Editorial Marzo 2006: “Días de Carnaval”

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En estos días en los que desfiles, chirigotas y fiestas de Carnaval invaden nuestras calles, me ha dado por pensar en los disfraces que cada hijo de vecino nos ponemos día tras día. En mi adolescencia, los jóvenes nos dividíamos en lo que entonces se llamaban “tribus urbanas”. Tenías que ir siempre vestido con tu uniforme: Punkies, rockers, mods, new-romantics… y por supuesto, heavies, teníamos siempre a punto la vestimenta adecuada para que quedara bien claro a qué grupo pertenecíamos. Y la lucíamos con orgullo, como si el hecho de que te gustara más Iron Maiden que Sleepy LaBeef te diera más prestigio social. Y el disfraz era nuestra segunda piel, a ver si no por qué me empeñaba yo en ir al instituto con aquella muñequera de cuero con tachas, con lo incómoda que era para coger apuntes…

El tiempo ha pasado, y aunque esas costumbres se han relajado bastante, precisamente somos “los heavies” los que más respeto guardamos a nuestras tradiciones. Las muñequeras de pinchos casi han desaparecido de nuestras muñecas, pero el cuero y las camisetas (negras por supuesto) de nuestro grupo preferido siguen siendo nuestras señas de identidad. Y nos sigue gustando el hecho de cruzarnos por la calle con otro grupo de personas “de nuestra tribu”, sólo nos falta lanzarnos ráfagas como los moteros que se cruzan en la carretera.

Yo, que ya he cumplido más años de los que me gustaría, sigo desempolvando mi vieja chupa de flecos para los conciertos, en un ejercicio de nostalgia más que otra cosa, pero he de reconocer que he tenido que sustituir mi disfraz por otro diferente. El actual consiste en chaqueta y corbata, algo que con pequeñas variaciones es común en la mayoría de gente de mi entorno laboral. Esta uniformidad impide reconocernos unos a otros a simple vista, como hacíamos antes. Estamos metidos de lleno en el engranaje de la sociedad, y hay que adaptarse. Te sientes bicho raro… ¿o no? Basta hablar con algunos compañeros para comprobar que aquellos viejos rockeros que llenábamos el Pabellón no hemos desaparecido. Simplemente… nos hemos transformado. Nunca sabes detrás de qué corbata te vas a encontrar un viejo fan de Asfalto o de Deep Purple. Puede que no sigan las últimas tendencias del metal, y que haga 10 años que fueron a su último concierto, pero aquí están. Aquí estamos. Ese sentimiento de pertenecer a una “gran familia” permanece, y las anécdotas (o batallitas) sobre los viejos tiempos surgen de forma natural.

Acaba mi jornada laboral. Junto a mi coche hay una pandilla de chicos de instituto, con sus sudaderas de Mago de Oz y Blind Guardian. Uno de ellos me pide un cigarro. Me trata de usted. Lo siento, no fumo. Mientras arranco el coche, Judas Priest arrancan conmigo a un volumen considerable. Uno me mira con cara de asombro. Otro me sonríe. Estoy tentado de sacarles cuernos por la ventanilla, pero me contengo. Larga vida al Rock and Roll.

Too old to Rock and Roll, too young to die… ¡Por los cojones!

Santi Fernández «Shan Tee»