Máxima expectación y ambientazo en los alrededores del recinto. AC/DC son, hoy por hoy, el grupo de Rock con mayor capacidad de convocatoria. Hacía ocho años y pico que no se asomaban por aquí, así es que la respuesta de los incondicionales fue la de agotar las entradas a los pocos minutos de ponerse a la venta y dejar una imagen del Palacio de los Deportes lleno a reventar, en el que no cabía un alfiler y que resultó ser una ratonera para algunos/as de las primeras filas, y aprovecho para advertir de la absurda práctica del “movimiento de masas” incontrolado. Desde mi posición conté hasta once personas evacuadas por aplastamiento y/o asfixia. No hubo tragedia pero se rozó, así es que mucho cuidado.

En general se sabía de ellos que eran uno de los muchos grupos de revival setentero que han aparecido últimamente como los mízcalos en los pinares. Alguien colgó en el foro un vídeo de Youtube y me parecieron interesantes, así es que investigué un poco sobre ellos semanas antes del concierto por no ir pez a la cita. Se apagaron las luces, me acoplé cómodamente en mi privilegiado asiento y me dispuse a ver las evoluciones del grupo sobre el escenario.
La primera en la frente: el sonido, una especie de barrizal auditivo en el que había que andar rebuscando para distinguir cada instrumento, que fue aclarándose a medida que avanzó la actuación pero que nunca llegó a ser lo que debería. A pesar de esto, el grupo cuajó una buena actuación, corta pero intensa, presentando varios de los temas que integran su último trabajo “Everyday Demons”, como “Demon Eyes”, “Evil Man”, “On And On” o “Tonight”, y “Under The Sky” y “Come Follow Me” del disco anterior “Rise” (2006).
Cormac Neeson (cantante) tiene perfectamente estudiados el look y los movimientos de los grandes de los setenta, aparte de tener una buena voz sin llegar a la brillantez de otros de su estilo (en algún momento algo forzada). Paul Mahon es un guitarrista solvente, Michael Waters cumple con su bajo y James Heatley saca un sonido grave de su batería (un bombo enorme, por cierto) que da más contundencia al sonido. La verdad es que suenan bien. Me gustaron.

Sabía que era imposible mejorar lo del 10 de julio de 1996 en la plaza de toros de Las Ventas (gira “Ballbreaker”), pero lo del 10 de diciembre de 2000 en el anterior Palacio de los Deportes (gira “Stiff Upper Lip”) era perfectamente superable.
Recinto lleno a reventar, se apagan las luces y se inicia una proyección de dibujos animados en la que aparece un tren procedente del mismo Infierno, cuya locomotora alimenta Angus en una carrera frenética y descontrolada que acaba con un frenazo y una explosión mientras suenan los primeros acordes de “Rock’n’Roll Train” y la locomotora de las imágenes, ahora en tres dimensiones, avanza desde detrás del telón y se acopla a la pasarela colocada sobre la batería.
Una de las ventajas de estar a pocos metros del lateral derecho del escenario es que se puede ver el trabajo de los técnicos de backstage, así como todos los detalles de los efectos visuales y pirotécnicos. También tiene como contrapartida que se pierde parte de la magia del directo y de los efectos, pero resulta interesante. Por ejemplo, la locomotora era en realidad un panel troquelado que dio el pego perfectamente, con una especie de andamio en la parte posterior que permitía a los técnicos tener acceso a los orificios (ventanillas, chimenea, etc.) y acoplar diversos artilugios para los efectos pirotécnicos.
El escenario tiene también dos pantallas gigantes de vídeo a ambos lados, más otras dos algo más arriba y por fuera, con las cámaras situadas a ambos lados del frente del escenario y bajo el mismo, con una cristalera que permite captar imágenes de Angus haciendo el “paso del pato”. La batería de Phil en el centro sobre una tarima baja, casi a ras de suelo, con Malcom y Cliff a ambos lados, lugar que solamente abandonan para adelantarse cuatro pasos a sus respectivos micros para los coros y, en cuanto terminan las tareas vocales retroceden a sus posiciones-base.
El suelo del escenario tiene una pasarela que sobresale de su parte frontal, a modo de pasillo, y termina en una plataforma circular, que es recorrida por Brian aprovechando para dar la mano a los más cercanos.
“Hell Ain’t A Bad Place To Be” es acogida con entusiasmo, pero en “Back In Black” la respuesta del público es brutal, de tal forma que empieza el baile de evacuados de las primeras filas con síntomas de asfixia, algo que se repitió durante todo el concierto en bastantes ocasiones.
“Big Jack”, del nuevo disco, permite a Brian demostrar que tiene la voz en un buen estado de forma o, al menos, no evidencia tanto el paso del tiempo y del humo por su garganta como en ocasiones anteriores. Continúan con “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”para lo que colocan un micro a Angus en la parte delantera del escenario, mientras el personal de seguridad rescata de entre el público a otros dos con los mismos síntomas de angustia. En el escenario, Angus tira su gorra en pleno éxtasis y permite que el público vea el espacio tan amplio que ha ganado su frente al resto del pelo.
Con “Shot Down In Flames” llega el delirio al personal y en “Thunderstruck” Brian las pasa canutas para llegar a las notas más altas, pero da igual, apenas se escucha su voz entre los gritos del público. Siguen con “Black Ice”, que suena mejor que ninguna hasta ahora, y sirve para recordar que han publicado recientemente un discazo.
En “The Jack” Angus aprovecha, como siempre desde hace años, para iniciar el strip-tease en el que al final se baja los pantalones y aparece el logotipo de AC/DC con los colores de la bandera española. A mí siempre me pareció el momento más aburrido y pesado de los conciertos del grupo, así es que aproveché para sentarme y estudiar, por un hueco que me dejaban los de delante, el estilo de Phil Rudd. Por cierto, se nota especialmente en esta canción los efectos de reverb que han metido a la batería.
Los años también se notan en el grupo, y con un tiempo mayor de lo acostumbrado en otras épocas entre cada canción, empieza a descender la campana que da paso a “Hells Bells”, de la que Brian se cuelga para columpiarse mientras suenan los primeros acordes. Tras ésta, “Shoot To Thrill” durante la cual me asusto de verdad cuando veo llevarse a otra chica inconsciente. No merece la pena jugársela, de verdad.
Entre imágenes de guerra suena “War Machine”, también del último, con un juego de luces realmente espectacular, con focos apuntando hacia el público que hacen un efecto visual difícilmente explicable con palabras. Impresionante. Por cierto, la estructura superior que soporta los focos tiene un espigón que sobresale del escenario hasta el centro de la pista, lleno de focos, que igualmente apuntan al respetable, realzando la sensación de multitud de los veinte mil tíos/as que estábamos allí.
“Anything Goes” queda perfecta y vuelven a demostrar su buen momento musical, pero en este punto Angus está cansado, se le nota. Sigue teniendo mucha energía pero da sensación de agotamiento, con movimientos menos bruscos, más suaves y comedidos. Nada reprochable sino todo lo contrario. En cualquier caso entre afinar y comentar alguna cosa vuelven a tardar más de la cuenta antes de empezar “You Shook Me All Night Long”, otro de los momentos de perfecta comunión entre público y grupo. Ver volcado a todo un Palacio de los Deportes, abarrotado, es un espectáculo que impresiona.
Vuelven a colocar el micro de Angus, con lo que se intuye que toca el turno a “T.N.T.”. Mientras, dos técnicos de backstage sujetan sendos lanzallamas que hacen lo propio, a través de dos ventanucos de la locomotora y de la chimenea, en determinados momentos de la canción. En cuanto termina el tema, retiran rápidamente los aparatos pirotécnicos y se centran en desplegar e inflar a toda velocidad a Rosie, que cuelga desde la parte superior del escenario y termina montada a lomos de la locomotora. Cuatro personas se encargan de mover la muñeca hinchable gigante mientras suena “Whole Lotta Rosie”. Uno la sujeta de salva sea la parte y la une a la locomotora, otro mueve la cabeza con un sistema de poleas y cuerda de la que se cuelga literalmente, otro controla el movimiento, a ritmo de la canción, de la pierna que el público ve, y otro más supervisa y ayuda.
El punto final a la primera parte lo pone “Let There Be Rock”. Retiran la locomotora y unen las dos pantallas del escenario en una sola, en la que pueden verse imágenes con las portadas de los discos mientras el grupo se emplea a fondo en la canción. Angus se dirige, a través de la pasarela, a la plataforma circular que está instalada en el centro de la pista del pabellón mientras hace un solo interminable. La plataforma se eleva, las luces se apagan y solamente se mantiene encendido un foco que le apunta. Mientras tanto, el trabajo en el backstage es frenético montando los cañones en los soportes y preparando los efectos. Cuento hasta siete personas trabajando en preparar el final del concierto, aprovechando la escasez de luz y las miradas centradas en Angus. El resto del grupo pasa el rato charlando y fumando un cigarro en la penumbra.
Desde mi punto de vista el solo de Angus es cansino. Supongo que después de tantos años haciendo lo mismo concierto tras concierto, se ha institucionalizado de forma que es imposible sacarlo del repertorio. Lo entiendo y hasta me parece bien, pero debería adaptarlo o modificarlo de forma que no deje tan a las claras las carencias de un guitarrista que fue referente hace un par de décadas pero que cualquier chaval del público podría dejar en evidencia. El conjunto espectáculo+solo queda bien, pero el momento en el que se sitúa sobre la batería y las cámaras enfocan a su mano izquierda es manifiestamente mejorable.
Durante la parada previa a los bises, el grupo aprovecha para secar el sudor y reponer líquidos, y los técnicos dan los últimos remates a los efectos que quedan por utilizar. Tras unos minutos se abre una trampilla en la parte delantera del suelo del escenario de la que empieza a salir un humo rojo espeso, síntoma inequívoco de que “Highway To Hell” será lo próximo en sonar. Angus aparece por el hueco envuelto en luces rojas, humo y efecto de fuego mientras empieza a sonar uno de los riffs más clásicos del Rock. La salida del Infierno de Angus coincide con la retirada de varias personas más de entre el público, uno de ellos inconsciente, mientras la locura se adueña del recinto. Es el momento más intenso de la noche y uno de los más importantes que puedan verse en directo hoy en día dentro del mundo del Rock, santo y seña de la banda más importante, el clásico más clásico.
Mientras el público aplaude y el grupo empalma la anterior con “For Those About To Rock (We Salute You)”, se va elevando otra plataforma posterior que sujeta seis cañones, hasta colocarlos a la misma altura que la pasarela de encima de la batería. Una vez igualadas las alturas, los seis cañones avanzan un par de metros hasta hacer tope en la parte delantera de dicha pasarela. Brian suelta sus últimos rugidos de la noche y a la voz de “Fire!”, los cañones disparan salvas a modo de saludo y de despedida. Nada nuevo, sobre todo si ya has visto a AC/DC en directo o te has zampado alguno de sus vídeos, es cierto, pero sigue siendo tan espectacular como siempre y difícilmente igualable.
El concierto termina de forma apoteósica. Caras de satisfacción en el público que, aun sabiendo lo que iban a ver en su gran mayoría, no pueden borrar la sonrisa de oreja a oreja a la salida del recinto.
Resumiendo: como siempre. No conozco a nadie que haya salido de un concierto de AC/DC defraudado. El grupo lo da todo sobre el escenario y el público también, pero además se ofrece espectáculo acompañado de buenos temas. Es cierto que tiraron de clásicos, cuatro temas de “Back In Black”, un par de ellos de “Highway To Hell”, etc. pero también presentaron otros cinco de su nuevo disco, con lo que equilibraron muy bien el set-list. Con una discografía tan amplia es fácil quedarse temas importantes fuera del repertorio, pero es que un concierto de AC/DC debería durar un día entero para poder satisfacer a todo el mundo. Quién sabe, a lo mejor algún día.
Salud.-
Texto: Alvar de Flack
Fotos: Shan Tee y DIOforever
