Acabo de asistir a la descarga de Anthrax en la capital y la verdad es que, entre la sordera, el sudor y la ronquera que tengo encima, no sé muy bien que hago delante del ordenador en lugar de dormir o irme de jumera con los amigos Starbreraker y Mr. Trabuco. Pero creo que vale la pena y más si «Aurora» y «Joga» me invitan a dar un paseo noctámbulo para desengrasar y dejar volar el espíritu. Que sí, que paro de tonterías.
Me van a disculpar por no comentar absolutamente nada de los teloneros, los valencianos Lullaby, pero llegamos con el tiempo pegado y no pudimos más que comer algo a toda prisa y tomarnos una cerveza con una premura inusitada. En la entrada ponía una hora, 8:30. ¿La de apertura de puertas, como creímos en un principio, o la de comienzo de la banda invitada, como finalmente fue? En todo caso, gracias a quien se encargó de despistarnos por obligarnos a perdernos a los teloneros, que siempre se merecen una oportunidad de escucha y amortizan con un poco de música los elevados precios de los eventos actuales, que no son moco de pavo.
Ya dentro, observamos que en el puesto de merchandising se ofrecían no sólo las típicas camisetas, que a 20 euros hasta parecían baratas, sino que también ponía a disposición de la gente parches de batería firmados por Charlie Benante, fotos con los autógrafos de la banda al completo, púas y baquetas. Todo ello a una puja razonable. Brillante idea: el grupo gana y el fan se puede llevar un bonito recuerdo a casa.
La apariencia de la sala Macumba era más que decente, con una entrada bastante numerosa. No estaba ni mucho menos repleta, pero la convocatoria no pasó desapercibida por fortuna. La gente respondió merecidamente a la banda, que con su último lanzamiento y una trayectoria apabullante y regular como pocas era acreedora de tal respuesta.
Una intro perteneciente a la película Blues Brothers (habría que matar al que se le ocurrió traducir el título a “Granujas a todo ritmo”) nos daba la bienvenida al recital que el quinteto nos tenía preparados. Enmarcado en una puesta sencilla, sin telón que valga y compuesta por amplificadores repartidos por cada lugar, los protagonistas iban entrando en escena. Benante, a oscuras y a quien no se le pudo ver la cara más que en un par de ocasiones en todo el concierto, estaba rodeado por un inmenso kit de batería, en cuyo doble bombo lucía la estrella de cinco puntas que sirve de motivo de «We’ve come for you all». El resto tomaba posiciones. Caggiano se situaba a la derecha, paseándose por el escenario de vez en cuando con su cresta mohicana y mirando a sus compañeros y al público como si no acabase de asimilar que es el guitarrista de Anthrax. Él fue el encargado de los pequeños arreglos de los temas y los solos, que sonaron bastante ruidosos y embarullados. De hecho, la tónica del concierto en lo referente a la acústica fue esa: una mediocridad que apenas permitía distinguir los detalles y que envolvía en una bola las canciones más crudas.
Aunque a estas alturas es lo que oferta Madrid en lo que nos concierne, ni más ni menos. Scott Ian, a la derecha, se movía en un área restringida de la cual no salió en todo el show. Si bien no se movió todo lo que esperaba de él, su sola silueta de voluminosa perilla bicolor vapuleando su guitarra flamígera bastaba para justificar un trabajo y una perseverancia ganados a pulso a lo largo de veinte años. Bello se convirtió en la figura más activa del grupo, yendo de aquí a allá, metiendo a la gente en los temas con continuos cuernos y golpes en el pecho y meneando la cabeza como hace quince años. Maravillado me dejó, aunque su labor como bajista se vio bastante disminuida por este hecho (gracias por el apunte, Mr. Trabuco, porque tanta euforia apenas me dejó apreciar nada negativo). A John Bush se le vio en el frente en todo momento, compartiendo liderazgo con Frank y recorriéndose cada rincón de las tablas. Si alguien tiene curiosidad por la imagen que lucían los cinco, todos llevaban una camiseta corporativa negra con la estrella antes citada en el centro y un número detrás con el apellido correspondiente.
Desde «What Doesn’t Die», donde las primeras filas se convirtieron en un hervidero de empujones, pogo y algún intento de alcanzar buceando el escenario, con un fanático empeñado en no soltar el brazo de Bush una vez llegado al foso de fotógrafos, la concurrencia se metió de lleno en el concierto. «Black Dahlia», «Caught In A Mosh», «In My World», «Got The Time» y «Safe Home» iban cayendo sin respiro.
Bush se permitió más de una charla incomprensiblemente extensa, dado que se dirigió básicamente en inglés. De lo que llegué a entender, mostró su contento por encontrarse de nuevo en España después de tantos años, retó al foro madrileño a volverse más loco que el barcelonés con un ‘assholes’ a estos últimos que vi bastante fuera de lugar, hizo una pequeña encuesta acerca del número de personas pertenecientes a la vieja y la nueva escuela del heavy e hizo referencia al otro Bush, George, viniendo a resumir su teoría acerca de las ansias de conquistar el mundo por parte de la administración norteamericana basada en el complejo del diminuto tamaño del pene de su tocayo. Este último tema, el de la guerra, dio pie a que «Inside Out» diese el pistoletazo de salida a la parte más intensa del concierto. Bush se abalanzó sobre la valla y cantó apoyado en la gente que se agolpaba en la misma, provocando la entrega del respetable.
Mientras, Bello no dejaba de bromear, cegando con sus manos a Rob Caggiano en medio de la ejecución de uno de los solos, dejando algún moco juguetón en la espalda del joven fichaje, riéndose a carcajada limpia cuando lanzó a la cabeza de John Bush un calcetín o algo parecido que este último no supo a ciencia cierta de donde procedía y apartó extrañado con cierta contrariedad o robándole la bebida a una chica situada en un lateral del escenario, aparte de echarse un trago de algo que parecía whisky de cuando en cuando.
«Efilnikufesin», «Antisocial», «Black Lodge», «Nobody Knows Anything» y «Only» nos arrastraron al borde del abismo. La vieja guardia tampoco faltó y tanto «Madhouse» como «Metal Thrashing Mad» provocaron momentos de embriaguez que satisficieron al respetable deseoso de oír piezas de cada una de las épocas de los yankees. El set que escogieron fue lo bastante equilibrado como para que nadie saliera perjudicado por la elección de temas. Aún así, en «Madhouse» Bush tuvo algún pequeño percance con su garganta, cantando algún tono por debajo de lo que Belladonna alcanzaba en sus tiempos y soltando algún gallo, según me comentaron Mr. Trabuco y starbreaker (repito, yo estaba tan entregado en el meollo del corro central que pocos contras pude sonsacar esa noche).
Apoyándose en la tesis de ser la primera formación que introdujo el rap en el heavy metal, se enzarzaron en un medley de «Bring The noise» y «I’m The Man».
Tal era el nivel de excitación de los allí congregados que a base de cánticos animaron a la banda a dar a elegir entre «I am the law» (de cuya petición se hizo eco Ian a base del riff que da comienzo a la canción) o «Indians» (que con los toques de batería propinados por Benante que abren el corte incitaban a requerirla). Al final la palma se la llevó «I Am The Law» y, aún quedándonos sin siquiera poder tener nostalgia de las plumas de indio que portara Joe en las giras históricas, el agradecimiento fue multitudinario. Toquen lo que toquen de «Among the living» siempre será bienvenido, faltaba más. Los bises alcanzaron el éxtasis cuando Bush se subió a la torre de bafles de la zona derecha para cantar algunas estrofas y, deshaciéndose de los collares y muñequeras que portaba consigo, se tiró con voltereta incluida, causando un efecto dominó en la caída que hizo temer por su integridad física. Pero nada, de allí salió ileso. Y eso a un día de encabezar el Piorno. Admirable, sí señor.
Creo que no fui el único que salió de allí con una satisfacción enorme oyendo de fondo la cancioncita famosa de «South Park» en su idioma original. Para cerrar y resumir en una palabra (que no dos): BRUTAL.
Texto: J. A. Puerta
Fotos: Starbreaker

