MIGUEL RÍOS – Sábado 6 de noviembre de 2010, Palacio de Deportes de la C.A.M. (Madrid)

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Sin ninguna duda, Miguel Ríos es uno de los personajes más influyentes en la historia de la música del siglo XX. Si no hubiera nacido en Granada sino en algún lugar allende nuestras fronteras, su figura sería querida y respetada al mismo nivel de otras leyendas de la música como B.B. King o Chuck Berry. Pero debido a la especial idiosincrasia de este país, su innegable aportación al mundo de la música y la cultura en España siempre ha sido negada por detractores que han querido negar lo evidente. Al final, el tiempo hace justicia, y es en esta gira de despedida cuando, por fin, parece que recibe el reconocimiento unánime que siempre ha merecido.

Tanto por lo musical como por lo histórico del momento, no pensábamos perdernos esta cita, y rápidamente conseguimos nuestras entradas para el concierto madrileño. Las 18.000 localidades puestas a la venta se agotaron meses antes del concierto, lo que obligaron al promotor (bendita obligación…) a programar un segundo concierto, al día siguiente, en el mismo recinto.

Siguiendo mi costumbre, llegué muy pronto a los alrededores del Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid, antes de que abrieran las puertas. Me sorprendí de las escasas colas para acceder, y una vez abiertas las puertas, de la lentitud con que el recinto se fue llenando. Todo estaba vendido desde hacía muchos meses, por lo que no había dudas sobre si se iba a completar el aforo, pero no dejaba de ser sorprendente el cambio de actitud de este público en relación a lo que estoy acostumbrado. La razón estaba bien clara: la media de edad de los asistentes iba a ser bastante elevada, y la calma con que se tomaban los prolegómenos era consecuencia de la madurez de un público que, poco a poco, fueron llenando cada rincón del Palacio hasta poco antes del comienzo del show.

Sin ningún telonero ni artista invitado, poco después de la hora prevista (21:30), el sonido enlatado de “Bye bye Ríos” indicaba que aquello estaba a punto de comenzar. Las luces se apagaron, y la instrumental “Los marginados del Rock” sirvió como señal de arranque a un concierto que, todos lo sabíamos, iba a ser histórico.

La extensa banda (dos guitarras, bajo, teclados, batería, saxo, trompeta y percusión) abrió la noche con “Memorias de la carretera”, mientras Miguel Ríos apareció en escena en medio de una sonora ovación. En contra de lo que algunos pudieran pensar por su edad, Miguel demostró estar realmente en forma, y el inicio del concierto fue fulgurante. “Bienvenidos” nos abría las puertas de forma definitiva, con las 18.000 gargantas del público cantando al unísono uno de los temas más emblemáticos de la historia de la música en España.

El montaje escénico era de primer nivel. Buen sonido, luces espectaculares y pantallas de vídeo móviles en las cuales se nos iban mostrando escenas históricas y alusivas a las canciones que iban sonando, demostraban que en España también se pueden hacer las cosas bien.

El concierto, como ya preveíamos, iba a contar con un buen elenco de invitados. El primero de ellos no tardó en salir: el guitarrista Jorge Salán, quien ya colaboró en el último disco del granadino, hizo su aparición en escena para compartir “Generación límite”, no limitándose a dar nueva muestra de su maestría a la guitarra, sino atreviéndose también a cantar una estrofa de este emblemático tema. Su virtuosismo con la guitarra contrastaba con el bajo nivel exhibido por los dos guitarristas de la banda de Miguel Ríos, los únicos que desentonaban de un grupo por otra parte bastante solvente.

El concierto había empezado enérgico y vibrante, sorprendentemente vital, y “Antinuclear” fue una de las bombas más contundentes de la noche. Adornado con un par de explosiones pirotécnicas, este histórico tema se encuentra entre los preferidos de aquellos que disfrutamos del Miguel Ríos más cañero. Este sprint de inicio de concierto se cerró con “Nueva ola”, otro tema que se hizo mítico en aquel Rock & Ríos y que sirvió para cerrar esta primera parte del concierto, espectacularmente rápida y rockera.

Tras unos momentos para recuperar el resuello, Miguel nos presentó al segundo invitado de la noche, José Ignacio Lapido (del grupo 091), con quien cantó el precioso blues “En el ángulo muerto”, acompañados por uno de los mejores momentos del espectacular juego de luces disponible en el escenario. Este tema, perteneciente a la carrera en solitario del propio Lapido y que se encuentra también en el último disco de Miguel Ríos, supuso una ruptura con el trepidante comienzo del concierto, y nos mostró la parte más sentimental de la noche.

“Raquel es un burdel” pasó sin pena ni gloria, y sirvió para llegar a “Cosas que le debo a Madrid”, un autobiográfico tema que cuenta la historia de Miguel Ríos desde que llegó a Madrid, en un precioso homenaje adornado por imágenes alusivas en las pantallas de vídeo.

Y si Miguel quiso homenajear a Madrid, por supuesto no iba a dejar en el olvido a su ciudad natal, con “Vuelvo a Granada”, de nuevo con imágenes alusivas en las pantallas. Tras ella, una de las baladas más bonitas de la carrera de Miguel: “No estás sola”, que sonó muy romántica y sentimental.

La primera invitada femenina de la noche tiene una larguísima relación de amistad con Miguel Ríos, como así se ocupó de comentarnos, aprovechando la ocasión para tirarle una puya a Sánchez Dragó. Una sonora ovación acompañó la entrada en el escenario de Ana Belén, quien nos sorprendió a todos luciendo un cuerpo espectacular embutido en un ceñidísimo traje. Desde luego, a sus 59 años no se puede pedir más. Su espectacular voz y su complicidad con Miguel Ríos nos regalaron una memorable versión de “El río”, uno de los temas más antiguos de la carrera de Miguel.

Tras la despedida de Ana Belén, y a pesar de que “El ruido de fondo” volvió a mover los pies del personal, el concierto decayó lamentablemente en un buen rato de sopor, con tres temas menos conocidos en la carrera de Miguel Ríos, como son “Yo sólo soy un hombre”, “La reina del queroseno” (presentada como una condición de la banda para hacer la gira) y “Niños eléctricos”.

Esta parte del set me aburrió soberanamente, y esperaba que alguno de los grandes temas de su carrera sería pronto capaz de levantarnos el ánimo de nuevo. Y así fue, aprovechando la presencia de los siguientes invitados: el grupo Gold Lake, o lo que es lo mismo, el guitarrista Carlos del Amo y la cantante Lúa, hija de Miguel Ríos, cuyo parentesco no fue nombrado más que como “los invitados más queridos”. Aquella niña que fue protagonista del tema que cerraba el Rock & Ríos se ha convertido en toda una mujer, con muy buena voz, que acompañó a su padre en el tema que más me gusta de la discografía de Miguel Ríos: “Un caballo llamado muerte”, todo un alegato en contra de la heroína, que tantas vidas segó en el décadas pasadas.

“Nos siguen pegando abajo” sirvió de puente hasta la llegada de los siguientes invitados, el dúo Amaral, que acababa de recoger el “Premio Nacional de las Músicas Actuales” del Ministerio de Cultura. El dúo zaragozano cantó con Miguel el otro homenaje a su ciudad natal, “Al sur de Granada”, de nuevo con imágenes alusivas en las pantallas de vídeo.

Recuperado el buen tono del concierto, Miguel había reservado para la recta final un nuevo acelerón, formado por “Sueño espacial”, enlazado con “Año 2000” de la misma forma que se viene haciendo desde el Rock & Ríos, y una despedida pletórica con “Rock de una noche de verano”, tras la cual el grupo desapareció del escenario sin despedirse. “Para qué, si vamos a volver enseguida”, debieron pensar.

Y así fue, tras unos minutos haciéndose de rogar, Miguel Ríos apareció en escena, sólo, agradeciéndonos a todos nuestra presencia en este histórico día. Acompañado únicamente por el piano de Luis Prado, entonó una emocionantísima versión de “Todo a pulmón”, que nos puso a todos la carne de gallina.

Con aún los pelos como escarpias, el resto del grupo tomó de nuevo sus posiciones en el escenario, mientras Miguel Ríos presentaba al siguiente invitado como “la mejor voz que tiene el Rock nacional”. Y quizás no exageraba, porque Carlos Tarque tiene un merecido prestigio gracias a su voz y su forma de cantar, aunque hace años que sus M*Clan dejaron de hacerme gracia.

Carlos y Miguel recuperaron uno de los temas míticos, “Santa Lucía”, turnándose para cantar este emblemático tema y, por supuesto, respetar la parte obligada que debe cantar el público desde el Rock and Ríos que todos recordamos.

Para terminar este primer y extenso bis, Miguel recuperó otro de sus temas más emblemáticos: “El blues del autobús”, unido a imágenes alusivas a las giras (sobre todo antigua) de Miguel Ríos. El tema, cantado por todos los presentes, sirvió para despedirse del escenario. Pero todos sabíamos que habría más.

Efectivamente, tras unos minutos de reclamo, la banda al completo apareció para encarar la recta final, en la que Miguel iba a echar el resto de carne en el asador. Una pletórica versión de “Rock and Roll boomerang” dio paso al conocido medley de clásicos de Rock español, que comenzó inesperadamente con el riff de “Johnny B. Goode”, para abrir el “Sábado a la noche” de Moris, seguido por el no menos histórico “Mueve tus caderas” de Burning, alargando el tema para presentar de nuevo, esta vez explayándose más, a los músicos que le acompañaban, y recuperar el modo de cantar con el público que tan famoso le hizo en aquel Rock & Ríos que todos los presentes nos sabíamos de memoria. Al finalizarlo presentó al último invitado de la noche, Rosendo Mercado, que fue recibido con una sonora ovación, para interpretar, cómo no, el clásico “Maneras de vivir” con todo el público saltando de gozo y cantando hasta la ronquera.

Como colofón, “Bye bye Ríos”, el tema compuesto para la despedida de la carrera musical de Miguel Ríos, con todos los invitados que habían participado esa noche de nuevo sobre el escenario, compartiendo alegría y emoción, y haciéndonos partícipes, como ya habíamos previsto, de un momento inolvidable.

Una gran ovación despidió a Miguel y el resto de músicos, pero no sería la despedida definitiva. De nuevo reclamado, y tras más de 2 horas y media desde que empezó el concierto, Miguel aún tuvo fuerzas para volver a escena y regalarnos el último bis, nada menos que el “Himno a la alegría” que en 1970 le hizo vender 10 millones de discos en todo el mundo, llegando a ser número 1 en países como Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia y Reino Unido, convirtiéndose en santo y seña de este grandísimo artista. No puede haber despedida más acertada, dejándonos a todos totalmente satisfechos con lo que disfrutamos en este histórico día.

Aquellos que llenamos el Palacio de Deportes ese 6 de noviembre, más quienes lo hicieron el día siguiente o en cualquiera del resto de citas de esta gira de despedida, recordaremos ese momento entre los más destacados de nuestra experiencia como espectadores de Rock. Por lo menos, yo nunca olvidaré mi presencia el día que uno de los artistas más grandes de nuestra música bajó el telón.

Texto: Shan Tee