David Bowie es una de esas figuras capitales de la historia del Rock que tienen difícil pasar desapercibidas. Su visión excesiva de todo lo que crea le hacen ser un personaje imposible de ignorar, o se le ama o se le odia o, incluso, ambas cosas. Lo del camaleón no es gratuito, es algo que se ganó desde el principio. Imprevisible, inquieto y snob hasta decir basta, su obra no puede clasificarse dentro de éste o aquel cajón y eso en Bowie ha sido siempre una cualidad que le ha hecho ganar muchos fans, tantos como los que ha perdido por el mismo motivo. De todas maneras sea donde y como sea, siempre ha dejado su impronta de calidad y genialidad como denominador común a todo lo que toca.
En 1972, el mismo año que su amigo y también por la época “indefinido” Lou Reed edita “Transformer”, David Bowie se embarca en su proyecto más ambicioso. Una especie de Ópera Rock rebosante de lirismo y épica urbano-espacial. Una historia extravagante que en manos de otros hubiera quedado ridícula: la llegada a la Tierra de un alienígena de sexualidad ambigua anunciando el fin del mundo que se convierte en estrella del Rock, para terminar siendo asesinado por su propia fama -¡Y todavía hay quien cree que las drogas no son buenas!- Para llevar a cabo tamaña historia cuenta con el talento de Mick Ronson y la ayuda, aunque no sale en los créditos, de Rick Wakeman. De Mick Ronson creo que todo lo que se diga es poco: Mano derecha de Bowie, colaborador de Lou Reed en la gestación del mencionado “Transformer” e integrante de la Rolling Thunder Revue de Bob Dylan, ¡casi nada!
Sin preámbulos ni tediosas introducciones, la obra se inicia con un órdago de épica y emotividad llamado “Five Years”. Un in crescendo intenso capaz de dejar exhausto a cualquiera, que desemboca en “Soul Man”, un tema calmado pero exquisito, lleno de detalles, desde los armónicos de Mick Ronson hasta el saxo del propio Bowie, que sirve como descanso artificial del oyente. Con “Moonage Daydream” (I´m an alligator, I´m a mama-papa comin´ for you. I´m the space invader, I´ll be a rock´n´rollin bitch for you) y, sobre todo, “Starman”, Bowie nos regala dos de los mejores estribillos nunca escritos y que son el emblema de todo el disco, la parte más reconocible. A partir de ahí van alternándose coplas tranquilas, como “Lady Stardust”, una preciosa balada con Bowie meciéndose sobre un piano, con otras que podríamos catalogar de “Punk primigenio” como “Hang On To Yourself”, con la que abrían los conciertos de la posterior gira y de la que estoy seguro que el amigo Johnny Rotten oyó hasta la saciedad. Por su parte “Ziggy Stardust” y su precioso comienzo de arpegios, nos devuelve al camino de la épica. El telón lo baja, y de que manera, “Rock´n´Roll Suicide”, otro tema que va de menos a más para terminar con un Bowie dejándose el pellejo cantando “you´re not alone, gimme your hands”. Aunque el trabajo habría que verlo como un todo, no como un conjunto de canciones. No sería posible entender unas sin otras.
“Ziggy Stardust” ha sido considerado por muchos el mejor disco del siglo XX. Yo lo veo exagerado, pero sí que es verdad que, aparte de ser un disco con una calidad fuera de toda duda, ha sido uno de los más influyentes. No obstante lo verdaderamente importante es poder sumergirte en la epopeya narrativa, llena de altos y bajos, de este alienígena ambiguo y excesivo que es David Bowie y su alter ego Ziggy Stardust. Más de uno se sorprendería.
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Pedro Salinas «Pears»
