Cualquier disco de la formación clásica de Genesis merece pararse a escuchar con detenimiento. Entiéndase por “formación clásica” la que influyó decisivamente en los grupos sinfónicos contemporáneos y en los siguientes, la que parió obras como “Nursery cryme” (1971), “Foxtrot” (1972), “The lamb lies down on Broadway” (1974) y, por supuesto, este “Selling England by the pound” (1973): Tony Banks (teclados, guitarra acústica), Phil Collins (batería, percusión y voz), Peter Gabriel (voz, percusión, flauta, oboe), Steve Hackett (guitarra eléctrica y clásica) y Mike Rutherford (bajo, guitarra acústica y sitar).
Toda la década de los ‘70 estuvo tomada por los grandes grupos de rock sinfónico, pero 1973-74 en particular fue una época en la que la competencia fue especialmente dura. Pink Floyd sacaban a la luz su “Dark side of the moon” que dejó -y aún hoy sigue dejando- a medio mundo boquiabierto, EL&P editaron lo que es, para muchos, su punto álgido “Brain salad surgery”, Yes vivían de las rentas del “Close to the edge” tras el directo de aquella gira “Yessongs (live)”, King Crimson andaban entre “Lark’s tongues in aspic” y “Starless and bible black”, dos de sus grandes obras, Camel acababan de nacer y ya asombraban con sus dos primeros discos… Gran Bretaña era una inagotable fuente de imaginación y de vanguardia musical, y Genesis, tras cuatro discos en estudio decidió publicar un directo en julio de ese año mientras hacían tiempo para terminar y publicar en octubre este “Selling England by the pound”.
Se trataba de un disco en el que la mitad son temas largos para el lucimiento de Peter Gabriel, dando mil vueltas a las melodías que giran sobre sí mismas una y otra vez, sin estructura definida, como si no encontraran el final para la canción y la alargasen hasta el infinito. La otra mitad son temas más cortos y directos, uno de ellos (el maravilloso “More fool me”) prácticamente acústico y cantado por Phil Collins. Sin embargo es en los cortes más largos en los que se aprecia la calidad del grupo y de este disco, con estrellas absolutas en “Firth of fifth”, “The battle of Epping forest” y “Cinema show”, tres composiciones que han quedado para la historia del rock progresivo, con un buenísimo trabajo de Collins en la batería y un Tony Banks especialmente inspirado.
El resultado final fue competitivo. Pudo hacerle sombra a los discos contemporáneos y se convirtió en uno de los discos de culto de los amantes del rock sinfónico en general y de Genesis en particular. Técnicamente se atrevieron a soltar alguna pincelada novedosa incrustada en el meollo de los temas más largos, como algún hammering de Hackett en “Dancing with the moonlight knight”, o ritmos de batería impropios del estilo en “Cinema show”, bastante por delante de otros grupos aferrados a suertes más clásicas.
A mí tardó en entrarme, lo reconozco. Me gustaban (y me gustan) los grupos que hacían música de grandes desarrollos instrumentales en los que demostrasen destreza, imaginación, etc., pero con Genesis no podía, era otra cosa. Me dio la sensación de que daban más importancia a las partes vocales que a las instrumentales y no terminó de decirme gran cosa. Además, era lo primero que escuchaba de ellos y yo era demasiado joven, así es que se me indigestó y me fui a explorar otros terrenos más asequibles. Tiempo después, como suele pasar casi siempre, con tiempo para reposar la cerveza, entre humo y luces de colores… en fin, que le pillé el punto que le faltaba y hasta hoy. Y no solo eso, sino que aquí me encuentro veintitantos años después de mi “descubrimiento” escribiendo sobre aquel disco. Y termino ya que me está dando el ataque de nostalgia y puede conmigo.
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Alvar de Flack
