“Misplaced childhood” fue el cuarto disco de Marillion, tras un aún verde “Script for a jester’s tear” de 1983, un depresivo “Fugazi” de 1984 y el directo “Real to reel” de ese mismo año, cuya característica más destacada es la evidencia de cinco personalidades muy marcadas que fueron capaces de unirse para completar un disco único.
Se trata de una obra conceptual que ha aguantado perfectamente el paso del tiempo, cuya temática gira en torno a la desintegración de una relación amorosa (el propio Fish admite que podría tratarse de la suya), llena de composiciones reflexivas y de momentos de gran intensidad musical, y que además les supuso la consagración como grupo y un referente a la hora de hablar de rock progresivo.
La peculiar voz de Fish, brusca y áspera en algunos momentos y delicada cuando tiene que serlo, tiene de especial interés el plus de dramatismo con que dota a cada composición. Escucha “Blind curve” (el tema más pinkfloydianodel disco) y comprenderás de qué hablo. “Kayleigh” probablemente nunca hubiera llegado a ser lo que fue si no le hubiera puesto todo ese alma que le pone, ni “Lavender”, ni “Heart of Lothian” ni… en fin, un buenísimo trabajo vocal, y eso que su timbre tardó en entrar.
Pero lo que realmente me sigue impresionando es el sonido que consiguieron en la grabación. El bajo y la batería son de escuela, de hecho, quizá sea el disco que más me he estudiado en este sentido. Ian Mosley (batería) y Pete Trewavas (bajo) hacen un trabajo que no sobresale por sus filigranas, pero sí por su resultado. La intensidad de algunos pasajes en los temas más celebrados (“Kayleigh”, “Lavender”…) se debe a la base rítmica.
El trabajo de guitarra corresponde a Steve Rothery, un tipo que tampoco destaca por su destreza, pero sí por su variedad de sonidos (me recuerda en este sentido a Andy Summers de The Police) y, sobre todo, por sus desarrollos armónicos, campo en el que es todo un maestro y lo demuestra a lo largo del disco. Nada de solos espectaculares, pero sí unas rítmicas que pertenecen a su propio sonido, perfectamente identificable en todo momento.
El músico que falta es Mark Kelly, teclista de sonido también muy personal, como el resto de sus compañeros, que buceó en los sonidos anteriormente explorados por gente como Peter Bardens (Camel) o Rick Wright (Pink Floyd) y cuyas teclas suenan a síntesis de ambos.
Destacar algún corte por encima de otros es absurdo. Este es un disco entero, un todo que también puede descomponerse en partes y cada una tiene sentido. Del inicio con “Pseudo silk kimono” al final con “White feather” es como dibujar un sobre de un solo trazo, sin levantar la punta, si bien es cierto que “Kayleigh” salió como primer single y les ayudó a engordar sus carteras.
En 1998 se reeditó remezclado y remasterizado en 24 bits, con algunos retoques en las voces (algún chorus que no existe en el original, por ejemplo) y filtros que palidecen algunas frecuencias, aunque probablemente pasen desapercibidos a la gran mayoría. Además incluye un segundo CD con las maquetas, tomas desechadas, mezclas raras y temas no incluidos en el original que lo hacen bastante interesante.
Disco clave en la historia del rock con desarrollos sin estructura fija.
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Alvar de Flack
