Hace tiempo leí en una entrevista con uno de mis escritores favoritos una de estas sentencias lapidarias que le marcan a uno. Nada más lejos de mi intención que hablaros de literatura, pero la idea me pareció tan extrapolable al campo de la música que, mira por donde, ahora me veo empezando una reseña con esta reflexión: es difícil ser objetivo con una cosa cuando la tienes muy cercana. A veces el tiempo ayuda a reposar las ideas, a verlas con otros ojos, y a desprenderse de los vínculos emocionales que inevitablemente asociamos a casi todo. En este caso, a un disco de rock.
El escritor en cuestión lo decía refiriéndose a su infancia -y a cómo había podido escribir sobre ella sólo cuando tenía ya 60 años-, y la verdad es que cuando pongo este disco no puedo evitar recordar la mía, o al menos la parte final de ella, rozando la pubertad. “Close To The Edge” es un disco que me ha acompañado desde que descubrí la Música con mayúsculas, porque la música con minúsculas ya la conocía de sobra: cancioncillas de la radio, Los 40 Principales y los éxitos de algún cantante con más pectorales que neuronas. Sin embargo, recuerdo perfectamente estar largas tardes de domingo dándole al replay con este disco que, por algo que desconozco, me tiene como hipnotizado.
Servidor, antes de saber de la existencia de este plástico, había escuchado aquella copla ochentera de este mismo grupo que reza “see yourself / you are the steps you take / you and you – and that’s the only way”, y los tenía por un grupo más de empalagoso pop-rock que, sin embargo, resultaba atractivo precisamente por eso mismo. Quién me iba a decir que lo que me esperaba bajo los tonos verde musgoso de la portada sería un disco que me iba acompañar -siempre inserido en un discman más que amortizado- al instituto, a los paseos en coche con mis padres o a casa de mis amigos, impaciente por enseñarles lo que yo consideraba que sería un auténtico descubrimiento en sus vidas musicales.
“Close To The Edge”, según dicen por ahí, es el álbum más ambicioso de la banda, en el sentido en que constituye un auténtico atrevimiento editar algo así en el ‘72. Claro que los gigantes Yes no podían quedarse atrás: Genesis, Camel y King Crimson les pisaban los talones con lanzamientos muy suculentos, así que esta máquina de hacer música apuntó bien alto y creó algo que, más que Rock progresivo o sinfónico, formaría parte de aquella Música con mayúsculas de la que os he hablado. El disco, no cabe duda, traspasa fronteras y se nos presenta incluso hoy como un “rara avis” difícil de clasificar.
Dividido en tres temas de larga duración, la “chicha” está contenida en las partes instrumentales, aunque la voz también esté cuidadísima, como recién salida del mejor conservatorio. Los flirteos con el jazz -fijáos en la línea de bajo- o la música clásica son constantes -algo que ya habían ensayado en su anterior trabajo, “Fragile” (1971), también excelente, con “Cans And Brahms”-, así como las canciones desestructuradas que desembocan en largos desarrollos instrumentales sin fin aparente, hasta que, tachán, el estribillo vuelve a nosotros como un bumerán. Teclados, coros, guitarras acústicas… los 37 minutos del disco lo tienen todo.
Que un pot-pourri de tales dimensiones saliera bien es mérito de los grandes músicos que formaban la banda: Jon Anderson (voz), Steve Howe (guitarra), Chris Squire (bajo), Rick Wackerman (teclado) y Bill Bruford (percusión) son unas auténticas bestias pardas, dotados de una excelente técnica y, todavía mejor, de buen gusto. El disco no se pierde en virtuosismos y prefiere sustituir el espectáculo por la immersión en melodías recurrentes, en la experimentación y en el eclecticismo.
Consultando algunos fanzines de la época compruebo cómo el disco fue recibido como una reconsagración merecida y como un reto a los Genesis y sobre todo a ELP, quienes, por decirlo de algún modo, llegaron y triunfaron casi sin proponérselo. Bien al contrario, los Yes consiguieron hacerse un renombre en este género emergene disco tras disco, sin prisa pero sin pausa.
No hace falta ni decir que no vale escucharlo una vez, decir “está bien” y volverlo a guardar. Si bien hay discos que uno escucha por decir que los ha escuchado, hay otros que más bien se asemejan a una especie de modelo con el cual contrastar todo el resto de la música. Escuchar “Close To The Edge” sólo un par de veces es hacerle un flaco favor. Del mismo modo, “Fragile” (1971), “Tales from Topographic Oceans” (1973), o incluso el polémico “Tomato” (1978) deben adscribirse a esta misma categoría.
Más allá de lo que significara para mí, el disco triunfó como la Coca-Cola entre los amantes del género y se ha convertido en un clásico ineludible. Incluso ahora que ya han pasado unos años desde que lo descubrí, tengo la sensación de que me cuesta ser objetivo con él, de que lo tengo muy cercano, especialmente cuando escucho la guitarra de “And You And I” o las voces dobladas de “Close To The Edge”…. lástima que también sigo acordándome de aquella copla ochentera que rezaba “you are the steps you take”, y de los pasos que acabó tomando la banda. Ya sabéis, en casa del herrero…
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Jaume «MrBison»
