Editorial Febrero 2010: “Regreso al futuro”

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Yo pensaba que estas cosas sólo pasaban en las películas, pero el pasado sábado 30 de enero me vi envuelto en un fenómeno poltergeist digno de la película de Robert Zemekis. Al igual que en ella, hice un viaje en el tiempo, retrocediendo al pasado la friolera de 25 años. Y aún tengo las sensaciones a flor de piel.

Yo juraría que mi coche no era un Delorean, pero tendré que comprobarlo. El caso es que mientras conducía tan ricamente, me vi inmerso en un largo e interminable túnel (lo llaman M30, creo), en el que hice este viaje en el tiempo. A pesar de no pasar de 70 km/h, velocidad insuficiente para activar el condensador de fluzo (y para evitar los radares del alcalde…), cuando salí de aquel túnel casi eterno sentí la sensación de que me había transportado a otra época. Aparqué el Delorean, puse pie a tierra y miré a mi alrededor. Decenas de heavies caminando en una misma dirección indicaban sin duda que se dirigían a un concierto. Antes de darme cuenta, les seguí, afinando el oído para oír sus conversaciones. “¡Qué ganas tengo de ver a Barón Rojo!” “Espero que tanto Carlos como Sherpa estén bien de voz…” “¡Armando de Castro es el mejor!”, “A ver si pillo una baqueta de Hermes Calabria”

Un momento. ¿Un concierto de Barón Rojo con Armando, Carlos, Hermes y Sherpa? Eso es imposible, se llevan a matar. Y esta ilusión de la gente por verlos… cuando todos sabemos que llevamos 20 años de conciertos en salas de pequeño aforo que no son capaces de llenar. Así que empecé a fijarme en los detalles, empezando por mí mismo: pantalones vaqueros, zapatillas y mi chupa de flecos. Empecé a aterrorizarme, ¡estoy de nuevo en los ’80! Fijándome mejor, en aquella época no tenía esta barriga. Además, la sensación de que estaba otra vez preparándome para asistir a la grabación de “Barón al Rojo Vivo” se disipó ante la ubicación del concierto: hemos cambiado el Pabellón del Real Madrid por una sala en la ribera del Manzanares, para alegría de mi corazón colchonero.

El resto de sensaciones, sin embargo, eran las mismas. La ilusión se palpaba en el ambiente, después de muchos años en los que ir a un concierto de Barón Rojo (y de los grupos en general) se había convertido en algo casi rutinario. Ahora ha vuelto la impaciencia, el nerviosismo… ¿A qué hora empieza el concierto? ¿¿Cómo que a las 8?? Hay cosas que sí han cambiado. Algunas a mejor, ya no tenemos que soportar cargas de la policía antes de cada concierto, sino que esperamos en la cola pacientemente a que abran las puertas sin carreras innecesarias.

Una vez dentro, nos volvió a embargar el sentimiento de estar en el sitio y el lugar adecuado para vivir un momento histórico. Algo que podremos contar toda la vida, igual que seguimos contando aquella noche en el Pabellón. A las 8 en punto los héroes salieron a escena, y lo que allí sucedió os lo contamos en una detallada crónica en la web.

Terminó el concierto, y la satisfacción era plena. No sólo me sentí 25 años más joven, sino que reconocí de nuevo sensaciones que creí perdidas en el camino. Tres horas cantando a voz en grito canciones que me han acompañado toda la vida, ejecutadas por sus verdaderos autores. Y, sobre todo, el sentimiento de unión recuperado que todos los que agotamos las entradas de La Riviera este frío sábado de enero. Da igual que el concierto no fuera perfecto, que se les pueda sacar uno y mil fallos: los sentimientos que recuperamos esa noche valieron la pena y sepultaron todo lo demás.

De vuelta a casa, el Delorean y el largo túnel del tiempo plagado de radares me devolvieron al presente. Pero nunca dejaré de estar agradecido a estos cuatro jinetes por haberme hecho comprender de nuevo mi situación: Hermano soy del Rock and Roll.

Santi Fernández «Shan Tee»