Iron Maiden se plantaban en España de nuevo. Personalmente era la tercera vez en cinco meses que tenía oportunidad de verles, tras los shows de Las Ventas y Metal Mania (ambos reseñados en esta misma web). Quien más y quien menos ya ha visto a Iron Maiden en directo en más de una ocasión, y eso unido al alto precio de las entradas (33 € ) haría pensar que por una vez el promotor iba a ver comprometidas sus ganancias.
Pero estos chicos son una apuesta segura. Antes de llegar a las inmediaciones de Vistalegre, se veía ya el ambiente de las grandes ocasiones. Rockeros por todas partes y mucha gente esperando para entrar disiparon cualquier duda de un posible pinchazo.
Afortunadamente llegué prontito y elegí un buen sitio en la grada, sobre la mesa de mezclas, centrado frente al escenario, observando como el resto de la plaza se iba llenando hasta no quedar ni un hueco libre.
Con pulcra puntualidad, a las 20:15 se apagan las luces, suena una introducción y salen Gamma Ray a comerse Madrid. Un griterío ensordecedor demostraba que eran esperados con gran expectación. Desgraciadamente, el técnico de sonido debía estar más pendiente de alguna moza de buen ver que de realizar su trabajo, puesto que la ininteligible bola sonora que llega hasta nosotros apenas nos deja reconocer “Gardens Of The Sinner”, tema con el que abren el concierto. Poco a poco el sonido fue mejorando, sin llegar nunca a un nivel de nitidez aceptable.
Kai Hansen es la estrella del grupo, y ejerce de ello en todo momento. Situado en el medio del escenario, se siente centro de todas las miradas, disfruta de ello y hace disfrutar a los demás. Corre, salta, baila, se mueve por todas partes, es un torbellino que contagia al público. La voz no se oye claramente, aunque gran parte de la culpa es del horrible sonido que estamos soportando. La mayor parte de la responsabilidad a la guitarra la delega en Henjo Richter, que cumple su papel con brillantez y sin quitarle brillo escénico a su jefe.
Afortunadamente, uno de los pocos instrumentos que empieza a oírse con nitidez es la batería de Dan Zimmerman. Este tío es un metrónomo con patas, su concierto es memorable: pulcritud, pegada, exactitud, adornándose lo justo para no perder energía. Lástima que el estilo de Gamma Ray le obligue a conectar el doble bombo de principio a fin, pues con ello pierde versatilidad, pero aún así me dejó muy grata impresión.
Desgraciadamente no podemos decir lo mismo del bajo de Dirk Slachter, lastrado por el sonido. Daba igual en qué traste apoyara su mano izquierda, aquello sonaba exactamente igual. Él le puso todo el empeño posible, moviéndose por el escenario y haciendo coros.
El sonido mejoró lo suficiente para disfrutar de un “Land Of The Free” memorable, quizás el mejor momento de todo el concierto. El grupo sonaba compacto, con ganas de agradar, y el público correspondía con todas sus fuerzas. Pocas veces se puede ver una comunión tal entre un telonero y un estadio abarrotado.
Esta circunstancia se vio acentuada en “Heavy Metal Universe”, en la cual Kai Hansen se despoja de su guitarra para irse a cantar con el público al borde del escenario. Este tema se convierte en un alegato a favor del Heavy Metal que recuerda a las parrafadas true de Manowar, pero que causa el efecto deseado, consiguiendo que todo el público se deje la garganta en el empeño.
Y para finalizar el concierto, el apoteosis con “I Want Out”, el único tema de la época Helloween con el que toda la plaza de toros terminó de volcarse con el grupo. Si hay algo claro, es que hoy por hoy los propios Helloween (o lo que queda de ellos) están a un nivel muy inferior que estos Gamma Ray. Les bastaron 45 minutos para demostrarlo.
Tras una espera no demasiado larga, por los altavoces comienza a sonar el “Doctor Doctor” de UFO en su versión del Phenomenon, como ya va siendo habitual. Tal y como sucediera en Las Ventas antes del verano (no así en el Metal Manía), Steve Harris comienza a calentar tocando sobre el disco. A mitad del tema, las luces se apagan y tras él, una típica introducción sinfónica sirve para que los músicos se vayan situando.
La decoración del escenario es preciosa, imitando el interior de un castillo, tanto en los falsos muros que tapaban los monitores, como en las pasarelas situadas a ambos lados de la batería, terminando por el gran telón trasero.
El concierto comienza con “Wildest Dreams”. Desgraciadamente, los problemas de sonido que había acompañado la actuación de Gamma Ray no se había solucionado, y aunque un poco más leves, lastraron toda la actuación. Era la tercera vez que oía este tema, que fue adelanto del nuevo disco en las dos anteriores ocasiones, pero la impresión no es la misma. El tema en cuestión me gusta bastante poco, con ese estribillo tan repetitivo, pero he de reconocer que les salió bordado. La canción gana un mundo cuando es conocida y coreada por los miles de personas que allí estábamos congregados, y la pasión con la que Maiden la ejecutó no tuvo nada que ver con aquellas otras dos noches en Las Ventas y Villarrobledo.
Siguieron con “Wrathchild”, uno de los clásicos de la banda, con todo el público rendido como en sus mejores noches. Afortunadamente, “Can I Play With Madness” supuso una mejora en el sonido. El tema sonó contundente, y en él empezamos a disfrutar de verdad del precioso juego de luces que trajeron en esta ocasión, con numerosas vari-lights perfectamente programadas. El telón trasero había sido sustituido por un Eddie con la cabeza atravesada por un puño, e inmediatamente después de la canción salió otro telón con un Eddie empuñando una bandera de la Union Jack hecha jirones. No necesitábamos saber más: era la hora de “The Trooper” , con el correspondiente numerito de Bruce Dickinson empuñando otra bandera sobre las pasarelas laterales. Quizás deberían replantearse la escenificación del tema, por repetitiva. Una novedad interesante en la ejecución de la canción consistió en el primer solo, tocado simultáneamente por Janick Gers y Adrian Smith, dejando el segundo para Dave Murray, como es habitual.
Cuando termina el tema, Bruce Dickinson bromea diciendo que está muy contento por dos circunstancias: lo bonitos que son sus pantalones y que están otra vez aquí presentando su nuevo disco, el más vendido de su carrera en España, y del cual iban a tocar la canción que le da nombre: “Dance Of Death”. Para este tema han trabajado una escenificación especial: Dickinson aparece con una careta similar a la que aparece en la portada del disco, y con una larga capa negra. En un lateral del escenario, una luz roja brillante sobre la que se sitúa da un efecto infernal muy conseguido. Cuando empiezan los solos, Bruce sale del escenario y reaparece inmerso en una gran túnica negra con capuchón, disfrazado de Muerte, y el resto de tema lo hace embutido en ella y con movimientos lentos, muy en su papel. Al final, movimientos circulares sobre sí mismo terminan por cerrar el tema de manera muy brillante.
El concierto estaba resultando muy entretenido, lo cual es decir mucho teniendo en cuenta con la asiduidad con la que nos visitan, y los siguientes temas, “Rainmaker” y “Brave New World”, son recibidos con aprobación, con un gran trabajo de Steve Harris, al que se le ve disfrutar intensamente con ellos. Uno de los momentos más memorables del show vino con “Paschendale”, tanto por la calidad del tema (¿estamos ante el nacimiento de un nuevo clásico?) como por la ejecución y teatralidad con la que nos fue mostrado. El escenario se llena de humo, y los pipas montan raudamente alambradas, y barricadas sobre las pasarelas laterales. El telón de fondo cambia por el de un campo de batalla, y el definitivo toque lo da Dickinson con un largo abrigo militar y un casco de soldado. La versión en directo que nos ofrecen es definitiva, algo muy meritorio teniendo en cuenta la dificultad del tema. En el momento de los solos, Bruce se deja caer sobre una alambrada haciéndose el muerto hasta que le toca cantar de nuevo.
Que Bruce Dickinson es mejor cantante que Blaze Bailey es algo que está en la mente de todos, pero por si hubiera alguna duda, la versión que nos regalaron de “Lord Of The Flies” se encargó de disiparla, con un Dickinson pletórico cantando una octava por encima del registro original de Blaze.
Otro tema del nuevo disco, “No More Lies”, terminó de demostrar que este Dance of Death ha calado hondo en nuestro país, gozando de una repuesta inmejorable por parte del público. Y qué decir de las joyas con las que acabaron el concierto, “Hallowed Be Thy Name” y “Fear Of The Dark”, que a pesar de repetirse gira tras gira siguen causando el mismo efecto cautivador en todos nosotros. Al fin y al cabo, estos chicos dan lo que la gente quiere, y a juzgar por la respuesta que obtienen, la idea es acertada.
Para terminar el concierto, el inevitable “Iron Maiden”, con el no menos inevitable muñeco de Eddie tras el escenario, esta vez con una túnica negra como en la portada del disco, con una guadaña en una mano y en la otra, el índice en disposición de señalar a toda la grada. El tema acaba y todo el grupo sale a saludar al respetable, dándose una anécdota cachonda: Nicko se dispone a tirar baquetas al público en lo que ya es toda una tradición, y la primera de ellas es lanzada con tal fuerza que atraviesa toda la plaza de toros e impacta de lleno en el técnico de sonido de la mesa de mezclas.
Cada vez está más claro que eso de terminar un concierto y esperar los bises es algo preparado, así que esta vez no se molestaron en disimular. Aún no había desaparecido todo el grupo del escenario cuando ya se estaban colocando unos taburetes en el mismo. Cuando los músicos volvieron sobre sus pasos, lo hicieron portando sendas guitarras acústicas (y bajo acústico para Harris), para tocar “Journeyman”, el emotivo tema que cierra Dance of Death. Esta es toda una innovación en un grupo tradicionalmente previsible como Iron Maiden, y personalmente lo considero una idea muy acertada.
El concierto, ahora sí, llegaba a su fin, y no podía hacerlo sin dos de sus temas más clásicos: “The Number Of The Beast”, con un nuevo Eddie deambulando, esta vez por el escenario, y fin de fiesta con “Run To The Hills”, con el ya también clásico numerito de Janick Gers tirando la guitarra por todas partes. Un día se le va a escapar y vamos a tener una desgracia.
Y así acabó todo, 1 h. 45 min. de concierto que, sin duda, dejaron satisfechos a todos los que abarrotamos Vistalegre. Siguen siendo ídolos de masas y siguen demostrándolo en cada visita que nos hacen, por muy frecuentes que éstas sean. Sólo les pido que nos den un respiro y no vuelvan a tocar por aquí… al menos en lo que queda de año.
Texto: Santi Fernández «Shan Tee»


