El debate en las redes (y en los bares) es eterno: ¿Debe el Rock posicionarse políticamente?
Es evidente que, para muchos de nosotros, el Rock no es solo un estilo de música sin más, sino que genera un sentimiento comunitario en el que, si bien la música es el hilo conductor que nos une, hay muchas otras cosas que nos generan un entorno grupal en el que nos sentimos cómodos. Hay una imagen que nos es familiar: pelo largo, camisetas de nuestros grupos preferidos… aunque según vamos cumpliendo años, los entornos laborales y la salud capilar nos impiden mantener ese look que muchos ya llevamos sólo por dentro. Eso sí, nos sentimos cómodos en un concierto, un garito en el que suena Rock o en cualquier ambiente en el que se nos identifique como lo que somos.
Este debate sobre el posicionamiento político del Rock está abierto porque hay argumentos a favor y en contra.
A favor, podemos decir que es evidente que el Rock nació con las premisas de las ideas de izquierdas. El Rock nació en las calles, en las zonas industriales, en los barrios populares. Y sus letras hablaban de ello, por lo que nos sentíamos identificados. La lucha contra las injusticias sociales, la rebelión contra la opresión del poder a los marginados, la rebeldía contra lo políticamente correcto…
En contra, los argumentos se basan en que aquellos inicios quedan ya muy lejos en el tiempo. Que han pasado décadas y el Rock se ha generalizado, se ha abierto a un público más amplio en el que tiene cabida gente de toda clase y condición. Que ha perdido el ardor juvenil y la pertenencia de clase. La prueba más evidente es que hemos perdido la calle, ahora en manos de otros estilos como el Hip Hop, el Reguetón, el Techno o la llamada música urbana (no confundir con Rock Urbano, nada más lejos de la realidad).
No seré yo quien se decante por una opción en este debate, porque hay argumentos de peso en ambos sentidos. Pero lo que sí voy a hacer es posicionarme en algo que parece lo mismo, pero no lo es:
El Rock, como cualquier otro tipo de manifestación cultural (o deportiva), debe utilizar su altavoz y su influencia sobre sus seguidores para mandar un mensaje positivo, para denunciar injusticias y para liderar una corriente de pensamiento que nos lleve a ser una sociedad mejor. Un músico de renombre, un deportista de élite, un actor de prestigio o cualquier persona que con su talento haya conseguido un público que le siga, tiene la responsabilidad moral de liderar esa lucha a favor de un mundo mejor. O, al menos, no contribuir a empeorarlo.
En los últimos meses hemos tenido dos ejemplos claros que ilustran lo que intento decir. Uno vergonzoso y otro ejemplar, de dos guitarristas que, casualmente, están vinculados a Mago de Oz, uno de los grupos con más poder mediático de nuestro Rock.
El pasado mes de julio, el guitarrista Víctor de Andrés, en medio de un concierto de Mago de Oz, lanzó al público andanadas del tipo “da igual que gobierne quien gobierne, dejad de robarnos sobre todo la cocaína y las putas” o “Pedro Sánchez, me cago en tus muertos”. Quiero creer que su intención era mantener una pose de ser el “más malo malote” que históricamente nos ha gustado mostrar a los rockeros. Pero, sinceramente, creo que le ha salido el tiro por la culata y el primer perjudicado ha sido él. Y el segundo, su grupo.
En el otro lado de la balanza, Jorge Salán (enorme guitarrista en cuya extensa trayectoria se incluyen varias etapas en Mago de Oz) ha utilizado el altavoz que le da su popularidad entre gran cantidad de rockeros para lanzar un mensaje inequívoco en apoyo al pueblo de Gaza, víctima de un inequívoco genocidio por parte de Israel, con frases como “Ante un genocidio callarse es ser cómplice. Ayer es mi respuesta a esta locura y sinrazón”, mostrando al tiempo una bandera palestina.
Denunciar un genocidio no es hacer política. Que un estado como Israel masacre a todo un pueblo para quedarse con sus tierras no es ideología. Es un genocidio que empezó en 1948 cuando Estados Unidos y buena parte de Europa crearon el estado de Israel en un lugar donde ya había otros pueblos. E Israel decidió exterminarlos, con la connivencia de sus aliados. Esto no es una crisis política, sino humanitaria.
Desde esta humilde tribuna que me permite este editorial quiero felicitar a Jorge Salán, a quien ya admiraba como músico, por utilizar su altavoz para concienciar a su área de influencia. Igual que lo haré con cualquier otro músico, actor, deportista o (incluso) político que alce la voz para intentar parar esta barbarie.
Texto y foto: Santi Fernández “Shan Tee”

