Las comparaciones son odiosas y eso es lo que le ocurre a “Demolition” cuando sale a relucir el nombre de Halford y de su “Resurrection” de hace un año. Parecía que Tipton había tomado buena nota de las expectativas que los fans de los Priest tenían acerca de su nuevo álbum y de la conveniencia de reorientar su sonido hacia el metal más clásico, del que ellos mismos son máximos estandartes. Sin embargo, más de uno nos hemos llevado un chasco al comprobar que este nuevo trabajo no sólo sigue la línea de su antecesor, sino que profundiza en ella, tratando de llevar el estilo de Judas Priest por los derroteros más vanguardistas. Ello no significa que se hayan convertido en una banda de nu metal (faltaría más), pero su obsesión por querer definir lo que supuestamente va a ser el heavy metal de este nuevo milenio, acercando lo que era “Painkiller” a los sonidos más propios de unos Machine Head o Pantera o inspirándose en muchas de las tendencias que ahora rompen, hace aguas por todas partes. En primer lugar, la banda, al igual que en “Jugulator”, ha hecho acopio de una producción y unos esquemas que nada tienen que envidiar a los de las formaciones que despuntan en estos momentos, consiguiendo una adaptación admirable a los tiempos actuales. No obstante, y es hora de que Tipton sea consciente de ello antes de que sea demasiado tarde, gran parte de los seguidores de las nuevas tendencias no están interesados en este reenfoque de Judas y menos aún sus antiguos fans, que no acaban de comprender bien el giro que le han dado a su carrera. En segundo lugar, se hace evidente que, a pesar del acierto con que la banda abordó sus incursiones en otros terrenos (como el primer “Rocka Rolla” o los posteriores “Point of Entry” o “Turbo”), en esta etapa las composiciones no dejan de ser más que correctas, siendo en ocasiones simples revisiones actualizadas del metal machacón y pesado que se popularizó en los noventa y que todavía perdura (algo más agresivo, eso sí), sin aportar nada destacable al género. En último lugar, y como punto positivo, cabe destacar el trabajo que ha hecho “Ripper” Owens, cuya voz es lo mejor que podemos encontrar en el disco por su riqueza y diversidad (es una pena que se vea supeditada a unos temas que dicen más bien poco).
En cuanto al contenido, hay que matizar que esta vez han optado por incluir algo más de variedad, sin llegar a los extremos de caña continua de “Jugulator”, lo que se agradece en parte, si tampoco supone una mejora por sí sola. Así, la fuerza y la potencia de trallazos como “Machine man” (que abre el álbum y ha sido lanzado como primer sencillo del mismo), “One on one”, “Jekyll and Hyde” (donde lo más destacable es la adaptación del timbre de “Ripper” en ciertos fragmentos al de Laine Staley, y es que en algo se notan los gustos del chico) , “Bloodsuckers” (que parece una nueva versión de “Bullet train”, aunque no tan lograda), “Cyberface” (con una primera parte más sosegada y con guiños a las maneras de Jerry Cantrell que desconciertan) o “Devil digger” se quedan en simples anécdotas ya que no transmiten sensación alguna, ni un pequeño resquicio de feeling de la vieja época. Tras escuchar una y otra vez estos cortes, uno acaba con un sentimiento de frialdad que no colma las exigencias mínimas que se puedan esperar de un trabajo de los británicos, más cuando han tardado tanto tiempo en decidirse a editarlo. Otro aspecto negativo es la simpleza de los solos. A pesar de la originalidad de éstos gracias al uso de unos efectos muy “cibernéticos” (ampliable al sonido de las guitarras en general), dan la impresión de estar ahí casi por obligación, como si rellenasen las canciones superficialmente. Un ejemplo está en “Feed on me”, una canción que recupera el espíritu de los Judas más cercanos al heavy americano y que podría haber sido un temazo de no ser por un estribillo francamente malo y el solo tan vacío que lo acompaña. Idéntico son los casos de “In between” y “Hell is home”, cuyo comienzo es prometedor con Owens acaparando el protagonismo absoluto, pero que luego se torna monótona y algo soporífera debido a unos riffs que parecen haber estado inspirados (desafortunadamente) en las sesiones de “Load” de Metallica.
En otra onda nos topamos con los medios tiempos, que posiblemente sean los que más se salvan en “Demolition”. En un intento de emular sus temas más accesibles, “Close to you” tiene una base que mama de “(Take these) chains on”, “Blood red skies” o alguna pieza de “Turbo”. Aún encontrándolo incompleto para formar parte de esos subclásicos, convence y resalta en comparación con el resto del disco. Por su parte, “Lost and found” suena bien y agrada a la primera escucha por la calma que le otorgan las guitarras acústicas predominantes durante todo el tema.
En la recta final se destapan con “Subterfuge”, cuyo ritmo de guitarra frenético toma lo suyo del metal industrial de Ministry o de los más recientes Rammstein y desemboca en un estribillo fácil de recordar con cierto gancho. Cerrando, nos damos de frente con “Metal Messiah”, una composición muy extraña, en la que “Ripper” experimenta con su propia voz y en la que el estribillo está hecho a la medida de los degustadores del heavy europeo tan en boga actualmente. Es curiosa y acabaría siendo de mis favoritas si no fuera por como la alargan innecesariamente, llegando a aburrir esperando un final que parece interminable.
Se les reconoce el esfuerzo que han hecho por tratar de marcar el camino que seguirá el heavy metal en los años venideros, pero creo que se han equivocado. Y es que la mayoría de estas canciones tienen el inconveniente de no resistir el paso del tiempo, algo que ya ocurriera con gran parte del material de “Jugulator”. No incorporan los matices ni las melodías características que dejen entrever la firma indiscutible de los Priest. Si el regreso de Rob Halford se materializa finalmente, suplicaremos para que la química entre éste, Tipton y Downing vuelva a surgir como en los viejos tiempos porque, de no ser así, mucho nos vamos a arrepentir. Finalizando tal y como empecé, es imposible comparar “Demolition” con “Resurrection” porque simple y llanamente no hay color.
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J. A. Puerta
