Editorial Junio 2013: “Somewhere in time”

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Si un rockero de los añorados ’80 hubiera entrado en coma hace 25 años y se hubiera despertado en estos días, podríamos convencerle de que no ha pasado el tiempo simplemente con mostrarle la lista de conciertos a los que podría ir en este mes: Iron Maiden, Bon Jovi, Obús, Megadeth, Whitesnake, Def Leppard, Barón Rojo, Anthrax, Michael Schenker Group, Saxon, Europe… podrían confeccionar, y de hecho lo hacían, la agenda de conciertos de 1988.

Nuestro amigo seguro que querría asistir a alguno de ellos. ¿Qué diferencias encontraría? Para empezar, la edad media de los asistentes sería mucho mayor. Básicamente somos los mismos, con dos décadas y media más encima, quienes acudimos a ver Hard Rock o Heavy Metal en directo. La renovación generacional no se ha producido, o al menos no en la medida que pueda garantizar la continuidad del estilo en la próxima década. Como consecuencia, muchas melenas han sido sustituidas por la imagen de quien tiene que ir a trabajar al día siguiente, cuando no por avanzadas alopecias que dejan ver multitud de cráneos desnudos. También le llamaría la atención la ausencia de muñequeras de pinchos, algo ya pasado de moda.

Algunos de los cambios más chocantes con los que se encontraría serían claramente positivos. No habría cargas policiales contra los que están en la cola (quizás aquellas carreras habituales calle abajo era lo que me hacían estar en forma). Una vez dentro, y aún sabiendo que todas las entradas estaban vendidas, se daría cuenta que el público asistente no sería el doble del aforo permitido, lo que nos permitiría respirar con comodidad, ayudados también por la ausencia de la nube de humo tóxica que siempre nos acompañaba en el pasado. Eso sí, deberíamos explicarle que en la mayoría de los conciertos actuales, la afluencia de público es muy escasa, y que únicamente estos grupos grandes del pasado son capaces de conseguir el preciado “sold out”.

También echaría en falta tropezarse de vez en cuando con algún despojo humano inconsciente tirado en el suelo con una intoxicación etílica grave. Esos que esperaban meses para ver a su grupo preferido, vendían un riñón para pagarse la entrada y después no se enteraban de nada por la inmensa borrachera que llevaban, han quedado reducidos a la mínima expresión. O han reventado o se han dado cuenta de que es más barato emborracharse en un parque que en un concierto.

Una vez comenzado el espectáculo, habría muchas semejanzas con los conciertos que él recordaría. Los mismos grupos, muchos de ellos con los mismos músicos y con un repertorio y montaje escénico casi exacto al que presentaban hace 25 años. Le llamaría la atención el corte de pelo de Bruce Dickinson, la tremenda afonía de David Coverdale o la falta de fuerza de Bon Jovi, síntomas de que el tiempo no ha pasado en balde.

Y es que, por mucho que nos empeñemos, el tiempo pasa. Y con él se están yendo muchos de nuestros héroes. La edad, las enfermedades y los excesos hacen que semana sí, semana también, tengamos que lamentar la muerte de alguno de los que llevaron al rock a sus más altas cimas. Nuestro amigo llegado del pasado lloraría la muerte de Ronnie James Dio, de Jon Lord, de Gary Moore… incluso las de Trevor Bolder (Uriah Heep), Jeff Hanneman (Slayer) o Ray Manzarek (The Doors), acaecidas en el último mes.

En el camino de vuelta a casa tras el concierto, le hablaríamos de la situación del Rock en España. De que ya no se venden discos, que la inmensa mayoría de las tiendas hayan desaparecido y que los conciertos nacionales suelan estar prácticamente desiertos. Y, como sorprendente contradicción, que hay más grupos que nunca, se graban más discos que nunca y hay más conciertos que nunca. Y que, a pesar de los pesares, algunos de nuestros mejores grupos saltan el charco de vez en cuando para girar por Sudamérica, y que aquellas giras de Barón Rojo y Niágara fueron caminos que se abrieron, y que grupos nuevos como Eldorado o The Val han conseguido girar por salas yankees y británicas, respectivamente.

Él nos contaría, como contrapartida, que los ’80 no eran tan maravillosos como ahora los recordamos. Que nos hemos quedado con lo mejor de aquellos años, pero hemos olvidado lo demás. Y es que cada época tiene su parte positiva, y si nos quedamos con ello disfrutaremos del presente y lo llenaremos de buenos recuerdos que, como aquellos de los ’80, mañana nos harán mirar hacia atrás con nostalgia.

Shan Tee