El parto de “Tribe” ha sido más doloroso de lo que parecía ya que se ha producido completamente a destiempo, desaprovechando que la publicación de “Live evolution” en 2001 pusiera de nuevo a Queensrÿche en boca de todos. Ahora, esa especie de retorno de la banda a la máxima actualidad se ha reducido a la mínima y el anonimato que le ha acompañado en la última década es igual de consecuente que el propio álbum. Me explico: ni un solo factor que presagiara un trabajo de heavy metal en toda regla era fundado. Chris de Garmo se ha ausentado durante cinco años, cierto, pero del único trabajo que no ha participado ha sido “Q2K” y por entonces el grupo ya había pasado al olvido colectivo. Por otro lado, hace mucho que Queensrÿche decidieron darle otro enfoque a sus temas, no muy diferente del original, pero sí matizado. Por tanto, esperar una avalancha de sucesivos “Queen of theReich” es pensar en vano.
¿Qué matices los hace tan distintos? Si no los mismos, sí similares al patrón que vienen siguiendo desde “Promised land”. Han desaparecido los temas-bandera, los himnos inmortales y cualquier vestigio de single comercializable. Los actuales Queensrÿche no recuerdan a aquellos otros de “I don’t believe in love” o “Jet city woman”, de ahí que se hagan difíciles de comprender si entramos en comparaciones. Sin entregarse de lleno a su música y – es una recomendación – acompañarla con sus correspondientes letras no se llega a ninguna parte, a lo sumo a cambiar de compacto al primer apretón. Prueba con “Blood” o “Doin’ fine” prescindiendo de estos consejos y verás que no miento.
Producido por la propia banda y mezclado por Adam Kasper (Pearl Jam, Soundgarden, QOTSA, etc.), “Tribe” suena algo más endurecido y acorde a los tiempos que corren que “Hear in the now frontier” y “Q2K”. Nada mejor que llevarse a la oreja “Open” o “Tribe” para verificarlo y alucinar con los devaneos árabes o las frases medio-rapeadas de “Desert dance” (estamos en el 2003, toc, toc…). “Losing myself” es lo más rockero que tiene el álbum, aunque lo sofisticado de su ritmo puede causar estragos en los más puristas.
Un quinteto como éste jamás podrá perder el talento y ahí están “The great divide” y “The art of life” para grabar más páginas de oro en su historia. Mientras, el toque nostálgico lo pone el slide de “Falling behind” y la conmovedora “Rhythm of hope”, de moraleja optimista y capaz de sumirte en un día lluvioso cualquiera de su Seattle natal.
Lo mejor del plástico es, con diferencia, Geoff Tate, cuya poderosa y elegante voz conduce cada pasaje con la maestría acostumbrada. Tocado por los atentados del 11-S, el cantante ha volcado sus reflexiones personales acerca de la sociedad americana sobre los textos de “Tribe” y el resultado ha sido un trabajo profundo y sentido. Que disfrutes o no del mismo depende de la sugestión con que te acerques a él. En su contexto temporal iguala lo que “Empire” y “Promised land” supusieron en su día.
Una frase del austero libreto interior reza de este modo: “la cadena que ahoga a la humanidad es nuestra tendencia a emitir juicios sobre los demás”. Tomemos nota.
J. A. Puerta
