Aprovechando las vacaciones. Que el río Manzanares pasa por Madrid, desemboca en el Jarama, éste desagua en el Tajo y éste desemboca en el Atlántico, el océano que rodea Tenerife, aprovecharía para ver Kansas en la isla, sin repetir la odisea de Colón. Por partida doble, además. Una tercera, a la vuelta en casa. Por supuesto, hablo del grupo de rock, no del estado norteamericano.

Tenía una espina clavada desde hace más de 15 años, cuando me quedé con un palmo de narices en Alemania. Me los perdí por un miserable día. Yo llegaba al país mientras ellos tocaban, muy cerca de mi destino, en la última noche de su gira alemana. Con Morse a la guitarra, para más inri, y dos jugosos aperitivos, Saga y Nazareth. Me hizo sentirme de lo más desdichado, más teniendo en cuenta que debería haber llegado un día antes. Ese miserable día. El destino tiene estas alegres jugarretas, por no soltar una vulgar ordinariez. Eran otros tiempos. No contábamos con Internet, sin ir más lejos.
Ya que el amigo Rubén, ¡hola!, os va a contar con pelos, señales, canas y pelucones, ¡hola Sr. Ehart!, el concierto de Madrid, simplemente hacer unos breves comentarios comparativos de las tres fechas a las que asistí. No me hubiera importado repetir, ¡hola D. Tomás!, ya sé, tú también querías. El ineludible trabajo. Podríamos haber hecho una excursión con tus jubilados para ver a otros a las puertas.
Lo primero, comentar el lugar elegido, para la descarga de la banda, en Santa Cruz de Tenerife, el Auditorio. Sitio de singular belleza. Comodidad de acceso, las autopistas, tanto la del norte como la sureña, entran casi directas hasta la avenida donde se halla. El aparcamiento en la zona es sumamente fácil. Las entradas eran numeradas. Cada uno con su asiento, su espacio vital. Puede parecer inadecuado para un concierto de rock, según algunos, pero eso es cuestión del público, su entrega y pasión. Es algo que siempre me ha encantado del Hammersmith Odeon londinense, por poner un ejemplo, mítico santuario de la música. Sí, ya sé lo del cambio de nombre, por motivos de cambio de dueños y comerciales, pero para uno siempre será el Hammy O. Eso de C*** A***, lo obvio. Sus amables y trajeados porteros y acomodadores, de ambos sexos, a diferencia de los armarios de tres cuerpos acostumbrados. Lo vivido en Madrid en el Palacio de Congresos, en contadas ocasiones, pero en un edificio más exclusivo, pensado para la música. Residencia de la aclamada Orquesta Sinfónica de Tenerife. Esperemos, por los lugareños, que no se cierre a éste tipo de eventos. Al menos, no se podrán quejar de nuestro ejemplar comportamiento. El edificio cuenta con dos salas, una pequeña y otra mayor, de 1.600 butacas, aproximadamente, siendo esta última la elegida para la descarga de la banda americana. Tristemente, no llenaron ninguno de los dos días. El primero medio aforo y el segundo poco más. ¿Cuestión de publicidad del acontecimiento? No creo. En un bar, donde cataba los sabores de una de las dos rubias locales, desgraciadamente para mí, no tenía piernas, ni… dejémoslo, me encontré con el periódico local más popular, con foto de la banda en portada y una entrevista con Williams, el guitarra, en el interior.
Público heterogéneo. Mayormente, entradito en años. Tanto nacional como foráneo. No podían faltar los turistas, con sus rubias cabelleras, sus blancas pieles, o rojas, cortesía de ya sabes quién, y sus camisetas de la banda de anteriores giras por sus territorios más habituales, USA y Alemania. En la presente se estrenaban en sitios como Suecia o nuestro país. A su edad. Y con esos pelos. Eso, los turistas de allende las fronteras. Aquí ya sabemos, bajitos, alguno entradito en carnes, cabezas desiertas, para no desentonar con los parajes del Teide, todo sea dicho. Algunos, ¡hola gaditanos!, siguiendo a la banda en su periplo hispano. No eran los únicos repetidores. Reencontramos algunas caras, y alturas, en ambas veladas. No podía ser de otra manera, para un evento calificado como único por algún isleño. Algunos ¿despistados? vistiendo sus mejores galas, cual evento de etiqueta. El entorno lo toleraba. Los asistentes al primero de los recitales estuvieron más entusiastas y gritones. Incluso el bis lo disfrutamos de pie. Eso sí, nada comparable a lo vivido en Madrid. Demasiado tímidos y guardando en exceso la compostura. Quizás sea la escasez de la agenda de conciertos isleña, una de sus quejas.
La banda no estaba situada en la mejor de las posibles opciones. Con un enorme escenario, pensado para albergar toda una orquesta sinfónica, colocaron a los sinfónicos del rock en la parte posterior, dejando un espacio demasiado amplio entre los músicos y la primera fila. El escenario está escalonado en tres secciones. Las dos primeras más pequeñas y la tercera ocupando casi todo el espacio disponible. Yo hubiera ubicado la batería utilizando el posterior como platea, el segundo para bajista y guitarrista, y el anterior para teclados y violín, además de vocalistas, ambos. Como resultado estuvieron más fríos y distantes, no podía ser de otra manera, a lo acontecido en Madrid. Aún a pesar de los paseos de Robby Steinhart por todo el escenario, y alguna incursión por las primeras filas. En un momento dado, del primer día, llegó a sentarse, mientras seguía tocando, en las primeras butacas, para disfrute y sorpresa de sus compañeros de asiento. Billy Greer, el bajista, se acercó en contadas ocasiones al respetable, al igual de Steve Walsh, cuando su parte se ceñía a la meramente vocal. El guitarrista Rich Williams, simplemente, se ciñó al espacio acotado, por los monitores, para su uso. Otro desacierto. Los monitores delimitaban las zonas de los músicos proporcionando una visión más individualista del conjunto.
En cuanto al sonido, el primer día, durante los primeros temas, estaba demasiado alto, con un grave demasiado presente, resultando en una perdida de transparencia y definición. Demasiado barullo. Costaba reconocer los temas, en sus inicios, y las voces eran, prácticamente, imposibles de entender. Hasta el cuarto o quinto tema, el de la mesa no corrigió su error y, afortunadamente, lo enmendó, para alivio y deleite de nuestros oídos. El segundo día puede decirse que fue excelente. Alguna laguna en las guitarras, en ambos días, y un problema con el teclado superior, el segundo día, subsanado a las primeras de cambio, pueden apuntarse en el debe. El mismo aparato que le amargaría la noche al Sr. Walsh en Madrid.
El set, idéntico al madrileño, con la excepción de tocar “Magnum Opus” antecediendo a “Song For America”. Aquí retrasaron su interpretación. Por el problema con el famoso teclado. Allí, el final sostenido de la primera daba paso a la segunda, sin pausa. Vamos, casi 20 minutos del tirón para los agüelotes. Eso sí, podrían haber sido más generosos, teniendo en cuenta, además, que era su presentación en nuestro país, a pesar de su larga trayectoria. 32 añitos les contemplan. De carrera. La edad personal es… otra historia. Nos quedamos con ganas de más. Para los viejos roqueros, excelente la idea de centrarse en sus primeros discos, hasta el quinto, “Point of know return” (1977), para ser exactos. Posiblemente, su material más interesante. Tampoco le hubiera puesto el grito en el cielo a alguna joyita de los posteriores “Monolith”, uno de mis favoritos, o “Audio visions”.
Esperemos que la silla de ruedas no sea el punto de conexión, entre ellos y nosotros, la próxima vez aterricen en nuestro país. Méritos hicimos. Al menos en Madrid. Crucemos los dedos. Doy por seguro, Granada y Barcelona, habrán dejado el pabellón hispano muy alto y la banda haya tomado buena nota.
Texto y Fotos: Monraymon
