Una especie de reflexión en voz alta: hablar de Kiss, me refiero a su música, es algo así como tratar de andar sobre arenas movedizas y pretender no hundirse, quiero decir que si el fenómeno ‘fan’ tiene unos grupos claramente objetivo del fan-atismo, este es uno de ellos, con lo que eso conlleva de riesgo a la hora de enjuiciar un trabajo y no ‘ofender’ a quien les tiene por dioses o algo así.
Entrando en materia, Kiss siempre han vendido cantidades considerables de sus discos entre su heterogéneo público, fundamentalmente rockero pero también hortera-cutre como algunas de sus canciones, incluso influido por modas o momentos de auge de sonidos alejados de la dureza que se les suponía. Pero fue tras la afortunada (al menos para mí) marcha de Ace Frehley y su sustitución con Vinnie Vincent para editar “Creatures of the night” en 1982, cuando el grupo centró toda su atención en la música, aún manteniendo sus maquillajes y su parafernalia de directo. El sonido se endureció con aquél disco, nada de guitarras a medio saturar ni de melodías empalagosas, aquello era heavy metal.
Con el disco que nos ocupa dieron otra vuelta de tuerca dejando su cara al descubierto y centrándose definitivamente en un estilo que mantuvieron hasta bien entrada la década de los 90. Mucho más poderoso que cualquiera grabado antes, con una producción (Michael Jackson, ojo) orientada hacia el público de antes y el nuevo heavy de los -maravillosos- ochenta.
La primera reacción de los fans más ortodoxos fue la de rechazo, volviendo al redil sin problemas una vez comprobada la no extinción del universo tras desenmascararse. Y es que ya no había opción a la duda, esto era un grupo cuyas chapas o camisetas se podían ver junto a las de Iron Maiden o Judas Priest, sin medias tintas.
El flanger de las guitarras de “Exciter” es lo primero que se escucha al darle al play del reproductor, dejando claro que se trata de unos ‘nuevos’ Kiss en relación a su obra setentera, corroborado con la mala leche con que canta Gene Simmons “Not for the innocent”, la siguiente, y la agresividad en los solos de Vinnie Vincent.
“Lick it up” fue el primer single, a medio camino entre el trote de las guitarras en quinta (al uso del momento) y el estribillo pegadizo del rock potente americano. El vídeo de esta canción mostraba a Stanley, Simmons, Carr y Vincent tal cual, con los mismos iconos de los Kiss de antaño (mucha fémina, dime de qué presumes…) pero con sus feas caras al descubierto. El siguiente single, fue “All hell’s breaking loose”, la que inicia la cara B (en el disco, en CD ya se sabe…), de cadencia totalmente heavy y repetición del estribillo hasta saciar. Y otro ejemplo más de la dureza alcanzada (por mucho que les pese y en contra de la opinión de determinados puristas) era “Gimme more”, bastante más rápida de lo que solían componer los de Detroit.
El caso es que no había tantos huecos en la música del grupo como años atrás. Este disco está lleno de guitarras, con una pegada inusual en Eric Carr (exceptuando algunos cortes del “Creatures of the night”) y el resto de elementos que caracterizan al heavy del momento. Pero también había temas sentidos como “A million to one”, un medio tiempo que canta Paul Stanley con voz desgarrada y que arropan unos coros bien metidos (como en el resto del disco, dicho sea de paso.
El resto de canciones mantienen el alto nivel de la obra: “Young and wasted” en la que la base Eric Carr/Gene Simmons le da un punto de caña burra, “Fits like a Glove” en la que destacan los coros y las segundas voces, la pegadiza y hard-rockera “Dance over your face” y “And on the 8th day”, en la que vienen a decir que esto del rock es obra divina.
En fin, que este es un disco que dejó indiferente a poca gente, a unos les revolvió las tripas y a otros nos alegró la vida. Yo reconozco que la trilogía “Creatures of the night” / “Lick it up” / “Animalize” es lo que más me gusta de Kiss, aún cuando me sabía de memoria discos como “Unmasked”, “Love gun” o “Rock’n’roll over” por poner ejemplos. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, definitivamente no hay color.
Salud.
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Alvar de Flack
