se convierta en uno de los que despierta más entusiasmo entre la parroquia después de haber sido recuperado en la gira de “Demolition”.

Sin dejar un segundo de respiro, el grupo nos lleva a la fundición para modelar “Steeler”, una de las piezas más rotundas del álbum “British Steel”. Heavy Metal de pura cepa con una gran interpretación por parte de Halford, un impecable Travis y un mano a mano final entre Faulkner y Sneap que hace saltar chispas de sus guitarras. Sin duda, la gran sorpresa de la gira al ser una composición que hasta ahora los garantes ferrosos solo habían tocado en EE. UU.

En este justo momento, cuando los fanáticos (si se me permite el símil pugilístico) estamos a punto del K.O. después de la tormenta de golpes que con sus canciones nos ha infligido la formación, llega la única tregua de la velada. Una bocanada de oxígeno que permite empezar a tomar conciencia de la avalancha de metal que nos acaba de pasar por encima. Sentado a la derecha del escenario, el cantante agradece la perseverancia, la fe y los valores inclusivos de la comunidad metálica mediante un emotivo discurso y presenta “Delivering The Goods”, otra de las poco habituales en los repertorios y que la banda no tocaba por Europa desde hacía un cuarto de siglo. “Killing Machine” fue la segunda casete que tuve de Judas Priest y guardo un aprecio especial a la mayor parte de los temas de este disco, entre los que cuento el corte que abre el trabajo y su magnífico arranque in crescendo.

“Panic Attack” es la elegida para representar al último “Invincible Shield”. Buena canción de la cual me gustan mucho las originales líneas de voz (muy exigentes en directo) y las fenomenales armonías de guitarra.

A continuación, los dos instrumentistas vuelven a concurrir en el centro del escenario y dejan que la luz blanca les bañe antes de desafiar la composición por excelencia, la majestuosa “Victim Of Changes” con su combinación de luz y oscuridad, de indulgencia e inclemencia, de delicadeza y agresividad. Increíble interpretación de Rob que cumple con creces en los agudos culminantes, mientras que Richie da rienda suelta a su creatividad en el emblemático solo que protagonizaba K. K. Downing.

La iconografía vikinga nos hace viajar hasta “Halls Of Valhalla”, el exponente de “Redeemer Of Souls”, una pista de excelente factura marcada por un agudo embridado a su parte central que nace del mismo abismo velar de la garganta de nuestro vocalista.

Instalados en el reino de los Dioses nórdicos, aquello va cuesta abajo y sin frenos, especialmente cuando las pantallas presagian la venida del salvador de la humanidad. Scott Travis ejecuta el patrón de batería de “Painkiller” y la gente enloquece, literalmente. Un título que, para una gran mayoría de los fans más jóvenes, es la definición exacta de aquello que denominamos Heavy Metal y que a estas alturas se ha ganado a pulso ser una de las imprescindibles del setlist. Halford sufre ante la extrema exigencia vocal (recordemos que estamos hablando de un señor que este mes de agosto ha cumplido setenta y cinco años), pero saca adelante la canción con dignidad.

Los Sacerdotes se retiran momentáneamente del escenario. El tridente del diablo se tinta de rojo en el mismo instante que retruenan las primeras notas de “The Hellion”. En la penumbra, la multitud empieza a entonar la dramática melodía como si nos fuera la vida en ello, del mismo modo que también haremos más tarde con el fragmento del breve solo de la inmensa “Electric Eye”. El binomio que conforman ambas es insuperable y simboliza como pocos la grandeza del grupo y la trascendencia del género que forjaron. Además, “cantar” a voz en grito estas partes de guitarra resulta absolutamente liberador.

Nuevo mutis de los Paladines del acero antes del acto litúrgico por excelencia en cualquier show de Judas Priest: entre una nube de humo y en medio del sonido inconfundible del motor de una Harley Davidson, Rob Halford irrumpe cabalgando la motocicleta, como si se tratara del advenimiento a la tierra de un ángel redentor transfigurado con un chaleco de cuero, una gorra de plato negra y una fusta entre los dientes. El delirio se eleva a la enésima potencia.

Enganchada a las últimas notas de “Hell Bent For Leather”, la oda escrita al mundo biker, suenan los golpes de batería de la festiva “Living After Midnight”, el “Paquito, el chocolatero” del Heavy Metal. Saltamos, cantamos y nos dejamos llevar enloquecidos por la música hasta no poder más.

La ceremonia se acaba. Los cinco Curas saludan a los fieles que durante el transcurso de la eucaristía de riffs hemos sucumbido a la fe de los Dioses del metal y que correspondemos el oficio de la banda con una sincera y larga ovación que pone los pelos de punta.

Los instrumentistas se despiden y Rob se queda solo en el escenario para recibir su baño de multitudes. La aclamación continúa siendo tan cerrada que, lejos de invitarnos a hacer que coreemos el nombre de Judas Priest antes de recogerse definitivamente, el maestro de ceremonias se queda plantado en medio en una especie de éxtasis místico, empapándose del calor incondicional de sus devotos, y dejando que sellemos la histórica noche de heavy metal entonando el habitual “oé, oé, oé, oééé…”.

En la pantalla, el mensaje que se puede leer es inequívoco: “Los Priest volverán”. Embelesado, y mientras suena “We Are The Champions” de Queen, miro como el escenario queda a oscuras y vuelvo a la realidad con una certeza absoluta: durante estos noventa y cinco minutos he sido la persona más feliz del mundo.

Horas más tarde, después de un merecido sueño reparador y con la cabeza más fría, me levanto cuando el sol apenas acaba de despuntar. Mientras me preparo un café, voy pensando en cómo empezar esta crónica. Me siento en la silla, cojo la taza y tomo un sorbo. Sé que las primeras frases son las más difíciles de escribir, pero cuando se supera este primer momento, las palabras fluyen solas. Vamos a ver qué sale…

Texto, fotos y vídeos: Marc Milà