BARÓN ROJO – Sábado 30 de enero de 2010, Sala La Riviera (Madrid)

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De Barón Rojo mucho se ha dicho y escrito desde 1989, año en el que la formación original quedó partida en dos. Incluso bastante antes de esa fecha ya se especulaba con la posibilidad de la fractura del grupo debido a los malos resultados, tanto artísticos como en ventas, de los últimos discos. El caso es que tras la publicación de “Obstinato” fueron incapaces de soportar la presión interna y externa y el grupo explotó como una olla llena de clavos.

Durante estos veinte años ha habido de todo, se han tirado los trastos a la cabeza, se han resuelto problemas legales, se han echado flores y mierda… eso ellos, los músicos. El público, mientras, ha estado demandando de forma insistente que la cosa se solucionara en aras de devolver al grupo la gloria que alcanzaron y no pudieron o supieron mantener por mucho tiempo. La inercia del grupo mantenía la reputación del nombre, pero no su gloria. Formaciones con más o menos fortuna, conciertos para olvidar entre otros para enmarcar, discos mediocres entre algunos brillantes, declaraciones… nada consiguió que se perdiera la esperanza de volver a ver juntos a Hermes, Sherpa y los hermanos De Castro. Y cuando la edad aprieta y la ocasión del 30º aniversario la pintan calva (no quiero hacer chistes fáciles con esto) es el momento en el que se tragan todo lo que haya que tragarse para darse y darnos una alegría pal cuerpo en forma de reunión. Bienvenida.

Vi a Barón Rojo con la formación original en varias ocasiones, pero de la última hacía ya 25 años. Fue en aquel conciertazo del Paseo de Camoens de Madrid junto a Tritón, Goliath y Santa, que en gloria estén. Este sábado pasado no me esperaba ver lo que vi aquella noche de mayo de 1985 ni mucho menos, pero tampoco a un grupo que hubiera perdido sus cualidades esenciales. Y acerté.

El ambiente antes de entrar en la sala era de máxima expectación. La venta de entradas iba a un ritmo relativamente bajo al principio, lo que desató todas las especulaciones negativas habidas y por haber, incluso los ávidos de carnaza ya estaban escribiendo chorradas al respecto en este saco en el que cabe de todo y que llaman Internet, pero en las tres últimas semanas antes del concierto se agotaron las 2.500 entradas que se pusieron a la venta, con algunos haciendo el agosto en el mes de enero y con mucha gente buscando desesperadamente su pase al precio que fuera. De hecho perdí la cuenta de los que me preguntaron eso de “…no te sobrará alguna entrada, no?”.

Como entramos con bastante tiempo (el precio fue dejarnos los dedos de los pies en la cola, que hacía un frío del carajo) pudimos colocarnos justo delante de la mesa de mezclas con el ánimo de verlo y escucharlo en las mejores condiciones. Fuimos saludando a gente, charlando un rato del evento y, a la vez, comprobando que la emoción era grande, tanto en los veteranos que querían rememorar tiempos pasados como en la gente más joven que nunca había visto a los Barones “de verdad”. Mucha alopecia y mucha cana, vale, pero también mucha criatura capaz de darse cuenta de lo histórico del momento para no dejar escapar la oportunidad.

A las 20:00 h. se apagan las luces de la sala, se afinan las gargantas y se encienden los leds de la pantalla gigante que cuelga en el fondo del escenario, sobre la batería, mientras va sonando una intro que desemboca en “Concierto para ellos” ya con el grupo frente al mar de brazos en alto que les recibe. El ruido es ensordecedor, mezcla del hammering de Armando con el griterío del personal. Sherpa se sitúa a la izquierda con su Rickenbacker 4003 de siempre, Armando en el centro con un micro inalámbrico y una Fender Stratocaster y Carlos a la derecha con su Gibson SG, instrumentos que no cambiaron en toda la noche, por cierto, excepto el de Armando que sustituyó en alguna ocasión por otra Strato blanca y negra. Hermes incrustó su Yamaha roja entre las dos torres de amplificadores.

Lo primero que se aprecia, a la fuerza, es que ni las luces ni el sonido les hacen justicia y empiezo a intuir que la cosa no va a sonar como debiera. Se les ve algo tensos al principio y tardan un poco en sentirse cómodos, pero a medida que avanza la actuación van cogiendo el sitio. En “Tierra de vándalos” Carlos tiene una pájara y se le olvida la primera estrofa pero da igual, ya la canta el público por él. “Campo de concentración”, “Las flores del mal”, “El malo”, “Hermano del Rock and Roll”… van pasando las canciones y el sonido sigue sin arreglarse.

La batería apenas se oye y especulamos sobre la pegada de Hermes y el efecto de tocar jazz y otros estilos menos contundentes durante los últimos años. Las guitarras suenan turbias excepto cuando Armando pisa el pedal de volumen para sus solos, que se montan encima de todo, y a Carlos sólo se le intuye. Personalmente eché de menos el sonido metálico de las dos Gibson, especialmente en los temas de los dos primeros discos, pero pensé que quizá se notaría más el contraste entre las dos guitarras, al estilo de lo que se hacía en los ochenta. También debieron tener problemas con el sonido interno, porque Carlos y Sherpa estuvieron durante mucho tiempo intentando solucionar volúmenes y otros inconvenientes con sus respectivos pipas.

El set-list está confeccionado para ir alternando las voces de Sherpa y Carlos y no castigar demasiado sus gargantas, a lo que también ayudan los instrumentales como “Buenos Aires” el siguiente tema en sonar. Las parrafadas de Sherpa entre tema y tema eran un indicador de que el grupo empezaba a dominarse a sí mismo, a soltar tensión y a coger confianza. Me gustó especialmente la presentación de “Se escapa el tiempo”, más por cuestiones personales que otra cosa, pero eso de “Si no eres tú… ¿quién?, si no es aquí… ¿dónde? y si no es ahora… ¿cuándo?” me pareció muy oportuno.

En “Satánico plan (volumen brutal)” Armando demostró su dominio del slide, como siempre. Siguieron con “Son como hormigas”, “Rockero indomable” y “Tierra de nadie”, una canción que no me esperaba pero que fue de las que mejor sonó de toda la noche, no sólo por el sonido general (el técnico debió tener ese momento de inspiración) sino porque Sherpa la cantó especialmente bien. Mientras tanto, en la pantalla gigante seguían saliendo imágenes alusivas a cada uno de los temas que iban tocando, aunque con poca definición por la separación entre los leds.

No me esperaba que tocaran “Caso perdido” pero fue una alegría porque es una de mis favoritas de su repertorio, tanto como escuchar los primeros acordes de “Herencia letal”, aunque el resultado quedó algo confuso porque hubo una cierta descoordinación, quizá fue la que peor les quedó de todo el concierto. Con “El Barón vuela sobre Inglaterra” se tomaron otro respiro, todos menos Hermes, que empalmó el tema con un solo de batería en la línea del que grabó para “Barón al Rojo Vivo”, no demasiado inspirado y que al final se hizo un poco largo y pesado. Me encantan los solos, siempre lo he dicho, pero este creo que debería trabajárselo un poco más.

Vuelve a escena el resto del grupo y suena la inconfundible introducción de batería de “Breakthoven”, a la que sigue “Larga vida al Rock and Roll” y “Con Botas Sucias”. En ésta sustituyen el talk-box por un solo de Armando al que acompaña él mismo cantando. A todo esto, el público seguía coreando todas y cada una de las canciones íntegras, y dado el escaso volumen del P.A., en muchas ocasiones tapaban literalmente el sonido del grupo. Con “Hijos de Caín”, “Cuerdas de acero” y “Los rockeros van al infierno” terminaron la primera parte de la actuación, ésta última mejor ambientada con las luces rojas y el humo que salía de los laterales. Dan las gracias y Sherpa despide con un “…Y ahora nos retiramos a nuestros aposentos y, si gritáis, a lo mejor salimos…”mientras asoma la cabeza por un lateral.

Pues eso, la gente grita y aparece el logotipo del grupo en la pantalla, síntoma inequívoco de que la próxima en sonar será “Barón Rojo”, con toda la sala cantando al unísono. “Efluvios” podría haber quedado mejor si Armando no se empeñara en meter su horrorosa voz en sitios donde no la hay ni debe haberla, y terminan este primer bis con la inevitable “Resistiré”, con toda la sala volcada con el grupo. Vuelven a despedirse y salen de escena.

El siguiente bis empieza con un solo de guitarra de Armando, nada espectacular y cortito, por lo que no se hizo pesado, que sirvió de introducción a “Incomunicación” que también alargaron unos compases más por extender el solo central. Con “Siempre estás allí” volvieron a despedirse y de nuevo entraron a darse otro mini-respiro.

Los últimos diez minutos de concierto fueron para un último bis en el que tocaron “Los desertores del Rock”, con un problema serio en el bajo. Aparentemente se desafinó alguna cuerda del bajo, probablemente por el calor y la humedad, aunque también podría ser una digitación errónea lo que diera esos sonidos tan fuera de tono, pero el caso es que Sherpa no debió escucharlo por monitores y terminó el tema de forma un poco rara. La última de la noche fue una forzada y algo fallona “Casi me mato”, tema cuya melodía de voz va en tonos altos que hizo que Sherpa se estirara intentando llegar pero sin conseguir meter las notas en su sitio, a lo que hay que sumar otra pájara de Carlos, que alternaba estrofa y repitió la primera, ya cantada por su compañero. Pero insisto, todo esto nos dio igual tanto al grupo como al público, que entendimos perfectamente el esfuerzo y las circunstancias.

El grupo terminó con unas caras muy distintas a las que tenían cuando empezó el concierto, y el público perdonó todo porque comprendió que lo que había en el escenario era una parte importante de la historia del Rock en este país, al que le falta un comprensible rodaje y al que nunca podrán exigir ser con 60 primaveras los mismos que con sólo 30. El inexorable paso del tiempo se notó, pero el grupo dio todo lo que podía dar esa noche, que fue mucho. Barón Rojo no tiene que convencer ni demostrar nada a nadie a estas alturas. Tocan porque les apetece a ellos y porque había una fuerte demanda de mucha gente. Era el momento, ahora o nunca.

Fue el segundo concierto juntos desde el Metalway y llevan ensayando pocos días, es normal que tengan fallos porque son humanos y porque ha habido 20 años de interrupción, que se notan a la hora de coger forma. Tardarán bastante tiempo hasta sonar como deben, que lo harán, pero seguro que tampoco será como lo hacían hace 25 años. Y no quiero que parezca que “no sonaron”, porque no es verdad. El grupo suena bien y va a sonar mejor.

En todo caso, dos horas y 52 minutos de actuación. No hay muchos grupos que ofrezcan tanto por el mismo precio, al menos de su quinta. Dieron que hablar, para lo bueno y para lo malo. La abarrotada sala salió con una sonrisa colectiva en la cara, en clara muestra de satisfacción por el objetivo cumplido de volver a ver al Barón Rojo clásico tocando los temas de siempre, y haber vivido una noche importante.

Desde mi punto de vista fue un gran concierto, intenso y emotivo, que podría haber rozado el sobresaliente con un mejor sonido y un grupo más trabajado en directo. Seguro que lo consiguen cuando ofrezcan juntos algunos conciertos más. Yo pienso repetir, quizá sea la última oportunidad.

Texto: Alvar de Flack

Fotos: Gustavo Martín