Es curioso como muchos obvian la primera etapa de los canadienses, como si su obra, por lo menos la destacable, comenzara con aquel magnífico “2112” de 1976. Otros sin embargo somos de los que creemos que Rush no tienen ni una nota de desperdicio, y ya sea en su etapa rebosante de teclados y sintetizadores en los 80 o en esta etapa de power trío setentero en la que se editó este “Fly By Night” sólo encontramos grandes obras. Señores, que Rush no tienen ni un disco malo, y los menos buenos, por decirlo de alguna manera, no están entre los tres primeros ni muchos menos.
En 1975 tenían a Led Zeppelin en un altar, pero eran capaces de sonar tan bien ellos aunque nunca dejes que nadie te diga que eran una copia; los Rush de 1974 suenan a Rush por los cuatro costados. Primero por su marcada personalidad que los lleva a ser ellos mismos tanto si van enfundados en ridículas mallas de trapecista o con horteras chaquetas; segundo porque, junto al productor Terry Brown, que más tarde les grabaría sus discos clásicos, consiguen un sonido impropio para la época y tercero porque si algo caracteriza a Rush desde la primera nota que grabaron, es el tremendo gusto por la melodía, algo que los hace únicos. Así que, teniendo en cuenta que todo esto se encuentra entre los surcos de “Fly By Night”, de discos menores nada de nada. Luego están las coplas, que miren ustedes si son buenas que algunas siguen vigentes en sus directos 30 años después, caso de los trepidantes ocho minutos de “By-Tor & The Snow Dog” aunque yo prefiero la anterior “Beneath, Between & Behind” que no hubiera desentonado en el “Led Zeppelin IV” que junto con la “sabbathica” “Anthem” y “Best I Can” (que podrían haber firmado los mismísimos Thin Lizzy o los propios UFO de la época) forman una primera parte del disco absolutamente descomunal. Para la segunda, que comienza con la
preciosa copla que da título al disco, levantan un poco el pie del acelerador, sacan las acústicas a pasear y dan rienda suelta a la épica de melodías imposibles. Así se suceden “Making Memories”, la lánguida “Rivendell” y la maravilla que cierra el disco con el acertado título de “In The End”.
Por cierto, antes de que se me olvide, prestar atención a los solos de este disco es un ejercicio glorioso. No voy a descubrir a Lifeson ahora, claro, pero aquí firma un trabajo tan bueno como sencillo, sin artificio ninguno, aunque ya sabemos que, como siempre, el trabajo de todos es de sobresaliente.
¿Y qué quieren que le diga más? A los que ya aman esta etapa, nada puesto que ya lo saben, a los que no conocen la banda y siempre les dio “repelús” eso del Sinfónico/Progresivo, que aquí tienen por donde agarrar carne y a los que ya gustan del grupo pero piensan que los tres primeros discos son obras menores… a esos mejor dejarlos que ardan en el Infierno.
[youtube]http://youtu.be/17t4bSaMvl4[/youtube]
Pedro Salinas “Pears”
