Editorial Octubre 2010: “Nuestra gran familia”

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Toda mi vida he sido un aficionado al Rock, desde que un viejo amigo me puso en su tocadiscos aquel “Led Zeppelin IV” a mis tiernos 13 años de edad. También me enseñó a prestar atención a lo que escuchaba, ya fuera la entrada de batería de John Bonham en “Stairway To Heaven” o al duelo entre Blackmore y Gillan en “Strange Kind Of Woman” del siguiente disco que me pude comprar, “Made in Japan”. Desde entonces, el Hard Rock ha sido mi compañero de viaje, poniendo la banda sonora de mi vida en estos últimos 30 años.

Pronto me aficioné al Rock español. En aquella época mis conocimientos de inglés eran casi inexistentes, y con estos grupos descubrí cómo una buena letra podía emocionarme y me sentía identificado con aquello que estas bandas me decían en sus canciones. Asfalto y Barón Rojo lideraron mi pasión por los grupos hispanos, y pronto la compra de sus discos, y de otros como Leño, Obús, Pánzer, Ángeles del Infierno… y un largo etcétera, vaciaron mis bolsillos de adolescente y empezaron a poblar mi estantería.

Sus canciones me las aprendí de memoria, y aquellos músicos pasaron a ser semidioses para mi. Seres inalcanzables con un poder supremo, tanto musical como mediático. A principios de los ’80, las audiencias eran grandes, los conciertos se llenaban y si un día el azar me cruzaba con una de estas estrellas, me sentía incapaz de acercarme siquiera a pedirles un autógrafo.

Hace casi 10 años, un gran amigo me invitó a formar parte de The Sentinel. Entonces era una pequeña web desconocida que sólo pretendía dar rienda suelta a la afición de unos cuantos amigos por hablar de su pasión, aprovechando las facilidades de las nuevas tecnologías. Hoy esta pequeña web es un poco menos desconocida, y aunque los objetivos siguen siendo los mismos, nuestra trayectoria nos ha permitido conocer e incluso intimar con algunos de esos músicos que antes considerábamos inalcanzables.

Y he descubierto que son gente que vale la pena. Muchos de los que por entonces aparecían en las fotos que adornaban mis carpetas del instituto hoy se encuentran entre mis amigos, y nada tienen que ver con la imagen distante y endiosada que yo tenía de ellos. Por supuesto, hay excepciones, siempre hay alguna estrella que mira por encima del hombro (incluso a sus compañeros músicos), e incluso los hay que nos han retirado el saludo molestos por una mala crítica, pero en general la valoración sobre la mayoría de ellos es muy positiva.

Y es que el Rock español es una familia. Con sus virtudes y sus defectos, sus amores y sus envidias, sus favores y sus zancadillas. Y quien no lo entienda así, siempre estará solo, porque en estos tiempos de extrema crisis del Rock, en los que no se venden discos y los conciertos están casi vacíos (con honrosas excepciones), quien se pelee por un trozo de pastel estará equivocándose de lleno.

En unos tiempos en los que aquellos músicos que han hecho del Rock su profesión se cuentan con los dedos de una oreja, debemos recuperar a toda costa el espíritu de unidad que nunca debió perderse. Músicos, periodistas y aficionados debemos unirnos más que nunca para evitar que la ilusión, lo único que mantiene la llama en nuestros sufridos grupos, no se pierda llevándose con ella la posibilidad de disfrutar de nuevas bandas, nuevos discos y más conciertos.

Me siento muy afortunado de pertenecer a esta gran familia. De contar entre mis amigos a grandes músicos que me han demostrado que su valía humana es aún superior a la musical, y de haber conocido por dentro un mundo que toda la vida me ha fascinado. Y, sobre todo, me siento muy afortunado por compartir esta experiencia con Alvar de Flack y Starbreaker, mis dos compañeros de viaje en esta aventura que, con mayor o menor acierto, llega hasta vosotros cada vez que os apetece visitarnos.

Shan Tee