A mediados de los años ’80 Judas Priest eran considerados el estandarte del Heavy Metal. Amados y admirados por todas las corrientes metálicas del momento, complacían tanto a las corrientes más duras como a las más asequibles del metal de la época.
Sus tres últimos discos (“British Steel”, “Screaming for Vengeance” y “Defenders of the Faith”) eran considerados unánimemente los pilares básicos del Heavy Metal más standard. Sus fans eran legión en todo el mundo y el único defecto que se les podía achacar era un cierto inmovilismo en un estilo que ellos habían creado.
Y precisamente eso es lo que debieron pensar los propios componentes del grupo, y se propusieron un nuevo cambio para el nuevo disco. Más que una evolución iba a ser una revolución, basada en unos parámetros muy definidos.
La irrupción de las nuevas tecnologías en el rock, y más concretamente en el heavy metal, era ya un hecho, y quisieron aprovecharlas en su beneficio, incluyendo guitarras sintetizadas, dando un sonido mucho más “moderno” y avanzado. Los temas nuevos seguían siendo directos en la más pura escuela Priest, aunque habían perdido un punto de agresividad a favor de una mayor atención a la melodía y los arreglos. Incluso la imagen visual de la banda sufrió una transformación, añadiendo algo de colorido al cuero con el que seguían vistiendo y unos diseños de vestuario mucho más elegantes, incluyendo una melenita de Rob Halford que dulcificaba su imagen agresiva de años anteriores.
Todos estos cambios fueron mal recibidos por gran parte de sus seguidores, que les acusaron de haberse traicionado a ellos mismos, y reclamando la mayor dureza y contundencia perdida con el cambio. El blanco de la mayoría de las críticas fue la utilización de guitarras sintetizadas, símbolo de otros estilos de música totalmente opuestos y que en la década de los ’80 estaban totalmente enfrentados. El disco era bueno, sí, pero no sonaba a Judas Priest, o al menos, a la férrea idea de cómo debía sonar Judas Priest. Este mismo camino fue elegido en este mismo año por Iron Maiden en su “Somewhere in Time”, pero incomprensiblemente el disco de la Doncella se libró de tan duras críticas.
Hubo de esperar muchos años para que, con la perspectiva del tiempo, se valorara a este disco en su justa medida. Porque, debates sobre el tipo de sonido aparte, este es un grandísimo disco. El inicio con “Turbo Lover” marca de principio todos los cambios previstos para el disco: predominio de guitarras sintetizadas que dulcifican unos riffs totalmente metálicos y una melodía de voz muy asequible, con un Rob Halford que huye de gritos histéricos para modular su registro vocal en unos parámetros cómodos pero eficaces. En cristiano, que estaba cantando mejor que nunca.
Glenn Tipton y K.K. Downing están comedidos, fuera de exhibiciones innecesarias, trabajando para las canciones más que para su lucimiento personal, si bien no es difícil apreciar su talento y depurada técnica, sobre todo en el caso de Tipton.
Ian Hill da al grupo la base necesaria, sin aspavientos ni salidas de tono, pero sin fisuras (como siempre, vamos) y Dave Holland se encuentra muy cómodo con la bajada de intensidad y de tempo de este disco.
Hay un bueno puñado de canciones con una calidad innegable que no tienen nada que desmerecer a otros clásicos del grupo: “Locked in”, “Private Property”, “Parental Guidance”, “Hot for love”, “Reckless” y “Rock you all around the World” (sobre todo ésta última) tenían todos los ingredientes para convertirse en auténticos himnos de la banda. Directos, asequibles y que se instalan en nuestra cabeza a las primeras escuchas. “Wild nights, hot & crazy days” es la única canción que baja el nivel y que podría sonar a relleno.
Me he dejado para el final (conscientemente) la mejor canción del disco: “Out in the cold”. Gloriosa, inmensa, elegante… El comienzo es atronador, con sonido de sintetizador (para ira de muchos), y la entrada perfecta de Dave Holland a la batería forman el inicio perfecto para un concierto, como demostraron en la gira posterior (grabada en el siguiente disco, “Priest… Live!”) y da paso a un majestuoso tema en el que todos los músicos dan lo mejor de sí mismo en favor de un feeling absoluto, con un Rob Halford elegante (no me cansaré de decirlo), sobre todo en el estribillo, en el que se dobla a sí mismo. La instrumental parte central es intensa, con un solo muy técnico a cargo de Glenn Tipton. De esas canciones que por sí mismas valen más que la discografía completa de otros grupos.
Este disco me maravilló desde el día que salió, y tuve que escuchar muchos comentarios negativos motivados por los prejuicios sobre el innovador sonido que emplearon. Ahora, 20 años después, me llena de satisfacción ver como, una vez más, el tiempo pone las cosas en su sitio y “Turbo” es considerado como uno de los grandes clásicos del Heavy Metal.
Shan Tee
A muchos os parecerá extraño el ver este álbum de Judas Priest en el apartado de clásicos si tenemos en cuenta que no es representativo de su trayectoria y que supone un paréntesis en toda la amalgama de poderoso heavy metal que los de Birmingham siempre han estado orgullosos de encabezar. No obstante, el hecho de que constituya un punto y aparte en su estilo característico, asentado durante el primer lustro de los 80 gracias a “British steel”, “Screaming for vengeance” y “Defenders of the faith”, nos ayuda a apreciar la capacidad del quinteto a la hora de interpretar su música de diferentes maneras y llegar a un público mayoritario sin perder un ápice de calidad. De hecho, lo habían intentado antes, quizá no tan abiertamente, con “Point of entry” pero el resultado no fue satisfactorio. “Turbo” fue grabado por la formación más duradera de Judas Priest con el inigualable Rob Halford a la voz, los míticos Glenn Tipton y K.K. Downing a las guitarras, Ian Hill al bajo y Dave Holland a la batería. La exitosa gira mundial bajo el nombre de “Fuel for life tour” que siguió a su lanzamiento les llevó a editar el álbum en directo “Priest…live!”.
“Turbo” consiguió dotar al heavy metal de los Priest de unos temas claramente comerciales, sencillos de recordar y accesibles a las grandes masas. “Rock you all around the world” fue el ejemplo más visible, convirtiéndose en una pieza imprescindible en sus shows de entonces por su estribillo pegadizo. “Locked in” es más afín al esquema clásico del grupo, rock potente y directo, siendo el tema más fuerte de este álbum. “Turbo lover” atrapa desde el inicio con la voz de Halford en primer plano en todo momento. La sobriedad de “Out in the cold” esconde una energía contenida que explota en aquel arranque de “Priest…live!” (todavía estremece la figura de Rob Halford apareciendo desde detrás del escenario de forma ceremoniosa en el video durante este tema). Al grito de “Wild nights (hot & crazy days)” se desarrolla uno de los himnos más festivos de los Priest y “Reckless” como colofón es una de esas canciones con un feeling enorme cuyo triste e injusto destino es el olvido.
No podré negar que los Priest atesoran más de un trabajo clasificable como clásico, pudiendo añadir “Painkiller” a los tres citados arriba, y que “Turbo” es la excepción dentro de su discografía. Aún así, la habilidad que los británicos demostraron tener para cautivar la atención de la gente ajena al mundo del rock y el metal e introducirlos en el mismo debe ser valorada en gran medida. Al menos, ese es mi caso y no puedo ocultar el cariño especial que le tengo a este disco. Supongo que algo así nos ocurre a todos con algunos álbumes, ¿verdad?
J. A. Puerta
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