Fue de suerte que el sábado 4 de noviembre vimos un cartel anunciando el concierto de Diamond Dogs en Oporto, y menuda suerte, porque lo normal, según la universal Ley de Murphy, hubiera sido haberlo visto pasado el evento. Y aprovechando esta suerte, el domingo por la tarde (el concierto estaba anunciado para las 19:30) nos bajamos al río a la procura del Porto-Rio Bar, un barco anclado en los muelles de Oporto y que no tenía mala pinta para tomarse unas cervezas cualquier sábado o domingo. Pagados los 8 “euronymous” de entrada nos sentamos en una mesita en la parte de arriba a la espera, frente a una cerveza, de que llegara la hora de bajar al piso inferior donde tendría lugar la actuación. Buena música nos iba entonando y preparando, aunque el local estaba vacío y no parecía llegar mucho personal. Como curiosidad, nosotros teníamos las entradas 1 y 2, y no creo que se vendieran más de 15 ó 20.
Llegada la hora nos bajamos al piso inferior, al que se accedía por una escalera de caracol metálica que debe ser memorable bajarla con unas cervezas de más en el cuerpo, y allí estuvimos a la espera de que comenzara el show de los suecos. No seríamos más de 20 ó 25 como mucho, contando a los del bar y los dos organizadores (dos chavales españoles que, creo, habían organizado la gira peninsular), así que parecía que iba a ser un concierto de andar por casa, y así fue. El escenario, ridículo, tendría unos 3 metros por tres metros, pero los 6 suecos demostrarían que se puede hacer buenos conciertos incluso en estas condiciones.
Éramos tantos que el show empezó con un apretón de manos de Johan Johansson a cada uno de los que “abarrotábamos” la sala. Instrumentos colgados, guitarra a izquierda (según se mira), saxo junto a guitarra, detrás batería, y bajista por la derecha pero luego por todos lados porque se bajaba y se daba rulos entre los asistentes, teclados a la derecha del todo, micrófono y cantante frente a la tarima y abajo (bueno, la tarima debía tener 30 cm de altura). Con un buenas noches Oporto y una petición de que nos acercáramos más, comenzaron a rockear. Y eso es lo que hicieron durante hora y diez minutos, rockear de lo lindo. A mi ya se me escaparon los pies desde la primera nota y no paré en todo el rato, pero los portugueses, fríos como ellos solos, ni se movían. Y en éstas estábamos que Sulo tuvo que pedir varias veces que diéramos palmas, que nos moviéramos, que animáramos…
El concierto, sin embargo, fue memorable. El grupo muy entregado y derrochando simpatía en general, sonido muy bueno, y el hecho de ser un recinto pequeño y con tan poca gente hizo que el grupo intentara mezclarse con nosotros en una fiesta, con Sulo cantando entre los asistentes, Johan Johansson haciendo lo mismo con su bajo, Frederik Fagerlund marcándose un solo impresionante de marchoso (y corto, para no cansar) entre nosotros mientras le animábamos dando palmas (en este momento se vino Jesper Karlsson a nuestro lado, hombro con hombro con Irene, a dar palmas a su compañero), pues eso, como si estuviéramos en el salón de mi casa…
No recuerdo exactamente el set-list que se marcaron, pero cayeron entre otras y sin orden “Autopilot”, la preciosa “Rush For Comfort”, “You Got Nothing On Me”, “Down In The Alley Again”, “Come Easy, Come Slow”, “Make It To The Shore”, “Off The Record”, “Generation Upstart”,“Bite Off”, “Hand On Heart”…
Lo dicho, gran tarde-noche de rock con un grupo que lo dio casi todo. Y digo casi todo porque una hora y diez me parece poca duración, aunque fuéramos muy pocos, pero también habría que meterse en la piel del grupo al encontrarse con unas condiciones como las que había, con lo que chapeau por no haber cancelado, pero podían haberse currado un segundo bis. De salida nos cruzamos con Sulo y Jesper Karlsson que muy amablemente se despidieron de nosotros.
Texto: Ramiro Morales «Motorhead»
