Si algún día alguien publicara un manual para iniciarse en el rock, “Damn the torpedoes” debería figurar en él como el primer plato ideal. Más tarde ya vendrán las virguerías, los álbumes difíciles de digerir, las sutilezas. Pero el éxito de Tom Petty a finales de los setenta, perfectamente ilustrado con este clásico, culmina en una serie de coplas tan propensas a sonar por la radio como a ser escuchadas con detenimiento y atención, puesto que calidad no les falta. “Damn the torpedoes” es un disco fácil, que entra a la primera, un plástico ideal para sonar en una fiesta informal, pero que, a la vez, debería figurar en las mesas de los jóvenes guitarristas junto con la partitura de “Smoke On The Water”.
Este disco, grabado con MCA después de algunas disputas legales, supone la inesperada consagración de Tom Petty en un ambiente, el de 1979, lleno de sintetizadores, pop rock plastificado y baterías electrónicas. La apuesta de Petty por los esquemas del rock clásico chocaba de buenas a primeras, pero la calidad del disco sobresalía por todos lados: el himno melodramático “Refugee”, el delicado piano de “Here Comes My Girl”, el rock and roll retro de “Century Kid” (un presagio de lo que haría, unos años después, Bruce Springsteen), la pegadiza “Don’t Do Me Like That”, el tremendo swing de “What Are You Doin’ In My Life?” o la balada rústica “Louisiana Rain” van trazando un álbum de pura antología, apostando por unas guitarras limpias, una voz entre rasgada y dulce y una buena producción.
Puede que las nuevas generaciones de rockeros no conozcan a Tom Petty, un músico de la calidad de Bob Dylan, Bob Seger o Bruce Springsteen que, sin embargo, está lejos de las cuotas de popularidad de sus compatriotas. Pero “Damn the torpedoes” es el abecé del rock duro, es un disco esencial, básico, y quizás por esto mismo más de uno todavía no lo tenga. Tal vez ahora es un buen momento para ir back to basics, que dicen los ingleses.
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Jaume “Mr. Bison”
