Dentro de las actividades de la Junta de Castilla La Mancha para celebrar el IV Centenario de la publicación de El Quijote de la Mancha se han organizado una serie de festivales en distintas localidades de esta Comunidad Autónoma, históricamente dada de lado en estos eventos. Uno de estos conciertos traía a Talavera de la Reina a los incombustibles Scorpions, a quienes el paso de los años ha respetado de manera sorprendente, como pudimos comprobar hace justo un año cuando el comienzo de la gira de Unbreakable pasó por Atarfe y San Sebastián, y de cuyos conciertos levantamos acta en su momento.
Para este nuevo paso por la piel de toro se han hecho acompañar por Sandalinas, el proyecto del guitarrista barcelonés afincado en los USA Jordi Sandalinas, quien ha causado sensación con su disco “Living on the edge” y que se está pateando la península abriendo también para Y&T e Yngwie Malmsteen. Como añadido, este concierto talaverano tenía un segundo telonero, el grupo valenciano Wurdalak. Y para terminar de rizar el rizo, se había anunciado la “aparición estelar” de Juan Pablo Ordúñez “El Pirata”, oriundo de estas tierras, y de Vicente “Mariscal” Romero, quienes iban a amenizar los ratos de espera con su presencia y con… bueno, luego lo cuento.
Cuando hablamos de temperaturas infernalmente altas en España, siempre se habla de Córdoba, Sevilla o Jaén, pero lo que tuvimos que soportar en Talavera de la Reina hasta que se puso el sol tenía visos de batir todos los records. Afortunadamente, nuestro anfitrión talaverano Alvar de Flack nos tuvo preparada una bienvenida basada en una ruta por garitos con aire acondicionado y tapas generosas que aliviaron nuestros sudores y llenaron nuestros estómagos (sobre todo el mío)
Ese tiempo fue aprovechado para ponernos al día de los entuertos que había provocado la Organización del Festival. Si bien en Madrid la promoción y venta de entradas no había sido ni buena ni mala (sino todo lo contrario), sobre todo con la aportación de Cadena 100 y El Corte Inglés, en Talavera y alrededores daba la impresión de que el promotor tuviera interés en que el concierto fracasara. Una promoción mínima consistente en una pegada de carteles tamaño folio en algunas paredes una semana antes del concierto y un sistema de venta de entradas basado en la idea de volver literalmente loco al presunto futuro asistente hicieron que la venta anticipada reflejara unas pírricas cifras que hacían temer un pinchazo total. El nerviosismo cundió en la Organización e incluso se empezaron a repartir entradas gratuitamente en la puerta, hasta que se dieron cuenta del error y rápidamente cortaron el suministro. Finalmente, los temores no se cumplieron, y todo quedó en que la mayoría de la gente esperó a comprar su entrada en taquilla, y la cifra final de entradas vendidas rebasó el número de 4.000, lo que no está tan mal teniendo en cuenta que el día era laborable y la promoción, desastrosa.
Tras dar cuenta de unas buenas viandas (líquidas y sólidas) de la tierra, accedimos al campo de fútbol. A esas alturas ya sabíamos que el montaje del festival iba con retraso, así que sólo cabían dos posibilidades. Se recortaría el set de los teloneros o la finalización del concierto se iba a ir a horas intempestivas. Al final fue más de lo primero que de lo segundo. El campo de fútbol estaba dividido en dos partes. Más atrás de la mesa de mezclas se había colocado un vallado que impediría el acceso esa zona. En el resto del campo se habían colocado unos plásticos sobre el césped que no harían sino aumentar la sensación de calor dentro del recinto. Tengo mis dudas sobre si esa decisión protegería el césped o lo terminaría de quemar.

Los primeros en salir a escena iban a ser los valencianos Wurdalak. Era la primera vez que tenía oportunidad de conocer su propuesta musical, y la verdad sea dicha, no me convencieron. Pudiera ser que la magnitud del evento les sobrepasara o simplemente tuvieran un mal día, pero lo cierto es que dejaron al personal más bien frío. Su metal épico suena demasiado sobado y ciertamente mostraron bastantes carencias. Lo más llamativo del grupo es su cantante Maria José Romero, dotada de una buena potencia vocal pero que no consigue modularla correctamente en casi ningún momento, perdiéndose en gritos y agudos. El resto de la banda, German Núñez (guitarra), Ignacio “Tato” García (bajo), Rubén Muñoz (batería), Iván Sánchez (teclados) y Sergio Bosquet “Chivi” (guitarra), más un violinista del cual desconozco el nombre, pusieron empeño e ilusión, pero sin conseguir resultados demasiado brillantes.
Hay que decir que salieron sin probar sonido, con lo cual en el primer tema sonaban totalmente deslabazados, pero a partir de la segunda canción, un tema típico de Power épico llamado “Nyneve”, el sonido mejoró ostensiblemente hasta llegar a unas cotas de calidad bastante satisfactorias. Tampoco les limitaron en espacio en el escenario e incluso les permitieron utilizar bastantes juegos de luces, así que por ese lado no pueden tener queja. Debido al retraso en la organización, debieron limitar su set a 25 minutos, intentando agradar al personal en la medida de sus posibilidades. Quizás el tema que mejor sonó fue “Viajando al Infierno”, pero sin llegar a convencernos. Para el tema final invitaron al escenario a un fornido cantante que no logramos identificar y que compartió micrófono con María José. En fin, no se les puede achacar nada en el sentido de las ganas y la entrega, pero ciertamente a Wurdalak les queda un largo camino por recorrer.
Tras esta actuación, tuvimos otra bastante más histriónica. Juan Pablo Ordúñez “El Pirata” y Vicente “Mariscal” Romero salieron al escenario para ofrecernos su show particular. No es la primera vez que contemplamos a estos históricos DJs rockeros hacer su “performance” en un festival, pero en esta ocasión batieron todos los records. El Pirata, natural de Talavera de la Reina, comenzó comentando la reciente muerte de su padre y sus días de adolescente en un instituto cercano, y pinchó un par de temas en una “disco-móvil” mientras el Mariscal Romero intentaba bailar en el escenario. Este baile consistía en saltitos deslabazados y arrítmicos mientras de vez en cuando soltaba arengas al público por el micrófono. Como es habitual en él, cada dos por tres iba a por varios ejemplares de sus revistas para tirarlas al público. Afortunadamente para él, en esta ocasión no se las devolvieron como pasó en el concierto de Deep Purple, Obús y Amset. El colmo de la risa para los presentes fue cuando el Pirata pinchó “Run To The Hills” y el Mariscal se colocó una careta de Eddie mientras seguía con sus saltitos. Inenarrable también el momento en el que el Pirata intentó cantar. Al final todo se reduce en un intento de ejercer de estrellas del rock y de quitarle protagonismo a los músicos, algo que llevan haciendo desde los 70. En fin, genio y figura hasta la sepultura..

Ciertamente había bastante expectación por ver a Sandalinas. Su disco “Living on the edge” nos ha sorprendido muy gratamente y estábamos deseosos de ver cómo se desenvolvía el guitarrista catalán en el escenario.
Para esta gira, Sandalinas cuenta en su banda con la participación de los hermanos Garrigós, base rítmica de los recientemente desaparecidos Aspid: Javi (bajo) y Rafa (batería), que a la postre fueron lo mejor de la actuación.
Al igual que había pasado con Wurdalak, Sandalinas salió al escenario sin haber probado sonido. Esa circunstancia, unida a que en uno de los primeros movimientos, Jordi Sandalinas tiró al suelo el cabezal del amplificador, provocó un comienzo del show bastante caótico. Mientras los pipas intentan arreglar el desaguisado, transcurre el primer tema “The Conqueror”, con más pena que gloria, sin poder apreciar apenas nada por la falta de sonido: La batería golpea directamente en los micros, el bajo se oye difuso y la guitarra… simplemente no se oye, únicamente nos llega su sonido por lo que sale de monitores. En fin, un desastre.
Pero al igual que sucedió con Wurdalak, el eficiente técnico de la mesa sólo necesitó una canción para arreglar el desaguisado. Durante el siguiente tema, “If It Wasn’t For You” la cosa mejora hasta llegar a una calidad de sonido más que aceptable. Y es entonces cuando podemos analizar lo que nos ofrecen desde el escenario. Y lamentablemente no nos gusta demasiado. Arropados por la buena base rítmica de los hermanos Garrigós, el resto de la banda no suena como debería. Gran parte de culpa la podemos achacar a que estas canciones están compuestas para dos guitarras, y la falta de una rítmica deja los temas desnudos. A ello contribuye también el hecho de que Jordi pasa totalmente de intentar que las canciones suenen a lo que deberían ser, perdiéndose en solos interminables. La falta de esa segunda guitarra provoca que Jordi se vaya de tono en multitud de ocasiones, quedando las canciones totalmente cojas. El cantante, Chris Blackburn (voceras también de VII Gates), se muestra como un admirador nato de Rob Halford al que imita tanto en giros vocales, gritos e incluso sus movimientos. Su voz no es mala y su rendimiento tampoco, pero abusa demasiado de los agudos histéricos, y aunque no se le puede reprochar la entrega, pasa lo mismo que con la actuación de Jordi Sandalinas: las canciones se resienten.
Siguen cayendo temas de su reciente disco: “All Along The Everglades” y “Follow Me” ahondan en los defectos reseñados. El empeño de los hermanos Garrigós por darle consistencia a los temas sigue siendo destrozado por los desvaríos de Jordi Sandalinas, al que además se le ve cierta torpeza en el escenario. La conclusión que se puede sacar de su show es que es un brillante guitarrista de estudio, pero al que le faltan tablas en escena, con detalles como la pérdida de control sobre su guitarra cada vez que se movía más de la cuenta. La cosa mejora algo con “Living On The Edge”, el tema que da título a su álbum de debut. La canción, con una concepción algo más comercial y directa, conecta más con el público.
Para terminar su recortado show (sólo 25 minutos), una sorpresa: El cantante Chris Blackburn, desaparece un momento de escena y vuelve disfrazado de Rob Halford. Unas gafas de sol y una gorra calcan el look del “Metal God”. Pronto conocemos el motivo: Jordi Sandalinas comienza con uno de los riffs más representativos de la historia del Heavy Metal: “Breaking the Law”. Tanto la voz como los movimientos de Chris Blackburn son calcados a Halford, lo que unido a las gafas y la gorra demuestran bien a las claras quien es su ídolo. Lo que podría haber sido un brillante colofón se quedó a medio camino, y el culpable fue Jordi Sandalinas, quien literalmente destrozó la versión. Esperemos que sólo tuviera un mal día, porque la sensación que nos dio es que está a años luz de poder reproducir en directo lo que ha conseguido en el disco.

No tuvimos que esperar mucho tiempo para que la banda germana apareciera sobre el escenario. Apenas sobrepasadas las 12 de la noche, ya los teníamos abriendo su show con “New Generation”, al igual que en el comienzo de su gira, hace exactamente un año. De hecho, el set-list fue muy similar. A diferencia de los dos teloneros, Scorpions si había probado sonido, lo que produjo una extraordinaria calidad y nitidez desde los primeros acordes. La banda sale pletórica a tocar, en especial Rudolf Schenker, todo un show-man, que como un jovenzuelo no deja de moverse, bailar y entregarse sin descanso. Otro que vive una segunda (o tercera!) juventud es Klaus Meine. Su voz se mantiene intacta y dibuja con total soltura las precisas melodías de cada canción.
La siguiente en caer fue “Love ‘em Or Leave ‘em”, de su último disco “Unbreakable”, mejor recibida por el público de lo que yo me hubiera imaginado en un tema reciente. Ciertamente, el disco lleva más de un año en el mercado y ya ha calado lo suficiente en el personal. Pero no nos engañemos, la época dorada de Scorpions tiene un peso mayúsculo, y cuando comienza “Bad Boys Running Wild” se produce el delirio en entre el público. La banda está en plena forma, aunque Matthias Jabs está demasiado estático. Conociendo el accidente sufrido el día anterior en Estepona, era algo natural. Aún así, no dejó de sonreír en todo el concierto, embutido en su estudiado look. Supongo que la procesión iría por dentro.
El concierto estaba cubriendo todas nuestras expectativas. Una brillante “The Zoo” nos mantuvo felices durante un buen rato, con el consabido y extenso pasaje instrumental en el que Matthias Jabs demuestra su dominio del “Voice-Box”, ese curioso y conocido sistema que envía el sonido producido por la guitarra por un tubito a la boca del guitarrista para que éste la utilice como caja de resonancia. Tan efectivo como siempre. El resto de la banda raya a un nivel muy alto. El bajista Pawel Paciwoda, el último en llegar a la banda, cumple con nota su nivel y se le ve plenamente integrado en la banda, y James Kottak sigue siendo una máquina a la hora de tocar la batería.
La máquina del tiempo en la que estaba sumergido el set-list del concierto dio varios pasos hacia atrás, buscando en los inicios del grupo. Concretamente hasta 1978, desde donde recuperan “We´ll Burn The Sky”, con el grupo totalmente entregado, y perfectamente correspondido por el público, cosa que me agradó, ya que para mucha gente las etapas de la banda con Ulrich Roth o Michael Schenker son totalmente desconocidas.
Un nuevo salto en el tiempo nos lleva a la actualidad, con el tema “Deep And Dark” de su último disco. Hay que reconocer que los nuevos temas no han calado en el público como los clásicos, así que pasó con más pena que gloria a pesar de que la actitud de la banda fuera la misma. Al término de la canción, Klaus Meine desaparece del escenario, y la banda comienza uno de los temas instrumentales que causan mejor efecto en un concierto: “Coast To Coast”, para el que pronto se une Meine con una tercera guitarra. A diferencia de la mayoría de los temas instrumentales que tienen los grupos, “Coast to Coast” no pretende hacer exhibición de técnica musical, sino que tiene personalidad propia, y que siempre es aceptada con júbilo por el público, sensación que consigue de igual forma “Into the Arena” del hermanísimo. Esta comunión con el público produce que, tras medio concierto, Matthias Jabs parece que despierte del letargo y se una al show visual. Quizás los dolores producidos por la caída del día anterior remitieran o quizás su profesionalismo le permitiera sobreponerse a ellos, pero el caso es que se unió a la coreografía ensayada para el tema.
Pronto tuvieron un momento de respiro, con la primera de las grandes baladas que le han abierto a Scorpions, y por ende a muchos grupos hard rockeros, las puertas de los grandes medios. En este caso la elegida fue “Allways Somewhere”, una preciosa canción iniciada por una no menos preciosa guitarra Gibson Flying “V” acústica. La entrega del público es total, y el sentimiento que desprenden es emocionante. La emoción y el sentiminento no decaen, ya que empalman (con perdón) con otra balada, la esperada “Holiday”, que es coreada hasta el límite de nuestras gargantas. Sobre el escenario, el encargado de darle la réplica en la voz a Klaus Meine es James Kottak, que demuestra tener una buena voz, complemento ideal en la banda. Tal y como hacen en muchas ocasiones, no completan el tema, evitando la parte cañera de la canción, y presentando la tercera balada consecutiva: “Wind Of Change”, el tema que homenajea la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana. Como detalle hacia nosotros, Klaus Meine canta el segundo estribillo en español, algo que no siempre han hecho en las giras por nuestro país.
Ya estábamos temiendo que nos subiera el azúcar con tanta balada seguida, pero una más que correcta “Loving You Sunday Morning” aumentó el tempo del concierto, la cual empalman con “Tease Me, Please Me”, con lucimiento personal para James Kottak, el cual se queda solo al término de la canción. El solo es espectacular, como siempre en Kottak, quien además sabe ganarse al público con bromas y efectos, como el consabido numerito en el que se rompe una botella de cerveza en la cabeza.
¿Quién ha dicho que Scorpions es un grupo de baladas? Una tremenda y cañera “Blackout” deja las cosas en su sitio, con Rudolf Schenker poseído por el espíritu de algún veinteañero y con toda la banda comiéndose el escenario. El grupo está echando el resto en el final del concierto, terminando el concierto intensamente con “Hit Between The Eyes” del semi-ignorado “Crazy World”, y con uno de los clásicos mejor aceptado en su presentación: “Big City Nights” en el que grupo y público se vuelcan en una locura contagiosa, y que da por terminado el concierto, a la espera de los bises.
Tras una breve espera, más para alimentar el ego con los vítores del público que otra cosa, Scorpions se presentan de nuevo frente a nosotros para regalarnos la balada por excelencia, el tema por el que el mundo (sobre todo el mundo no-rockero) les conoce. Por supuesto hablo de “Still Loving You”, que a pesar de los cientos de veces que hemos oído sigue manteniendo ese espíritu melancólico de la primera vez, y de cuya interpretación tenemos que sufrir el horripilante solo de Rudolf Schenker, quien nos demuestra sin pudor que no está dotado para estas funciones. Es un show-man increíble y un gran guitarra rítmica, pero cuando se empeña en hacer solos, lo estropea. Tras la melosa balada, vuelven a retomar el ritmo con “Rock You Like A Hurricane”, cuyos arreglos finales están tomados de aquella versión “2001” que estrenaron en aquel orquestado “A Moment of Glory”. Yo hubiera preferido los arreglos originales, pero a estas alturas del concierto poco importaba.
La banda se despide y yo creí que ciertamente el concierto había finalizado, pero tras unos minutos, la banda vuelve al escenario para, ahora sí, tocar el último tema de la noche. Otra balada, en este caso “When The Smoke Is Going Down”, muy apropiada para finalizar la velada, y cuya parte final acelerada es el colofón ideal para un concierto que podríamos calificar de sobresaliente.
Scorpions nos había ofrecido 100 minutos de concierto, y la sensación era unánime y positiva. Son uno de los más grandes grupos de Rock de todos los tiempos, y ni la edad ni las modas pueden con ellos. Por muchos años.
Texto: Santi Fernández «Shan Tee»
Fotos: Bittor & Dioforever
