Editorial Agosto 2012: “Disculpad por lo trágico, pero esto nos lo matan”

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También pido perdón por el símil taurino, cuyo mundillo odio profundamente, pero la crisis y las decisiones en materia económica del gobierno de este país le van a dar la puntilla también a la música. Si no teníamos bastante con la falta de ayudas, de promoción, de control, de comprensión… el escándalo de la SGAE, la pésima imagen que durante años ha perseguido a este “negocio” y otras situaciones que nos han alejado del referente que deberían haber sido los países centroeuropeos, en los que la música y los músicos ocupan un lugar preferente en su cultura y no son vistos como titiriteros (con mis respetos a dicho oficio) o locos, ahora llega la decisión de subir el IVA, impuesto injusto donde los haya, que va a profundizar mucho más en la crisis que lleva arrastrando la música durante los últimos años.

Un disco le cuesta lo mismo tanto a quien le sobra la pasta como a quien tiene que quitárselo de otras necesidades básicas para poder comprar música, que es algo (la música) que ni se come ni evita que pises descalzo. Con un disco tampoco se paga el alquiler de un piso, ni las abusivas tasas universitarias, ni sirve de combustible para el vehículo que utilizas para ir a trabajar, si es que vas a trabajar. Así es que, incrementar vía impuestos el ya de por sí elevado precio de los discos, va a tener un efecto devastador para las tiendas, los distribuidores, los fabricantes, los estudios de grabación y todo quisqui que coma de este maravilloso arte, máxime cuando el debate estaba centrado desde hace tiempo en el abusivo margen comercial del que han venido abusando todos excepto el músico y que ha repercutido siempre en el consumidor. La discusión sobre precios más bajos para incrementar las ventas se acaba de terminar: la música, la cultura en general, vuelve a ser un artículo de lujo. He aquí el resultado final de una política de precios errónea.

Quien más quien menos se lo piensa a la hora de gastarse el dinero en un disco, en un instrumento o en asistir a un concierto. Supongo que el pensamiento único que pretenden imponer quienes toman las decisiones es el de “no están los tiempos para tirar el dinero en cosas superfluas”, pero a las miles de personas que tienen la música como medio de subsistencia maldita la gracia que les hace. De las familias españolas, en un millón setecientas mil no entra nada de dinero y otro casi medio millón están formadas por tres generaciones, abuelo-padre-hijo, viviendo bajo el mismo techo de la pensión del mayor, todo gracias a decisiones que no voy a entrar a desgranar aquí pero que, en todo caso, tienen alternativas menos cruentas. Por esta y otros cientos de razones más no entiendo por qué se pretende que, mientras se acaba con los hábitos de leer o escuchar música, se condene también a la indigencia a personas que viven de ello. Entiéndase que esta es una editorial de una web de música y que por eso me centro en este aspecto, pero el tema da para muchísimo más, obviamente.

Comprarse un disco va a ser misión imposible porque hay que priorizar gastos. Si no se compra significa que no se vende, y si no se vende ya se sabe: cerrojazo a la empresa y gente a la calle, quienes tampoco podrán consumir, ni música ni nada. Y no sólo esto, tampoco se fabricará puesto que no se vende y al final terminará desapareciendo todo si antes no se rectifica y se cambia de política, algo que debería haberse hecho hace muchos años. Grabar un disco será algo que sólo servirá para enseñar a los nietos, los estudios de grabación se dedicarán exclusivamente a grabar jingles para las televisiones, las actuaciones en directo serán para la élite que pueda permitírselo o gratuitas porque el músico no cobre ni el dueño del local tampoco. Dudo que se puedan frenar ahora las descargas ilegales y creo que poner en marcha mecanismo alguno para la defensa de los derechos de autor va a ser algo bastante más ineficaz que hasta ahora.

El panorama apocalíptico que dibujo no es algo de película de ciencia-ficción, es el reflejo sectorial, concreto, de lo que está pasando en estos momentos en términos generales. El futuro de la música se pone más negro, tanto que recuerda a épocas anteriores en las que quienes atesoraban la cultura tenían el poder, mientras el resto de la población se preocupaba casi en exclusiva por sobrevivir. Si alguien con capacidad de decidir piensa que privando a la población de su posibilidad de desarrollarse como personas y de cambiar lo que no funciona, esto va a solucionarse, está cometiendo una atrocidad de la que tendrá que rendir cuentas tanto a la propia sociedad a la que sirven (?) como a la historia.

El cortoplacismo absurdo que se está imponiendo impide que se puedan implantar soluciones definitivas y, lo que es peor, el precio que vamos a tener que pagar va a ser elevado. En materia musical espero que, al menos, haya quien se de cuenta de que ganar mucho dinero rápidamente queda para los especuladores de operaciones a corto, pero que hablando de cultura (no digamos ya de educación, sanidad, vivienda, alimentación, vestido…) no sólo es imposible sino que es condenar a las generaciones actuales a vivir privados del acceso a un bien cultural como si fuera algo reservado a los pudientes.

Habrá que desengancharse de la compra, dejar de rebuscar en tiendas (las que queden) hasta dejarnos los dedos negros (Pears dixit), deshabituarnos al soporte físico y centrarnos en lo impersonal de las descargas, sin portadas, sin letras, perdiendo valor, perdiendo calidad de sonido… en caso de comprar habrá que seleccionar bien seleccionado lo que se compra, a la vez que cuidar los reproductores que, supongo, dejarán de fabricarse… en fin, una pena.

Eso sí, por mucho IVA que le pongan a la música, por muchas dificultades añadidas no van a parar ni la creación ni a la creatividad, ni tampoco las ganas de tocar ni de escuchar, al menos mientras siga habiendo quien tenga cosas que contar y mostrar a su descendencia para que esto no se pierda definitivamente o para demostrar que hubo alternativa a la pseudo-cultura del “usar y tirar”, alternativa que podría hacer, quien sabe, que algún día esto pudiera resucitar.

Alvar de Flack