Deep Purple. La leyenda. De forma casi unánime son considerados el grupo más grande del Hrd Rock de todos los tiempos. Su aportación al mundo de la música traspasa los gustos de unos y otros para ingresar por derecho propio en los libros de Historia de la música, siendo influencia decisiva a miles de grupos de generaciones posteriores.
La historia primigenia, desde la fundación del grupo por Jon Lord con el primitivo nombre de Roundabouts hasta el fin de su primera etapa a mediados de los ‘70, fue una historia de discusiones, enfrentamientos, malos modos y disputas que propiciaron una inestabilidad constante en la formación de la banda, causados por el mal temperamento de sus componentes, en especial los constantes enfrentamientos entre Gillan y Blackmore. A pesar de ello, la producción de discos fue siempre alta, con una calidad innegable que a lo largo de los años se han convertido en clásicos imperecederos.
De todas aquellas formaciones, sin duda la más mítica fue la llamada “Mark II”, la que grabó el legendario “Made in Japan”, considerado como uno de los mejores discos en directo de la historia del Rock, si no el mejor. Este disco elevó a los altares (musicalmente hablando, claro…) a los cinco integrantes del grupo: Ian Gillan, Richie Blackmore, Jon Lord, Ian Paice y Roger Glover.
La historia es bien conocida. Poco tiempo después, Gillan y Glover son sustituidos por David Coverdale y Glenn Hugues, y al año siguiente es Blackmore quien toma las de Villadiego, ocupando su puesto Tommy Bolin mientras el grupo agonizaba.
La exitosa trayectoria posterior de los miembros de Deep Purple no hizo sino engrandecer la leyenda del grupo madre, y las ansias de todo el rockerío de ver de nuevo unido al Mark II crecían y crecían…
En 1984, casi por casualidad, todos los factores se pusieron de acuerdo para favorecer esa reunión:
Por un lado, los Rainbow de Richie Blackmore y Roger Glover estaban pasando su peor momento desde su inicio. La etapa más comercial de la banda, con Joe Lynn Turner a
la voz, había arrancado con fuerza con discos como “Difficult to Cure” y “Straight between the eyes”, pero el tercer disco de esa etapa, “Bent out of shape”, no había conseguido calar en los seguidores del grupo. El nivel de ventas y de asistencia en la gira americana (que no llegarían a terminar) cayó estrepitosamente. Primer escollo superado.
Ian Gillan había abandonado su proyecto en solitario, tras un puñado de buenos discos que tuvieron mucho éxito en Gran Bretaña pero que apenas traspasaron sus fronteras. El desastroso intento de formar parte de Black Sabbath terminó con el fracaso del disco editado (“Born again”) y de su posterior gira, precipitando el fin de esta efímera unión. Segundo traba eliminada.
Jon Lord había consolidado su carrera post-Purple en una de las bandas resultantes, Whitesnake, con notable éxito. Pero, tras la edición de “Saints and Sinners”, David Coverdale, líder indiscutible del grupo, decidió dar un giro total en el estilo, adaptándose a las nuevas corrientes que venían sobre todo del otro lado del Atlántico. Un concepto totalmente nuevo del grupo en el que un teclista del estilo de Lord no tenía cabida. Quedaba libre.
El último eslabón de la cadena, Ian Paice, huido poco antes de las filas de Whitesnake, se encontraba plenamente integrado en la banda de Gary Moore, en aquel entonces en el punto más alto de su carrera. Paice ya había avisado al malhumorado guitarrista irlandés de que acudiría a una reunión de Deep Purple si esta se producía.
Una vez que todos los planetas se alinearon, la noticia corrió como la pólvora por los mentideros del Rock-business. Hoy estamos acostumbrados a reuniones de grandes bandas separadas años antes. Quizás esta reunión de Deep Purple fue la primera y la que más revuelo levantó. El encuentro en una finca campestre inglesa incluso fue filmada e incluida en el videoclip de la canción “Perfect Strangers” del nuevo disco. ¿Conseguirían aparcar las viejas rencillas lo suficiente para trabajar juntos? Habían pasado 10 años, tiempo suficiente para aparcar el hacha de guerra. Sólo quedaba confiar en que la vieja magia volviera a surgir y que el nuevo disco colmara las expectativas.
Recuerdo perfectamente el estado de ansiedad que recorría mi cuerpo cuando llegué a la tienda a por el disco, el mismo día que se ponía a la venta. En el trayecto en Metro a mi casa saqué el plástico protector del vinilo, admiré la carátula, me fijé en las fotos interiores (muchas y variadas) y empecé a disfrutar del disco, aún antes de oírlo.
Llegué a mi casa, no dije ni hola y puse el vinilo en el tocadiscos. A todo volumen, por si había dudas. Simplemente con escuchar la introducción de “Knockin’ At Your Back Door” ya sabía que mis expectativas habían sido colmadas. Lo habían vuelto a hacer, 10 años después. La intro de Lord, seguida del contundente bajo de Glover y la atronadora entrada de Paice se me clavaron en el cerebro y aún no han salido. Deep Purple consiguen algo prácticamente imposible: No sólo construyen una canción de primerísimo nivel y la convierten en clásico nada más escucharla, sino que además logran que cada uno de los músicos brille con luz propia tomando su papel protagonista.
Esta canción justifica por sí sola el precio del disco, pero no venía sola. El resto de temas confirman la magnitud del disco. “Under The Gun”, “Nobody’s Home”, “Mean Streak”… colman mis expectativas. El grupo suena moderno (estamos hablando de 1984) y apenas quedan rastros del sonido Purple de los ’70. Más al contrario, hay una clara influencia de los últimos Rainbow, arrastrada por Blackmore y Glover, aunque no se quedan ahí. Blackmore se muestra más sofisticado que nunca, algo que ya había demostrado en la última etapa de Rainbow, huyendo de los largos solos y consiguiendo innovar con cortos e intrincados solos que dejan patente su gran clase. La participación del maestro Lord es decisiva, dejando su impronta en cada uno de los surcos del disco. Ian Paice está en el mejor momento de su carrera, y su técnica, pareja a su energía, convierte su participación en una exhibición. El punto más crítico de la banda iba a ser Ian Gillan. Meses antes habíamos tenido que sufrir su falta de facultades con Black Sabbath y su rendimiento era una incógnita. Pero el maestro Gillan por fin comprendió que debía olvidarse sus exhibiciones vocales de los ’70 y realiza uno de los trabajos más completos de su carrera.
La segunda cara del vinilo se abría con otro tema que estaba destinado a convertirse en un clásico absoluto de la carrera de Deep Purple. “Perfect Strangers”, como el disco. De nuevo tras una introducción de Jon Lord, ante nosotros tenemos un medio tiempo intenso y glorioso, con una interpretación de todo el grupo rayando la perfección, desde las perfectas líneas vocales de Gillan, la fuerza de Paice, la clase de Blackmore, el sustento de Glover y la maestría innegable de Lord. Desde entonces este tema no se ha caído de su set en directo.
“Gypsy’s Kiss” es otro cañonazo, rocanrol rápido con lucimiento de Gillan y con una parte intermedia “made in Blackmore” y un solo de guitarra seguido de uno de Lord que imprime el verdadero sello Purple a lo que estamos escuchando.
El disco se completa con la sentida balada “Wasted Sunset” y la extraña “Hungry Daze”, quizás el único tema que baja algo el nivel en el disco.
La posterior edición en CD trae dos temas nuevos: “Not Responsible” de evidente menor calidad que el resto.
La gira de este disco produjo la primera venida en la historia de Deep Purple a España, con un concierto que fue precedido de una gran expectación, pero que deparó varias sorpresas no muy agradables. El concierto de Madrid, acompañados de Mountain (que hacían toda la gira europea) y, para las fechas españolas, de los catalanes Zeus, se suspendió la misma tarde del concierto por una afonía galopante de Gillan, dándonos a todos con un palmo de narices. El concierto se recuperó al final de la gira, ya sin Mountain, y con un Gillan en condiciones mínimas. El show fue brillante por parte de unos pletóricos Lord, Paice y Glover, pero con Gillan intentando que la voz le llegara a la garganta y con un Blackmore pasando de todo. Al final, en los bises, la conocida historia: Richie Blackmore que no quiere salir al escenario, y tenemos la oportunidad de presenciar un histórico, por lo extraño, “Smoke On The Water” sin guitarra, tocando Jon Lord el riff principal con su Hammond.
Perfect Strangers: ¿El mejor disco en estudio de toda la carrera de Deep Purple? Posiblemente sí. Al menos para el que suscribe.
Santi Fernández «Shan Tee»
