A finales de los ’70, Judas Priest ya era una banda muy grande. Habían dejado definitivamente atrás las influencias de sus vecinos Black Sabbath que en mayor o menor medida les habían acompañado en sus primeros pasos, y habían definido ya su propio estilo de guitarras afiladas y voces agudas que cientos de grupos copiarían a partir de entonces.
Era la hora de grabar un disco en directo, los fans lo pedían a gritos. Y por supuesto, en Japón, lugar obligado de peregrinación para toda banda que se preciara en aquellos años ‘70. Y efectivamente así lo hicieron, cogieron los bártulos, se plantaron en el lejano Oriente para grabar lo que sería su primer disco en directo… ¿o no?
Pues no. Lamentablemente este directo es más falso que una moneda de 3 euros. Este disco no tiene en directo ni los aplausos, está grabado íntegramente en un estudio londinense, cosa que no se refleja en ninguna parte del disco, por supuesto, sino que muestran un “Live in Japan” que aparece en la parte inferior en caracteres que imitan la escritura japonesa. Tampoco hay ninguna foto del supuesto concierto, únicamente la portada y contraportada nos muestran a la banda posando en un escenario, y con el curioso detalle de que en ambas fotografías se oculta hábilmente la figura del batería, ya que Les Binks no formaba parte ya del grupo en el momento de editarse el disco, confirmando que el puesto de batería ha sido siempre el empleo más inestable del grupo a lo largo de su historia. El resto, los de siempre: Glenn Tipton, K.K. Downing, Ian Hill y un pletórico Rob Halford en uno de los mejores momentos de su carrera.
Para disfrutar del disco hay que ignorar todo lo anterior, hacer de tripas corazón y “creernos” que es un directo real. Si lo conseguimos, nos encontraremos con un discazo como la copa de un pino. Por supuesto, no hay errores, momentos de duda o equivocaciones. No podía ser de otra forma.
Tanto el repertorio como su ejecución es de sobresaliente. Toda una colección de clásicos de la etapa setentera de la banda, más las versiones convertidas al Heavy Metal de “Diamonds and Rust” de Joan Baez y “The Green Manalishi” de Fleetwood Mac, que con el tiempo han llegado a hacer suyas.
El disco alcanza momentos realmente memorables como “Sinner” o “Victim of Changes”, con Rob Halford pletórico y un trabajo de Glenn Tipton y K.K. Downing tan impresionante que desde entonces este trabajo a dos guitarras ha sido libro de cabecera para todos los grupos de Heavy Metal. Estos dos temas, junto con “Genocide” (con una introducción guitarra/batería absolutamente fantástica) y “Tyrant”, con una nueva exhibición vocal a cargo de Halford y un clinic a cargo de Tipton y Downing de cómo deben doblarse guitarras en un grupo de Heavy) cierran un disco absolutamente imprescindible en su discografía y en la de todos los amantes del heavy metal clásico.
Este disco lleva 20 años en mi estantería, y aunque reconozco que me llevé una desilusión cuando me enteré de la cruda verdad sobre las circunstancias de su grabación, la enorme calidad que atesora terminó compensando el disgusto, y sigue estando entre mis discos “en directo” preferidos. Espero que a ti te ocurra lo mismo.
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Santi Fernández «Shan Tee»
