Recuerdo con bastante claridad la primera vez que escuché a Tom Waits, aunque aquella tarde de un domingo veraniego, tan vívida e intensa, en que no paraba de ponerme su tema “Martha” va cambiando en los detalles según el momento en que la evoque. Sé que eran las fiestas mayores de la ciudad, porque la gente se amontonaba en los balcones para ver los fuegos artificiales. Yo, encerrado en mi cuarto y ajeno al mundanal ruido, le daba al replay del viejo discman con el primero de Waits puesto. Cada vez me emocionaba más la canción – era perfecta, y además parecía hablar de mí – y yo me sentía muy a gusto con ese ataque de tristeza. Cuando vi las coloridas estelas caer por el cielo mientras el sonido del piano me removía por dentro, experimenté un momento trágico. Me di cuenta de que los buenos momentos se van, y que nuestra felicidad duraba poco más que aquella bonita descarga de palmeras que explotaban y se desvanecían. La música de Waits parecía confirmarlo todo.
Tom Waits es un maestro del desencanto, del surrealismo, de la experimentación. Desde el éxito de aquel single en que afirmaba que era el piano quien había estado bebiendo y no él, Waits no hizo más que crecer musicalmente. Profundamente influido por el blues, su apuesta por un sonido oscuro y cada vez más desquiciado fue creciendo a lo largo de los ’70, hasta llegar a la nueva década y descubrir el rock psicodélico y la experimentación. Para 1980, Tom Waits era un artista más que reputado que se dispuso a cambiar el rumbo de su música. Pasó a incluir instrumentos más atípicos y a experimentar con la música de cabaret, con el tango o el country. Su álbum “Swordfishtrombones” (1983) supuso una primera aproximación a esos sonidos exóticos que culminarían con el presente disco, de inmediato reconocimiento y con una calidad sólo equiparable a su atrevimiento. La incorporación de Marc Ribot a la guitarra, la voluntad de seguir experimentando y la personalísima voz de Waits tejen un disco muy oscuro, totalmente distinto de lo que se hacía en la época y con pasajes casi cacofónicos.
Diecinueve canciones, diecinueve puñaladas. Los tres primeros temas (“Singapore”, “Clap Hands” y “Cemetery Polka”) son auténticas rarezas que configuran un inicio desconcertante. Intercalados con otros temas de semejante carácter atípico, nos encontramos con coplas maestras como “Jockey Full Of Bourbon”, “Big Black Mariah” (con Keith Richards a la guitarra), “Hang Down Your Head” (puro dolor), baladas al estilo de su primera época (“Time” o “Blind Love”), piezas teatrales (“9th & Hennepin”), temas de country/folk americano (“Gun Street Girl”), el magnífico blues de “Union Square” o “Walking Spanish”… Y es que “Rain Dogs” es un disco que toca todos los palos, una experiencia musical completa en sí misma que merece toda la atención del mundo.
Quizás el tema más accesible del disco sea “Downtown Train”, versionado por Rod Stewart años después, y que puede servir como carta de presentación de Waits para sus nuevos oyentes. Sin embargo, todo “Rain Dogs” mantiene el nivel y gana con el tiempo. Me lo pongo ahora y me sorprende que sea de 1985. Claro que los clásicos no envejecen..
Jaume “Mr. Bison”
