La música tiene la facultad de, entre otras cosas, evocar recuerdos de situaciones, momentos etc. Los que me trae este disco son tan importantes que intentar centrarme solo en el contenido va a ser tarea complicada, con lo cual ni lo intento. Este es, probablemente, el disco más difícil de reseñar para mí. Solo me salen dos palabras y además van entre signos de interjección, de modo que no las reproduciré.
Yo rondaba los 16 años. Pelo largo, camiseta de Motörhead a todas horas, si acaso tapada por una cazadora vaquera llena de chapas de Rainbow, MSG o Barón Rojo y un gigantesco patche en la espalda con el logo de -mis- Saxon. Cuando tocaba separarme de mi segunda piel para ser lavada, tomaba el relevo una de Obús con el logo del primer LP igualmente querida (y añorada, snif). De esta guisa íbamos uniformados, sí. Eran otros tiempos y el ‘uniforme’ te situaba clara y orgullosamente en el terreno heavy. ¿He dicho heavy?, exacto, HEAVY. En la España de 1982 era bastante novedoso y venía impulsado, sobre todo, por el auge de la NWOBHM y su traducción al castizo en forma de Barones, Obuses y Leños.
Entendíamos aquello como una forma distinta de ver la música, fuera de la oficialidad, de la morralla que nos cayó con ‘la movida’, del punk guarrindongo, de las canciones de usar y tirar, de la música poco energética y pastelera… Yo quería (todos queríamos) situarnos en una zona distinta, decirle a todo el mundo que nos gustaba ‘otra cosa’, cuanto más duro y rápido mejor. ¿Eres heavy o tecno?, esa era la pregunta. Eso era ser heavy en 1982, y de ahí que el uniforme, en principio, no significase alienación sino todo lo contrario.
La cuestión heavy empezó a moverse por estas tierras el año antes con la aparición de los primeros LPs de Barón Rojo y Obús, influidos por lo que se cocía en Europa, los clásicos británicos de todos conocidos o lo que venía de yanquilandia. No quiere decir esto que no hubiera otras manifestaciones rockeras previas, sino que las que había no encajaban en el estereotipo. Una aproximación al heavy hispano de la época podrían ser los debuts de Pánzer (“Al pie del cañón”) y Mazo (“Mazo”), la transformación de Coz (“Duro”) y las segundas partes de Barón Rojo (“Volumen Brutal”) y Obús (“Poderoso como el trueno”) por poner algunos ejemplos. Ya iba habiendo ambientillo.
Aquel verano fue el de Iron maiden estrenando cantante en “The Number of the Beast” y Scorpions sonando como nunca en “Blackout”, pero sobre todo fue el verano del “Rock & Ríos”, que aglutinó a poperos y heavies en torno a un buen disco en directo hecho aquí, una gira impresionante y un ambiente como nunca lo hubo. En lo personal experimenté un cambio de residencia que significó también la entrada en el mundo ‘actualizado’ de la música gracias a programas como el “Mariscal Romero Show” y alguno de emisora local pero igualmente ‘informado’. Eso fue clave, es como si toda la vida estuvieras mirando por el ojo de una cerradura y, de repente, abrieran la puerta desde dentro.
Y desde fuera se escuchaba a Vicente Romero pinchar a UFO, Atomic Rooster, Diamond Head, Krokus, Budgie, Alvin Lee… “…y lo nuevo de Judas Priest… You’ve got another thing coming, ouyeaaah…”
– ¡Joder! -con perdón- “¿esto qué es?” -me dije-
y acto seguido (bueno, al día siguiente) salí corriendo con mis cuatro perras a una tienda de discos en la que días antes me había dejado los cuartos en el “Abominog” de Uriah Heep. ¡Y lo tenían! Por el camino de vuelta iba pensando que se acabó fumar en un par de meses mientras contemplaba la portada, simple, atractiva por lo llamativo del color, con una especie de águila/ave fénix (The hellion) en vuelo picado, metálico (I’m made of metal…) y robusto, de semblante amenazador, obra de Doug Johnson pero a mí me daba lo mismo, ni sabía quien era ni me importaba un carajo, quería escuchar lo de dentro.
– “Cuidado chaval…!!!”
– “Perdone señora…” -craso error, era un tío-
– “Si es que están atontaos con tanta música y con esos pelos…” escuché a mis espaldas mientras me apuraba el penúltimo Ducados de la temporada.
Llegué a casa sin decir ni hola, quité la funda con cuidado, puse el chisme a dar vueltas y escuché la primera cara con ídem de lelo total, mirando la portada y la contraportada alternativamente (como si me estuviera abanicando) y mirando en el interior por si hubiera letras, fotos… pero nada. Quien me iba a decir a mí que días después los vería por primera vez, ni fotos ni leches, al natural.
Cerré la boca, y mientras le daba la vuelta a aquello me acordaba del “Point of Entry”. A mí me gustó pero a la crítica no. Este me estaba gustando más, muchísimo más, ¿le gustaría a la crítica? ¿tendría yo el gusto en salva sea la parte? También me daba lo mismo. Cuando terminó la segunda cara, unos instantes de recogimiento, sólo roto para soltar la siguiente reflexión:
– “¡Hostias!” (*)
Me levanté de la silla y me dirigí al frigorífico (¿dónde si no?). A la vuelta inicio de nuevo, más tranquilamente, la primera cara. “The Hellion” hace que se escuche desde los abismos insondables de la cocina de mi casa ese estribillo que dice:
– “…baja esa músicaaaa…!!!”
No reacciono. Escucho esas guitarras dobladas y trato de imaginármelas de fondo mientras el grupo sale a escena. De repente y sin espacio físico ¡zas!, “Electric eye”. Me sentía como si le estuviera poniendo los cuernos a mi novia (los Saxon del “The Eagle has anded (live)”), porque aquello me gustaba más que a un tonto una tiza. Pero la cosa se agudizó con “Riding on the wind”, impresionante demostración de poderío que me dejó, como diría yo, ¿totalmente anonadado?… sí, algo así. Absorto, incrédulo y moviendo la cabeza de forma frenética, todo a la vez, una especie de ejercicio malabarístico que me dejó secuelas en los músculos del pescuezo durante una semana.
A esas alturas de disco ya me había percatado de que Rob Halford estaba cantando a pleno pulmón, sin tirar de falsete, al menos no como en el “British Steel” o “Stained class”. Ocupaba el centro clarísimamente. “Bloodstone” me hacía emitir sonidos por primera vez desde (*), una especie de “blaaastoun” repitiendo un estribillo que se me clavó en la mente y no desapareció hasta días después. “(Take these) chains” sonaba después mientras iba leyendo en la contraportada las únicas reseñas sobre la grabación, ya que no había encarte interior. “Ingeniero: Louis Austin. Grabado en Ibiza Sound Studios, Ibiza, España…”
– ¡Coño! ¿grabado aquí?, ¿y a cuento de qué se van Leño y Barón Rojo a grabar a Inglaterra…?
No salía de mi asombro. El disco no tenía altibajos, era homogéneo, uniforme, compacto, sonaba como un tiro… y sobre todo me transmitía sensaciones que eran difícilmente igualables, ni siquiera “Princess of the night” aguantó como mi canción favorita del mundo mundial, pero eso viene en la segunda cara. Mientras, “Pain and pleasure” remataba la primera de forma antológica. Todo perfecto.
La segunda empezaba como la primera, con poderío. En “Screaming for vengeance” Halford era difícilmente igualable. Esos agudos y con esa potencia no me sonaban de haberlos escuchado ni a él mismo, pero cuando estaba dándole vueltas al asunto empezó sin solución de continuidad “You’ve got another thing coming”, la que me hizo salir corriendo, la que tuvo el honor -hasta hoy- de destronar a la princesa de la noche como la protagonista de mi banda sonora particular. Todos, Halford, Tipton, Downing, Hill y Holland, todos absolutamente hacen un trabajo de 10. La batería, la melodía, la línea de bajo machacona, las rítmicas… todo. Perfecta, o eso me parecía a mí. No me cansa 23 años después, y mira que la di caña eh? Sonó en las emisoras en programas dispares como la gran baza del disco, aunque si hubiera ‘cazado’ a algún despistao, se hubiera topado de bruces con un disco de heavy metal, qué digo, con EL disco de Heavy Metal!!. Menudo susto para su cuerpo.
“Fever” enganchaba otra vez con el estribillo, y era el preludio perfecto para el final del disco con “Devil’s child”, en plan AC/DC. Esta segunda vuelta me dejó mejor sabor de boca que la primera, y volví a ponérmelo. Y así durante varios días seguidos, era lo único que escuchaba, casi lo quemo.
“Screaming for vengeance” supuso muchas cosas: fue el resurgimiento de los inventores del Heavy Metal, a quienes les iban comiendo el terreno tras el “Point of Entry”, fue el inicio de su -para mí- mejor época con la aparición posterior del “Defenders of the Faith”, “Turbo” y el remate final con “Painkiller” (obviemos el “Priest… live!” por cuestiones de sonrojos incontrolados), fueron dejando un reguero de discos y grupos tras ellos que supusieron el renacimiento del Heavy Metal, fue y sigue siendo el centro y los momentos álgidos de sus directos… hasta Primal Fear se atreven a copiar descaradamente el águila (y el estilo) y nadie les dice ni pío! (por lo del águila… chiste malo xD).
En fin, que cuando vuelvo a escuchar (ahora, por ejemplo) el disco, vuelvo a trasladarme a una época que viví intensamente y que dejó huella. Por muchos años que pasen, creo que será difícil de olvidar, y si acaso tengo dudas me planto el “You’ve got…”, que todavía tiene efecto bífidus por la pata abajo.
Salud.
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Alvar de Flack
