“Quién nos ha visto y quién nos ve”
Desde este editorial hemos analizado muchas veces la situación actual del rock y los cambios que se han producido (normalmente a peor) en estas dos últimas décadas. Según la ocasión, hemos hablado de grupos, salas, promotores, músicos y periodistas. Inevitablemente, nos faltaba una variable en la ecuación: El público.
Antes de nada, debo aclarar que tanto mis observaciones como mis conclusiones las circunscribo únicamente a la actitud y comportamiento del público madrileño, entorno en el que me muevo. No sé si las cosas de las que voy a hablar pueden extrapolarse a otras localidades, especialmente las más pequeñas, cuyas circunstancias son diametralmente opuestas a las que tenemos en la capital.
Mi análisis también es comparativo, ya que todo análisis tiene que tener un referente en el que mirarse, e inevitablemente yo lo tengo que hacer con la década de los ’80, tanto por ser el período de mayor esplendor en el rock como por ser los años en que mi juventud he hizo descubrir y disfrutar de un estilo con tanta fuerza que ha hecho que mi pasión llegue hasta nuestros días.
Lamentablemente, si teniendo siempre en cuenta las excepciones, la situación actual pierde por goleada por la anterior. Y no sólo en un aspecto, sino en varios:
– Falta de relevo generacional. Los seguidores del rock somos básicamente los mismos. La década de los ’80 enganchó a miles de seguidores al rock. En los ’90, la inercia de la década anterior siguió sumando seguidores, pero la tendencia fue disminuyendo de forma preocupante hasta nuestros días, salvo honrosas excepciones. La media de edad en cualquier concierto o evento relacionada con el rock ha subido considerablemente. Ya no es música de veinteañeros, sino que es más habitual encontrarse a seguidores que pasan de los 40. Y sin relevo generacional, estamos destinados a la extinción, ya que las obligaciones familiares y laborales de gran parte de este colectivo generan más “bajas” cada año.
– Compra de discos: Este problema no es exclusivo del rock, sino de la música en general. El formato físico está agonizando, y más que nunca editar un disco sólo es un motivo para poder tocar canciones nuevas en los conciertos.
– Pobre asistencia a conciertos: En los ’80 los conciertos se llenaban. No todos, pero casi. Grupos sin disco en circulación metían miles de personas en cada concierto, y los “heavies” íbamos en manada a cualquier evento. Ahora, debido también al exceso de oferta, los conciertos cada vez están más vacíos, además de reducir los aforos cada vez más. Las excepciones se producen cuando viene algún gran grupo internacional, sobre todo si tuvo su mejor época en los ’80. Ahí es cuando muchos de los que “quedaron en el camino” salen de su casa porque es “el concierto del año”.
– Actitud: Debido a lo dicho anteriormente, el “asistente-tipo” a conciertos de pequeño aforo (la mayoría) es público que lleva viendo muchos conciertos durante muchos años, con lo cual su capacidad de sorpresa es menor debido a que está saturado. Esto genera menor entusiasmo en los conciertos. No es extraño ver a la mayoría del público quieto y sin moverse durante un concierto de rock, algo impensable hace un par de décadas. Esto genera más pasividad entre el resto del público y no todos los grupos pueden abstraerse y no contagiarse.
– Atención: Muchos asistentes a los conciertos están más pendientes de hablar con los amigos, hacer fotos con el móvil para subirlas en el momento a Facebook o grabar vídeos-cutres que después ni se ven ni se oyen, que disfrutar del concierto en sí. Hay mucha menos atención a lo que sucede en el escenario. Un ejemplo claro ocurre en los momentos de las baladas o temas acústicos. Donde hace años había un emocionante silencio para disfrutar de ese momento íntimo, ahora hay un escándalo de fondo que lleva al traste con lo que debería ser la parte más emotiva del concierto.
– Respeto: Muchas veces se utiliza al grupo en cuestión como si fuera un disco. Música de fondo para estar en el garito. Gente de espaldas al escenario, conversaciones interminables en tono muy alto y desatención total a lo que ocurre no son actitudes difíciles de encontrar en cada concierto, algo especialmente grave en los conciertos acústicos, donde nunca falta quien se pone de charla animada a escasos centímetros de los músicos, socavándoles la concentración y molestando al resto de los asistentes.
Afortunadamente, también hay muchas excepciones a las que no se puede aplicar todo esto. Ellos son nuestra esperanza, los que hacen que el rock siga mereciendo la pena. Por ellos, por los que mantienen la ilusión por el rock, es por los merece la pena seguir en la brecha.
Shan Tee
