Yo nunca he tenido muchos mitos. Músicos a los que he admirado ha habido muchos, y aún siento profundo respeto por grandes estrellas del Rock que han contribuido decisivamente a hacer de este género musical uno de los más importantes del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Pero pocos son los que han conseguido subirse en mi más alto pedestal, el de aquellos músicos que he llegado a idolatrar y causarme una admiración plena.
La mayoría de ellos me impactaron en mi adolescencia, en ese difícil período de la vida en el que te formas como persona, y eliges el camino a seguir. Un camino que a veces cambia a lo largo de la vida, pero que en mi caso no lo fue: “Yo comprendí la situación, hermano soy del Rock and Roll”. Y hasta la fecha.
Mis primeros discos fueron “IV” de Led Zeppelin y “Made in Japan” de Deep Purple. Me los aprendí de memoria y aquellos músicos pasaron directamente a la categoría de héroes para aquel adolescente impresionado por lo que acababa de descubrir.
Pasaron los años y más grupos, más músicos, se iban uniendo a mis gustos. Algunos, como Iron Maiden, también llegaron a incluirse entre mis favoritos. Pero aquellos primeros siempre serían especiales, tanto que siempre seguí sus carreras allá por donde fueran con especial interés.
Este verano nos dejó uno de ellos: JON LORD. Su pérdida la sentí como parte de mi vida. Admirado como músico y como persona, su muerte se llevó consigo una parte de esa adolescencia, y me dejó constancia una vez más de que el tiempo pasa y no espera a nadie.
La primera vez que tuve la oportunidad de verle en directo no fue con Deep Purple, sino con Whitesnake, en el verano de 1983. El lugar, el perdido para el rock campo de fútbol “Román Valero”, en el que habitualmente jugaba el modesto Moscardó. Allí, en un concierto doble compartido con Meat Loaf, Whitesnake ofreció una actuación magistral, con una banda de lujo en la que David Coverdale contaba con la presencia de su viejo compañero en Deep Purple, Jon Lord. Aquella noche fue la primera en la que disfruté del maestro indiscutible de los teclados, aquel del que todos los demás teclistas de rock han aprendido y han tenido como referencia.
Aquella noche disfruté de su decisiva aportación en todo el repertorio (“Don’t Break My Heart Again”, “Wine, Women And Song”…) más un espectacular solo que incluyó un pedazo del “Concierto de Aranjuez”, dedicado al público español.
Años más tarde pude verle de nuevo en varias ocasiones, ya de vuelta a sus Deep Purple, de los que había sido fundador. Repitió maestría, repitió saber estar y repitió toneladas de clase y calidad. Se mantuvo en su sitio capeando el temporal cuando a Richie Blackmore se le cruzaron los cables y se negó a hacer el bis en el campo del Rayo Vallecano. La única vez que he escuchado “Smoke On The Water” sin guitarra. El Hammond de Jon Lord convirtió lo que iba a ser un desastre en un día único, memorable.
Siempre al margen de escándalos y excesos, y muy respetado tanto por fans como por compañeros de profesión, vivió una vida plena hasta que el cáncer le alcanzó. Peleó con él mirándole a los ojos, hasta que perdió la batalla el pasado 16 de julio, a los 71 años.
Su nombre ha quedado grabado para siempre con letras de oro en la historia de la música. Una leyenda a la cual no olvidaremos nunca. Por eso no quería pasar la oportunidad que me brinda este editorial para despedirme de él.
Descansa en paz, maestro.
Shan Tee
