No tenía suficiente Steve Vai con “The 7th song” como para editar otro álbum este mismo año y encima doble: quince temas en directo con la peculiaridad de que son de nueva cosecha, nada de una banda sonora de sus grabaciones de estudio. Todo esto se enmarca dentro de otra de las místicas iniciativas del maestro Vai, que se ha aventurado a componer cada una de las piezas tomando como fuente de inspiración los países por los que transcurría su última gira. Por tanto, no es éste un doble en directo al uso, sino que es un nuevo disco del guitarrista grabado íntegramente encima de los escenarios del tour que realizó la pasada temporada. Es una buena idea, con la salvedad de que hasta ahora no había editado ningún directo oficial (si exceptuamos el que grabara junto a Satriani y Johnson hace unos años) y, además de no poder disfrutar de sus grandes éxitos en este formato, nos hemos quedado sin escuchar cosas tan interesantes como la apertura de sus más recientes conciertos en el G-3 de este mismo año (en esta ocasión al lado de Satriani de nuevo y del “alma mater” de Dream Theater, John Petrucci) con “Shy boy”, acompañado de Billy Sheehan, quien ha hecho las labores de bajista y cantante (quién sabe si esto significa una reunión de la formación original de la banda de David Lee Roth, habrá que esperar acontecimientos).
El compacto se abre con una composición típica de Steve Vai llamada “Giant balls of gold” que podría encajar en cualquier trabajo suyo. Las cosas comienzan a cambiar en “Burning rain”, donde una introducción apoyada en los teclados de Mike Keneally deja el camino despejado para que Vai se marque un sinfín de solos, algunos épicos y otros casi imposibles. “The black forest” lleva una onda psicodélica y experimental. La base rítmica no me acaba de cuajar con las habilidades virtuosas del guitarrista en esta pieza. En conjunto, parece inacabada, sin pulir y muestra el lado negativo de un trabajo, si no improvisado, sí limitado en cuanto a tiempo de preparación. “Alive in an ultra world”, la que sigue, junto a “Light of the moon”, incluida ésta dentro del segundo CD, desnudan la faceta de vocalista de Mr. Vai y a la que nos tiene habituados en sus últimos álbumes. Sin ser un talento por descubrir, interpreta decentemente unas canciones que conjugan el rock con cierto sabor popero. Esta pizca de easy listening refresca la concentración y densidad que despiden tantas instrumentales juntas. De nuevo, el teclado marca el inicio de “Devil’s food”. Continua con un extracto de “Fire garden suite” y, tras tomarse un descanso y aprovechar unos minutos para bromear con el público, pasa a una demostración técnica en la que los siete músicos que forman su banda en vivo sintonizan sus respectivos instrumentos en perfecta armonía. Acaba tal cual empieza, con ese fragmento perteneciente a la suite de “Fire garden” titulado “Pusa road”. Inglaterra se ve retratada en “Blood and glory”, repleta de melodías grandilocuentes que evocan marchas reales e imperios de tiempos pasados. De las más conseguidas. Vai vuela con la palanca de su Ibanez en el himno reservado a Irlanda, al que progresivamente se van incorporando cada uno de los instrumentos. “Whispering a prayer” desprende una calma sobre la que se dibujan unas líneas de melodía raras y bellas. El turno de España llega con “Iberian jewel”, donde el artista refleja su visión del flamenco emulando la casta de los guitarristas clásicos en clave eléctrica.
La apertura del segundo compacto corre a cargo de “The power of Bombos”. Personalmente, no le encuentro ningún aliciente a este homenaje a Grecia ya que no tengo el mínimo conocimiento técnico de las virguerías que músicos como éste se sacan de la manga y pueden resultar un “sinsentido” si no estás metido en el mundo de la guitarra. Quizá quien sepa y guste de este tipo de demostraciones muestre mayor interés. A mi no me dice nada, al menos tan en frío. Por suerte, “Incantation” nos devuelve al mundo de los sentidos gracias a unos tonos agradables que retoman en todo momento los de “Passion and warfare”. El tramo final está monopolizado por la batería de Mike Mangini y unos ecos propios del este europeo (en algo se debía notar que está dedicada a Bulgaria) que retornan la canción a su punto de partida. Dos intentonas les hace falta para arrancar “Babushka” y es que hasta los más grandes pueden equivocarse (como dice Vai, estas cosas “también suceden en el estudio”). Aquí, la esencia islámica (aunque haga referencia a Rumanía) y el folk se hacen presentes en cada rincón. Para ambientar el buen gusto y la sensualidad de Francia, un piano y un acordeón acompañan a la guitarra y crean una atmósfera jazzy. En mi opinión, este “Being with you (in Paris)” constituye el punto álgido del álbum. En el caso de Italia recurren a un ritmo muy alegre, similar al de “Cryin’ machine”, y hace de “Principessa” el tema más vivo de los quince. Como detalle, Vai toca al final los acordes de la canción de “El padrino”. “Brandos costumes” anuncia el crepúsculo (el real y el del disco): el grupo baja la intensidad, relaja el ambiente y se deleita con esta pieza preciosista.
Dada la rapidez y la escasez de medios con que fueron grabadas algunas de las tomas, se han visto forzados a retocarlas en estudio para que el sonido final no sufriera demasiado. Para los muy fans, conviene recordar que la edición japonesa contiene un bonus track, “Maple leafs” (chocante que sea en Japón donde haya sido editado el tema regalado a Canadá).
“Alive in an ultra world” puede pecar de complejo y requiere de varias escuchas y mucha atención. Más que un álbum convencional, es una extravagancia que pone a prueba la creatividad y originalidad de un músico que no se impone restricciones. Visto de este modo, el disco da mucho de sí y nos demuestra (una vez más) que, por encima de todo, Steve Vai es un genio.
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J. A. Puerta
