
Y en las alas de nuestros águilas, tocamos el cielo. O casi.
Pues me gustó el concierto de los “chicos”. En un principio, podría esperarse un montaje aparatoso y grandioso, eso debió pensar más de uno tras leer la prensa diaria, pero se centraron en la música. Teniendo en cuenta que son unos instrumentistas mediocres, habilidades las justas, es un punto más a su favor. Un gran espectáculo continuo, no hay mejor manera de esconder las carencias de uno. Macro-concierto por el lugar de celebración, un enorme pabellón deportivo, con una única banda en el cartel, para algunos debe ser sinónimo de grandilocuencia y exceso cirquense. Los “chavales” demostrarían que unas buenas canciones, bien ejecutadas, con un sonido acorde conforman una notable velada.
Un escenario bastante sencillo, me recordó mucho al de Fleetwood Mac hace dos años y pico (como pasa el tiempo, chiquillo) con unas pantallas traseras, cuadradas y rectangulares, formando un puzzle de piezas separadas, cuatro botes sobre las cabezas de cada uno, y los ya familiares vari-lites, en mayor número. Buen uso de las proyecciones, unas veces con películas cortas e imágenes y otras con juegos simples o variados de colores, sirviendo de telón de fondo al escenario.
No sé si en su día, los padres de la criatura, el Sant Jordi, se acordaron de los eventos musicales, pero esta noche el sonido fue casi perfecto en todos los sentidos. Bueno al principio, mejoró, a pasos agigantados con el transcurso de los primeros temas. El único lunar: el violín, las pocas veces que apareció, estaba muy bajo en la mezcla. Perfecto el volumen general. Estábamos a 20 ó 25 metros del escenario, casi centrados, y reduje la cantidad de algodón habitual en los oídos a la mínima expresión. Resultado: una transparencia y nitidez impresionantes. En algunos momentos había más de 10 músicos sobre el escenario, pudiendo centrarte en el bajo, cualquiera de las guitarras, teclados u otro instrumento. Perfectos los bajos, para nada machacones y fatigantes. Me atrevería a afirmar que fue la mejor calidad de sonido escuchado nunca por este juntaletras ocasional, o con meritos suficientes para subir al cajón.
Dos pantallas de video, las de toda la vida, a los lados, y una rectangular sobre, y delante, del escenario, de esas de alta resolución, completaban el montaje.
Como ya he dicho, ellos no son unos lumbreras instrumentales, pero sí destacan en las voces, tanto solistas como en las armonías en conjunto. Don Henley, batería por temas, en otros percusionista (llevaban otro menda más competente, intercambiándose los papeles, a lo largo de la noche) estuvo algo frío. Quizás necesite estar concentrado por sus variadas facetas (también tocó guitarras, tanto acústicas como eléctricas). Es el mejor vocalista, con mucho sentimiento, me gusta más su tono de voz de los cuatro.
Joe Walsh (José, según lo presento Glenn) es el más simpático y dicharachero. El más rockero, tanto en su forma de tocar como de cantar. En uno de los temas apareció con un casco de albañil, conteniendo una micro-cámara (tiene buen cabezón) desplazándose por todo el escenario para deleite nuestro. Tuvimos la oportunidad, aunque fuese durante escaso medio tema, de ver la actuación desde la perspectiva de un músico. El público, el foso, sus compañeros, incluidas espaldas, su guitarra y el mástil con su mano, su micro, cuando se apartaba tras cantar alguna estrofa, el suelo del escenario… Curioso, otra visión.
Glenn Frey es el más oscuro y quien pasa más desapercibido. Incluso el guitarrista de apoyo destacó más. Hacía el final, en uno de los últimos temas, dio una alegría al cuerpo, se despeinó lo justo y se marco un bailecito, entre sentada y sentada al piano.
Timothy B. Schmit, con su pinta de indio “civilizado”, fue quien exploró mayormente las medidas del escenario. Se cantó sus dos temitas de rigor y, gracias a su decente español, fue declarado portavoz por el resto, a las primeras de cambio. Tampoco se explayó en demasía pero sirvió para darnos cuenta de que es el miembro con la mayor facilidad para cambiar de tono. Medios y agudos bajos cantando, frente a su voz hablando, más grave, menos pito.
Llevaban una banda de acompañamiento nada espectacular, pero sí muy efectiva. Si quieren ofrecer un producto muy homogéneo en todas sus facetas, a fe que lo logran. Junto al set de batería, disponían de uno de percusión. Así, cuando Don Henley ejercía de batería, Scott Cargo, buen batería de acompañamiento, se entretenía con las percusiones. Les acompañaba un tal Steuart Smith a las guitarras, marcándose casi todas las partes solistas, dos teclistas, y un grupo de vientos de cuatro elementos. De ellos, el saxofonista también se ocupaba del violín.
Un primer pase de casi 55 minutos, con temas muy conocidos del grupo, yendo a tiro hecho. Descanso de poco más de 15, unas proyecciones de los años ‘70 (hay que ver lo que han cambiado los “chicos”, de aquellos bigototes y vaqueros setenteros, a los vaqueros de vestir y chaquetas de hoy) y un segunda parte de algo más de hora y tres cuartos, contando bises.
El set, un grandes éxitos, en formato doble, por la estructura del show. Abrieron con “Take It Easy” y cerraron con “Desperado”. Entre medias, “Witchy Woman”, “One Of These Nights”, “Life In The Fast Line”, “New Kid In Town”, “Peaceful, Easy Feeling”, “Heartache Tonight”, “Take It To The Limit”, “Lyin’ Eyes”, “Tequila Sunrise”, “The Long Run”, “Love Will Keep Us Alive”… y como no, la inevitable “Hotel California”, con una curiosa introducción en clave mariachi, a cargo del trompetista, ataviado para la ocasión, no podía ser de otra manera, con un sombrero mejicano. La sola mención del título, por el álbum, en la presentación de otro tema, en los primeros compases de la noche, tuvo una rápida respuesta sonora por parte del respetable.
Anunciaron habrá nuevo disco para final de año, principios del próximo, presentando dos temas nuevos. Uno llamado “No More Cloudy Days” y otro cuyo nombre no fui capaz de descifrar. En la línea compositiva habitual del grupo. También cayó el de ambigua procedencia, “In The City”. Según la banda sonora de la película “The warriors”, de Joe Walsh, apareciendo, meses después, en el disco “The long run”.
Hubo espacio para repasar las carreras en solitario de los cuatro, llevándose la palma, Joe Walsh. “Funk#49” y “Walk Away”, de su etapa en James Gang, más “Life’s Been Good” o el multiversionado “Rocky Mountain Way”, aunque personalmente no me diga mucho. En el resto estoy bastante pez, repasaron temas desconocidos para mi, del set, no quedan muchos temas para repartirse el resto, destacando Don Henley. No sonaron ninguno de los tres o cuatro temas suyos de mi conocimiento, eché en falta su hit “End of the innocence”, pero cantó dos o tres, supongo, de cosecha propia. Total, se quedaron muy cerca de la treintena de temas.
La única pega fue que me pareció excesiva la “ostentación de instrumental”, por llamarlo de alguna manera. Prácticamente, a guitarra por tema para Walsh, y Glenn no quedó muy atrás. Schmit estuvo más comedido, limitándose a un clásico Fender, con otros dos modelos en contadas ocasiones. Quizá algún músico, presente entre el público, pudiera apreciar algún matiz con los cambios. Mis castigados oídos no lo notaron.
Uno de esos recitales agradecidos. Nos sentimos unos “chavalines” arropados por un público que rondaba los 50. Nuestra presencia bajó la media de edad a los… 49. Eran muchos y algunos, cobardes, no aguantaron hasta el final. En cuanto cerraron el “Hotel” en el primer bis, se esfumaron. Todo el graderío estaba completo, pero la parte de abajo, la pista, sólo la mitad del aforo posible. Estábamos muy a gusto, sin apretones, excepto por los dos cabezones, con un par de biberones y yogures de más en su tierna infancia, ya muy lejana, casi como la de los anfitriones, cruzándose, de vez en cuando, en nuestra visión del escenario.
No soy un fan acérrimo de los “chavales”, ni tampoco lo seré a partir de ahora, pero son una buena representación de la parte “tranquila” del rock. Sobre todo para “explorarla” con tu chica. El que la tenga. Para quienes os gusten, y os hayáis quedado con la miel en los labios, declararon incomprensible su ausencia de los escenarios hispanos, a la largo de su trayectoria, y tras la satisfactoria respuesta del público asistente, prometieron volver en una próxima gira europea. Sí, no desesperéis. El nombre de la gira actual, “Farewell I”, según el programa, no es más, un guiño irónico a todas esas bandas, “ya mayorcitas”, con cierta edad (como ellos mismamente, vaya) que llevan “retirándose” gira tras gira. De ahí lo del “One”.
Como dicen en el programa de la gira, “por favor siéntese, relájese y disfrute el recital. Amamos cantar y tocar para ustedes. Gracias por asistir”. Aún de pie, a vosotros por darnos, al fin, la oportunidad de poder pasar otra página viva del rock de los setenta con tanta brillantez.
Texto: Monraymon
Fotos: Andy
