Querido lector, te equivocas si crees que en la editorial del mes que comienza voy a hablar del grupo que formó el cantante de la foto que acompaña a este texto. Vocalista que las nuevas generaciones metálicas desconocerán en su gran mayoría, pero una muestra más de que el hábito no hace al monje.
Ese título me vino a la cabeza al pensar sobre el tema que intento plasmar en estos momentos. Quizá sea el paso de los años que hace que ya no vea las cosas como antaño… pero más de una vez me lo planteo seriamente viendo o leyendo cosas de gente más joven. Todo esto viene a colación desde hace unas semanas al buscar información en diversos foros sobre cómo habían estado los conciertos de los grupos que integraban un festival veraniego que celebraba su quinta edición. Era domingo e iba visitando varios foros con asiduidad a ver si había comentarios sobre qué tal habían estado las bandas… ¿Qué aportaciones me encontraba en esos foros?… pues comentarios de gente que había asistido hablando de temas poco, o nada, relacionados con la música. Que si la que habían montado en la acampada, que lo bien que se lo pasaron bebiendo y bebiendo… y de los conciertos apenas algún comentario. Pero transcurridos los días, los foros se fueron llenando de más opiniones de gente describiendo su “felicidad” y grados etílicos más que de la música.
¿Estoy ya mayor para pensar que para mi lo importante es la música antes que beber alcohol? Soy el primero al que le gusta la fiesta y desconozco el número elevado de jumentas gordas que habré pillado a lo largo de mi vida, pero lo que está claro que en un tanto por ciento muy elevado de conciertos a los que he asistido mi prioridad por encima de todo era la música, quedando la bebida y el descontrol etílico en un segundo plano o ni eso. Cada cual es libre de divertirse como quiera (eso sí, sin joder al prójimo), y si tiene como prioridad enfollonarse en un concierto o festival para luego apenas recordar nada, pues allá cada cual, aunque me parezca absurdo gastarse dinero en una entrada, viaje, etc., para luego tener lagunas mentales o apenas saber ni las bandas que tocaron. Como cuando a finales de los 80 y principios de los 90 había un grupo de “metaleros” en Almería que solían acudir a conciertos fuera de la provincia, y más de uno sé que durmió o no se enteró de nada mientras la banda tocaba, por ejemplo, si mal no recuerdo fue en el concierto de King Diamond, en el antiguo Pabellón del Real Madrid, donde uno de este grupo de gente estuvo tirado todo el espectáculo durmiendo la mona en una de las escaleras de las gradas, pasándole gente por encima e incluso pisándolo, y el menda durmiendo profundamente sin inmutarse. Algo totalmente absurdo, porque con el dinero de ese concierto y desplazamiento se podría haber emborrachado unas cuantas veces sin salir de la ciudad.
Al fin y al cabo muchas veces hablamos de libertad, de revelarnos, de no dejarnos manipular, de no ser borregos… y al final lo somos porque, como mucha clase de gente, del estilo que sea, nos dejamos embaucar por el alcohol, que considero una droga legal, y que hace que nos evadamos y divirtamos durante unas hora, para al día siguiente estar con menos dinero y con la cabeza y cuerpo como si por encima hubiera pasado un bulldozer. Y repito, soy el primero que le gusta la fiesta, y tomarse unas ricas y frescas cervezas, unos buenos kalimotxos (¡¡¡fuera el líquido con polvos llamado vino y licores para darle algo de sabor!!!) o unos vinicos acompañando comidas… pero quizá una de las cosas que más deteste últimamente es ver a gente borracha perdida en conciertos dando por saco a los que quieren disfrutar del concierto en sí.
Para los que hayáis vuelto de vacaciones espero que el regreso a la normalidad no se os haga cuestarriba, y cuidad por vuestro bien la salud de los oídos (¡menudo verano!).
“Frena velocidad, que no lo entiendo”
Starbreaker
