Un poco caótico se presentó el comienzo del espectáculo. Colas interminables que luego resultaron ser innecesarias porque la colocación del personal no iba a ser tan rígida como apuntaba, retraso en el inicio del concierto, en fin, lo de siempre. En descargo de la organización hay que decir que ubicar a 18.000 personas en un recinto “nuevo” para la mayoría no es tarea que se resuelva en un pispas.
El Palacio de los Deportes se iba llenando poco a poco hasta alcanzar el status de “petao”. Una primera observación a la nueva obra nos planteaba una serie de preguntas que iban a quedar respuestas instantes después, cuando aquello empezara a sonar: ¿Tanto hormigón no haría que el sonido rebotara más de la cuenta? ¿Las planchas absorbentes del techo serían suficientes para tanto espacio? La distancia al escenario desde el fondo del Palacio, ¿no sería excesiva?… Al final del concierto concluimos que el sonido, aún mejorado con respecto a locales similares (antiguo Palacio, La Cubierta, Vistalegre), sigue siendo deficiente.
De la admiración por la pinta que llevaba la noche, pasamos a la desesperación por el retraso y a la perplejidad por la música de ambiente previa (¡¡era Eminem eso, ¿no?!!), hasta que se apagaron las luces y, sin caer el telón, apareció Paul Rodgers sobre la pasarela que estaba montada de forma perpendicular al escenario, calentando su voz con algunas estrofas de “Reaching out”. En unos segundos apareció también Brian May y en seguida empezó a sonar el riff de “Tie Your Mother Down”, momento en el que se abrió el telón y dejó ver lo que guardaba celosamente durante la espera: un escenario sobrio, batería sobre un pedestal de escalones, y sobre ella una plataforma y una pantalla de vídeo. Otras pantallas, las de los amplificadores, flanqueaban a Roger Taylor, con el bajista Danny Miranda a su derecha (izquierda para el público), el guitarrista Jamie Moses a su vera y los teclados de Spike Edney en el extremo.
Me chocó que la siguiente fuera “Can’t Get Enough”, de Bad Company. Demasiado pronto, corroborado por la fría respuesta del público quien durante toda la noche estuvo más entregado con los temas de Queen que con los de Bad Co. o Free (la mayoría ni siquiera los conocía). Pero lo que realmente empezó a preocuparme fue que todavía no se habían solucionado los problemas de sonido, especialmente de la batería. Me estaba preparando para lo peor.
Efectivamente, “I Want To Break Free” sonó igual de mal, pero no solamente porque el sonido fuera deficiente, sino porque la banda ‘no sonaba’, no daban la sensación de grupo compacto, de grupo hecho. Por otro lado, este tema no hizo sino confirmar también lo irregular del set-list, aunque fue junto con otros de la época más comercial, de los más ovacionados. Increíblemente, el siguiente en sonar fue “Fat Bttomed Girls”, uno de los momentos brillantes de la noche, pero mal colocado en el repertorio. Digo lo de increíblemente porque no soy capaz de entender como se puede intercalar un pestiño del tipo de “I want to break free”, apto para público poco exigente, tras “Tie your mother down” y “Can’t get enough”, y justo antes de “Fat bottomed girls”, temas para satisfacer oídos más rockeros.
“Every Little Thing Called Love” sonó a continuación bajando un poco la intensidad creada por la anterior, y la sensación que me dio es que estaba frente a un grupo de lujo que hace versiones de Queen. Lo malo es que esa intensidad siguió bajando y se prolongó durante toda la parte central del concierto. Los técnicos de apoyo colocaron unos bongos y dos taburetes en el extremo de la plataforma para que Rodgers y Taylor se marcaran un “Seagull” espectacular que casi nadie entendió (¿Es que nadie conocía el primer disco de Bad Company?!!!). La cosa siguió por los mismos derroteros con “’39” ya con May en la acústica y cantando y que, según él, no tenían prevista en el repertorio. Más set acústico, May suelta un ‘a song for Freddie’ y empieza a sonar “Love Of My Life” con todo el recinto cantando a coro.
‘I need the guitar of my daddy’, y le pasan la eléctrica a Brian para iniciar de forma tranquila “Hammer To Fall” que culminaría de forma más cañera con la participación ya de Paul Rodgers y el público en ascenso… hasta la siguiente “Little Bit Of Love”, de Free, también desconocida para la mayoría y que volvió de nuevo a enfriar el ambiente. En este punto me planteo que no sé si es un desastre el orden del repertorio o es que la media de edad no es tan elevada como yo pensaba al principio… o las dos cosas a la vez.
Lejos de volver a subir el tono del concierto, la cosa sigue tranquila con “I’m In Love With My Car” cantada por Roger Taylor y un tedioso solo de Brian May en el que unió parte del de “Brighton Rock” (algo que llamó “guitar extravagance” con mucho acierto) con la instrumental “Lost Horizon” durante 14 minutos, tiempo que empleé en jugar a descubrir cuantos efectos tenía la guitarra entre armonizadores, octavadores, chorus y demás. Mientras, iban proyectando en la pantalla unos nubarrones que venían que ni pintado al conjunto de la noche.
Más tranquilidad: “These Are The Days Of Our Lives” también la cantó Roger Taylor sobre una batería programada (menos mal que se escuchó, por fin) con imágenes en blanco y negro de los cuatro miembros originales de Queen. Tras ella, el público que empieza a moverse con los primeros acordes de “Radio Ga-Ga” y yo que sigo sin dar crédito a lo que contemplo. ‘Menos mal que la canta Taylor’, me dije, pero no, al final también se unió Rodgers y ya sí que flipé en colores. Una de las mejores voces del rock al servicio del bodrio por excelencia de la carrera de Queen, lo que me faltaba por ver. Menos mal que sirvió para tocar fondo y el subidón con “Feel Like Makin’ Love” supuso otro de los momentos brillantes de la noche. Como ya esperábamos, sin respuesta del respetable.
“A Kind Of Magic” volvió a poner en pie a los más light y demostró que un tío que canta con el sentimiento de Paul Rodgers también es capaz de cantar cosas como esta o “Radio ga-ga” de forma profesional y casi inmejorable (he dicho ‘casi’).
Y llegó el turno de las dos grandes chapuzas de la noche. Lo que iba a significar un final de la primera parte apoteósico, se convirtió en una pifia espectacular. En primer lugar, “I Want It All” sin batería queda absurda (ni platos, ni caja, solo bombo difuso y bajo sin definición), que se notó mucho más en el cambio de ritmo que da paso al solo, y el final con “Bohemian Rhapsody” hubiera quedado de lujo si no hubiera sido por los mismos problemas con el sonido que he venido contando. Unas imágenes y sonido con Freddie tocando el piano en el principio del tema dio paso a la parte central, pregrabada (como siempre) y un final en el que la caña del riff quedó mermada por la falta de contundencia de la percusión, con Rodgers haciendo lo que pudo.
Los bises fueron más de lo mismo. Las 23:45 por mi reloj cuando empieza a sonar una “Show Must Go On” más emotiva que otra cosa. “All Right Now”, el segundo tema de Free de la noche fue más conocido (¿sería por el anuncio…?) y por lo tanto mejor recibido. La inevitable “We Will Rock You” quedó descafeinada porque la batería sonaba como una pandereta, pero el final con “We Are The Champions” (¡me lo estaba temiendo!) y el himno británico quedó de lo más casposo.
Al final se nos quedó la cara de circunstancias pensando en lo que podría haber sido y no fue. Taylor y May no son Queen, como no son Led Zeppelin Page y Plant o Gorham y Sykes no son Thin Lizzy, pero como comentábamos tras el concierto, son cosas que ‘hay que ver’, aunque la entrada cueste 50 euros (y lo que cuelga). El Recinto pasó la prueba con un aprobado raspado, y a Queen me estoy pensando si mandarlos a septiembre o hacerlos repetir. Casi mejor lo segundo, pero cambiando de repertorio. Ah, y ya que estamos, que se echen “Good lovin’ gone bad” y “Wishing well”. Por pedir que no quede.
Texto: Alvar de Flack
Fotos: Web Queen & Web Brian May
