La muerte de Michael Jackson ha entristecido a muchos y ha dejado indiferente a otros muchos. A algunos les ha sorprendido, otros pensaban que llevaba demasiado tiempo en zona de riesgo, y la gran mayoría pensaba que un final como ese era lo más probable. Hoy he sabido que él mismo “predijo” su final intentando estar a la altura de su ex-suegro El Rey. Todo quisqui habla del fin de una persona y el inicio de un mito. Incluso una web como esta o alguien como yo, poco sospechosos de alimentar egos de personajes de este tipo, dedicamos un rato de nuestras vidas a hablar sobre alguien cuya relación con el Rock empezó y terminó con las colaboraciones de Eddie Van Halen y Jennifer Batten y poco más.
Pero más allá de si gustaba o dejaba de gustar su música, de las excentricidades que eclipsaron su talento (que lo tenía) y de los telediarios dando la brasa con los pormenores escatológicos de su muerte, ha quedado en evidencia el hecho de que los ídolos, los presuntos iconos de una generación o de un estilo de música o de vida, siguen teniendo los pies de barro. ¿Realmente hace falta idolatrar a un mortal de la manera en la que lo fue el difunto que nos ocupa, o quizá no sea cuestión de plantearse esa necesidad y todo fluya de forma natural e irremediable?
Sea como fuere cada vez hay menos de esos. No sé si es bueno, malo o regular, pero el tamaño que adquirieron tras su muerte músicos como Lennon, Presley, Hendrix, Joplin y tantos otros no es comparable ni al éxito ni a la fortuna que adquirieron en vida, para regocijo del oportunista entorno que les rodeaba. Incluso el propio Jackson aprovechó la coyuntura y se agenció a la hija de Presley como parienta. Por cierto, soy de los que opina que poner el apellido Jackson al lado de los anteriores es una obscenidad.
A estas alturas de la vida, con la inteligencia y cultura medias bastante superiores a las de hace unos años, superando, incluso, los estragos ocasionados por Internet en aras de cargarse todo lo que huela a música a la antigua usanza (incluidos los presuntos futuros ídolos), hay quien sigue riéndole las gracias a algún tonto, y sigue habiendo tontos que se aprovechan de ello.
No me gustaba la música de Michael Jackson, si acaso alguna cosa que me hacía recordar tiempos pasados, pero tampoco me alegro de su pérdida, por supuesto no como persona, pero tampoco como músico. Creo que era uno de los pocos talentos de verdad que quedaban vivos en la música de usar y tirar, pero tampoco me gusta la pinta que está tomando esto tras su muerte. Se pasa de puntillas por su infancia, tan obligada como perdida, de su absurdo estilo de vida consecuencia de sus miedos, y se centra el negocio en la reconversión de su mansión en parque temático, en la tajada de la prensa rosa a costa de sus herederos y en la traducción a pasta de todo lo que dimane del difunto.
Quizá la propia sociedad a la que ofrecía su música necesite seguir idolatrándole, no lo sé. Puede que sea esa la excusa para empezar a explotar al mito, o quizá sea pagar sus deudas, o dejarles la vida resuelta a sus hijos. Probablemente haya quien nunca se apee de ese carro, pero lo que queda claro es que se ha abierto una veta nueva en la mina, y habrá codazos para explotarla. No sé si él se lo merece, pero el resto de los mortales seguro que no.
Alvar de Flack
