Bad Company se formó de lo que quedó de Free cuando éstos se fueron al carajo en 1973, es decir, Paul Rodgers (Voz) y Simon Kirke (Batería). Para completar el grupo tiraron del ex-Mott The Hopple, Mick Ralphs (guitarra) y de Boz Burrell (bajo) anteriormente en King Crimson.
Con esta formación grabaron en 1974 un auténtico clásico dentro de la historia del rock, capaz de competir con formaciones que estaban a pleno rendimiento en la época (Rolling Stones y su “It’s only rock’n’roll” o Queen con “Sheer heart attack”) y con otras que empezaban como ellos (Kiss: “Kiss” o Judas Priest: “Rocka rolla”).
En general este es un disco que mezcla el rhythm and blues, el soul y el hard rock, mostrando al grupo de la forma más natural posible (algunos lo llaman “fresca”), en directo en el estudio de grabación (a la antigua usanza), sin apaños que puedan enmascarar lo que es un grupo de cuatro músicos tocando su música de forma noble, es decir, mostrándose tal cual.
Esto no quiere decir que no haya arreglos, si es que se puede llamar así a la incorporación de otros instrumentos como en “Don’t let me down” por ejemplo, en la que un piano y un saxo colaboran para dar forma a una de las piezas más versionadas por los grupos melódicos de los últimos tiempos. En “Bad Company”, uno de los temas fuertes del disco, también es el piano el que soporta gran parte de la canción, bajo una voz, esta vez intencionadamente rota. Y es que se puede decir que, de los 8 temas de que consta el disco, la mitad son cortes lentos para el lucimiento de la voz de Rodgers, como “Ready for love”, “The way I choose” o “Seagull”. El resto, como “Rock steady” y “Movin’ on” son dos clásicos claramente hard rockeros.
Pero si hay un clásico dentro de este clásico, ese es “Can’t get enough” (que buena versión se marcan Barón Rojo cuando quieren), quizá sea la canción más tocada en los locales de ensayo que yo haya recorrido por ahí, con un sitio permanente en la historia del rock como “Stairway to heaven” o “Smoke on the water”. Parece que no pasa el tiempo por esas guitarras dobladas…
En definitiva, este es un disco de rock hecho con “amor de madre” (y eso que se coció rápido) al que no le sobra ni una nota, que podría ser una extensión de lo que fueron Free pero que desde mi punto de vista plasma mejor el feeling de sus músicos de lo que lo hicieron éstos.
Alvar de Flack
