Casi tres años de silencio discográfico tras aquél primer LP de tan buen recuerdo en la historia del rock urbano madrileño, y del desafortunado (y parece ser que obligado) cambio de rumbo con el “Pret-a-porter” y sus guiños a la popera “nueva ola”. Se terminaron las relaciones con chapa y probaron con una multinacional, con fuerte respaldo económico y logístico, y con los productores de moda en el rock hispano de entonces: Carlos Narea y Miguel Rios (Luz, Leño, etc.).
Como el resultado del híbrido que supuso el disco anterior fue nefasto, el objetivo era recuperar la presencia de antaño y cubrir un espacio que quedaba algo vacío como era el rock sin extremismos, elegante y de letras con un contenido basado en realidades palpables. Un poco la vuelta al concepto de temas del primer disco con sonido más actualizado, en esto la portada ya es toda una alegoría de sus intenciones.
Quizá la que más recuerde sus inicios sea “Cantante urbano”, con una letra que cuenta el día a día del músico del metro con unas formas entre crudas y poéticas a la vez.
Los músicos eran los de siempre: José Luis Jiménez en el bajo y voz, Lele Laína como guitarra y voz, Victor Ruiz en los teclados y Terry Barrios en la batería y voz, aunque para la grabación del disco recibieron el apoyo de gente de prestigio como Paco Palacios (guitarra) y Mariano Díaz (piano). Recuerdo que en un programa casposo de esos de domingos por la tarde que frecuentaban la única TV que se podía ver entonces, aparecieron montados en un tren tocando un par de temas de este disco (“Blues del Dandy” y “Cantante urbano” si no recuerdo mal), algo parecido al vídeo “Breakthru” de Queen (1986) mil veces pasado por la caja tonta, y los presentaban como un grupo de “Rock puro, y no duro” (calcado al apelativo que siempre le dieron a Thin Lizzy).
No sé si puro, duro o las dos cosas, pero quizá los temas más fuertes del disco sean los que coinciden con letras de denuncia social, como “Marea negra” donde “alzan su voz contra la polución” o “Los chicos están mal” en la que pintan la desesperación ante un futuro poco prometedor. Todo escrito sobre la “pizarra” de un rock contundente pero no heavy. “Guerra fría” tiene un estribillo pegadizo. “Después del concierto” tiene unas hechuras algo más duras, con una batería muy presente y un buen solo de teclas. Un blues de sarcasmo inteligente es el “blues del dandy” (pensaban en el Lecquio ya entonces?), para hacer más variado el disco y cantado por Lele. Y con este mismo argumento se podría justificar “Colores”, una especie de canción bucólica que repasa regiones (no todas) de la geografía nacional en forma de medio tiempo. La más tranquila es “El apagón”, y aunque el bajo destaca en todas las canciones, quizá en esta sea donde más se nota que carga con el peso del tema. La última es “Ciudadano universal”, de reminiscencias hippies y cantada por el difunto Terry Barrios.
Si tuviera que destacar algo en general sería el sonido de los instrumentos. Siempre me ha gustado la batería de este disco, suena muy natural y a la vez contundente, con ritmos aparentemente fáciles tocados con exquisitez, eso es lo mejor. La guitarra está sin saturar del todo, más hard que heavy para entendernos. El bajo al estilo de siempre de JL. Jiménez, muy alto en la mezcla. Las teclas bien metidas, apoyando y rellenando espacios y las voces perfectas (no olvidemos que era un grupo con tres buenos cantantes). Composiciones de estructuras típicas, bien armonizadas, sin experimentación pero no por eso poco elaboradas.
En definitiva, un disco atemporal que no me canso de escuchar.
Alvar de Flack
