
Siempre he sido un entusiasta seguidor del llamado “Southern Rock”. A pesar de ello, y aunque mi nómina de conciertos es bastante abultada, nunca había conseguido ver en directo a ninguno de los máximos exponentes del estilo a nivel mundial hasta que tuve la ocasión de ver a Blackfoot en un lamentable concierto en la sala Penélope el año pasado. Nunca había podido asistir a un bolo de los otros reyes del estilo: Lynyrd Skynyrd, Molly Hatchet y 38 Special. Ni siquiera el año pasado, cuando Molly Hatchet estuvieron descargando en Madrid, pude desquitarme de esta espinita que tenía clavada. Ahora sí que iba a ser el momento, y no quería que nada pudiera impedírmelo.
Con un frío bastante intenso me planté en la madrileña sala Caracol, junto con mi amiga Leticia, gracias a la cual tenéis las fotos que completan esta crónica. Una vez en la sala me encontré con más amigos y conocidos, como suele ser habitual. Y es que el mundo del rock, salvo contados conciertos multitudinarios, es un coto cerrado donde los habituales ya nos conocemos casi todos. Saludos, intercambio de anécdotas y a esperar a que salgan las estrellas, ya que no había grupo telonero.
El concierto estaba previsto para las 21:30, y con apenas 5 minutos de retraso salieron al escenario, abriendo con uno de sus clásicos, “Whiskey Man”, la mejor manera de calentar un público que, a ojo, ocupaba algo más de la mitad del aforo de la sala.
El concierto continuó con la rocanrolera “It’s All Over Now”. El sonido, bastante embarullado al principio, fue mejorando poco a poco a medida de que avanzaba el concierto, sin llegar nunca a ser bueno del todo, aunque sí lo suficiente para permitirnos disfrutar del show.
El grupo se sustenta claramente en dos pilares: Por un lado el vocalista Phil McCormack, que en 1996 sustituyó al fundador Danny Joe Brown (que terminaría muriendo en 2005). Con su sombrero vaquero y su enorme barriga, Phil McCormack conecta muy bien con el público con su voz aguadertosa y sus buenos movimientos, a pesar de su enorme volumen.
Pero si hay un líder indiscutible en la banda, éste es el guitarrista Bobby Ingram. Pleno de forma, se hace cargo de todos los solos y atrae para sí toda la atención del público, con buenos movimientos y poses estudiadas. Un crack, que lo viene siendo desde su entrada en la banda en 1985, sustituyendo a Dave Hlubleck debido a sus graves problemas con la cocaína.
En 2005, Hlubeck volvió a la banda y aquí les teníamos juntos en el escenario. Sin embargo, Dave Hlubek es la antítesis a Bobby Ingram. Su edad (61 años), su excesivo sobrepeso y el estado en que le ha dejado el abuso de las drogas hace que su presencia en el escenario sea lamentable. Apenas se sostiene en pie e incluso en su lado del escenario hay un taburete en el que disimuladamente se sienta en varias fases del concierto.
El grupo se completa con el teclista John Galvin (en la banda en el período 1983-1991, y ya desde 1995), el bajista Tim Lindsey (en el grupo desde 2003) y el batería Shawn Beamer, contratado para esta gira, sustituyendo a Scott Craig.
El concierto continuó con “Gator Country”, extendiéndose a placer para dar cabida al largo solo de Bobby Ingram, la estrella indiscutible de la noche, que además mostraba muy buena conexión personal con Phil McCormack y el resto del grupo, amén de muchas ganas de agradar al público.
El concierto estaba siendo un éxito. Un grupo con la experiencia e historia de Molly Hatchet sólo tiene que poner algo de su parte para que eso sea así, y lo cierto es que la banda derrochó ganas durante toda la noche. La rocanrolera “American Pride” dejó lugar al lucimiento al piano de John Galvin y, cómo no, a la guitarra de Bobby Ingram, en un duelo increíble y lleno de buen rollo.
Phil McCormack estuvo muy simpático y comunicativo toda la noche. Una cosa muy común en los grupos norteamericanos cuando tocan en nuestro país es que deben pensar que todo el mundo habla inglés perfectamente y, además, entiende sin problemas el cerrado acento que se traen en la maleta. De lo contrario no se explican las largas parrafadas que meten entre canción y canción, y a las cuales buena parte del público contesta con vítores cuando cree que le toca, sin entender lo que les están diciendo. De no ser así, no estaría tan seguro de los aplausos que se llevó al dedicar “Fall Of The Peacemakers” a las Fuerzas Aéreas de EE.UU., de las que se declaró sentirse muy orgulloso. Sea como fuera, es un temazo y fue de los que mejor sonaron de la noche, contando además con un gran solo doblado de ambos guitarristas.
Una larga e intensa “Justice” con una exhibición tanto musical como visual de Bobby Ingram dio paso a un solo de batería, incluido en el concierto tanto para presentar al nuevo batería Shawn Beamer como para darle un respiro al resto del grupo, que los años pesan y un poco de descanso se hace necesario.
El grupo volvió al escenario con “Beatin’ The Odds”, llenos de energía tras esos minutos en los que recuperaron el resuello, tras ella, y con una curiosa introducción de puro country, el piano de John Galvin nos introdujo en una emotiva e intensa “Edge Of Sundown” que Phil McCormack dedicó a la memoria de Ronnie James Dio.
El concierto caminaba hacia el final con “In the Darkness of the Night”, tras el cual Phil McCormack fue presentando uno a uno a los miembros de la banda, con calma y bromeando sobre cada uno, para después lanzarse con “Jukin’ City”.
Por si alguien no lo sabe, el último disco de Molly Hatchet (“Regrinding the Axes”) es de versiones. Una de ellas es “Dreams I’ll Never See” de The Allman Brothers Band, que recuperaron para este concierto. Mientras cantaba, Phil McCormack le echó el ojo a uno de los asistentes entre el público, que lucía un bonito chaleco con un enorme y precioso dibujo en la espalda con el rostro del fallecido Ronnie Van Zant, toda una obra de arte. Phil McCormack le pidió el chaleco para ponérselo como homenaje al fallecido músico. Espero que se lo devolviera.
Con el chaleco puesto, anunció la segunda y última versión de la noche, también incluida en su último disco “Regrinding the Axes”: Nada menos que el “Free Bird” de Lynyrd Skynyrd, una de mis debilidades, uno de esos temas que justifican toda una noche. Y tanto por la pasión con que la interpretaron como por el sentimiento que desplegaron, así fue. Sin duda, el mejor momento de la noche, a pesar de que un despiste en el técnico de luces nos dejó con el grupo tocando parte del tema a oscuras. Pero los casi 15 minutos que duró tal despliegue musical pudieron con todo.
Para despedirse, uno de sus grandes clásicos, quizás el mayor de ellos: “Flirtin’ With Disaster”, con el que decían adiós tras hora y media de actuación en la que habían dado todo de sí. Quizás a algunos se les hiciera corto, pero bastaba ver el estado en el que abandonaba el escenario Dave Hlubek, lentamente y apoyado en un bastón, para comprender que no hubiera podido seguir por más tiempo.
Al término del concierto, la banda tuvo un detalle que me gustó especialmente, y más en una banda tan legendaria: A excepción de Hlubek, que, apoyado en su bastón y ayudado por un roadie, se fue a camerinos lentamente, todos los demás se bajaron del escenario y, envueltos en sudor, se fueron directamente al puesto de merchandising, donde estuvieron firmando autógrafos y haciéndose fotos con todo aquel que se acercó hasta allí, con toda su simpatía.
Misión cumplida. Molly Hatchet ha dejado de ser una asignatura pendiente para mi, y salí de la sala con muy buenas sensaciones.
Texto: Shan Tee
Fotos: Leticia Reyes

