
En 1981 yo ya estaba enamorado de clásicos como Deep Purple, Led Zeppelin o Black Sabbath y de grupos españoles como Asfalto, Leño, Bloque, Ñu etc. Pero, sobre todo, andaba totalmente embelesado con los nuevos grupos de la NWOBHM que estaban apareciendo (Saxon, Iron Maiden, Def Leppard, Praying Mantis, Diamond Head…). Sin embargo echaba en falta un grupo español de Rock más potente, del estilo de lo que se hacía en Inglaterra que nos contaban revistas como Popular 1 o Rock Espezial.
Un día de primavera de aquel año vi una noticia en el telediario que me espabiló de la caraja de después de comer, en la que aparecía un nuevo grupo llamado Barón Rojo en el escenario de las fiestas de un barrio de Madrid (quizá pudieran ser las fiestas de S. Isidro de 1981, pero no estoy seguro). Junto a las imágenes, bajo los comentarios del presentador, pude escuchar los acordes de lo que luego sería “Con botas sucias”, primer single del primer disco del primer grupo español de Heavy que conseguía grabar. Bien, pues justo en ese momento empecé la cuenta atrás para esperar el BID (Boletín Informativo Discoplay, prácticamente la única forma de conseguir discos para chicos de provincias como un servidor) de aquel mes y poder gastar los ahorros en la adquisición de aquel tesoro. Lo conseguí aún a costa de pasarme el verano sin blanca, pero estudiándome cada segundo de “Larga vida al Rock and Roll”, que era como se dio en llamar aquella fundamental obra del Rock español. Barón Rojo había nacido y yo tenía entonces 14 años, iba a cumplir 15.
Mi hija mayor tiene en estos momentos 14 años, va a cumplir 15, y el sábado pasado tuve el inmenso placer de llevarla a ver a Barón Rojo, justo en el ocaso de su existencia si no el final de la misma (en principio fue el último concierto), pero aún a tiempo de ver a la formación original, la misma que hace 30 años me hizo dar un vuelco el corazón con su música.
Es previsible, entonces, adivinar que esta reseña tiene más de sentimental y de reconocer la trayectoria y los logros conseguidos por la banda, que del análisis detallado de lo que pudimos ver y escuchar en el Palacio Vistalegre, pero que nadie se equivoque, que Barón Rojo, los de verdad, siguen dándole cien vueltas a muchos y siendo referente para casi todos, como quedó demostrado en las caras de felicidad de los músicos y en la entrega del público, que supo pasar por encima de los inconvenientes y disfrutar con la banda más grande que ha dado la historia del Rock nacional.
La política en materia de espectáculos de la C.A.M. exige que el recinto esté vacío a una hora determinada, con lo que el espectáculo debía acabar a las 23:30 y ni un minuto después. Eso hizo que el grupo saliera a escena a las 20:27 de la tarde y, tras un brevísimo saludo de Sherpa, se pusieran manos a la obra al más puro estilo Ramones es decir, a saco, prácticamente sin espacio entre temas, aprovechando el tiempo al máximo para ofrecernos la mayor cantidad posible de lo mejor de su creación.
“Son como hormigas” fue la encargada de abrir un set-list compuesto por 34 temas, sin solos de batería ni de guitarra como acostumbraban hace años, con poco margen a la improvisación y de tres horas de duración incluyendo las tres veces que tuvieron que volver a salir al escenario para ofrecernos los correspondientes bises (“trises” en este caso). Siguieron con “Los desertores del Rock”, “El malo”, “Rockero indomable”,“Chicos del Rock”, “Hermano del Rock’ n ’Roll”, “Tierra de vándalos”, “Travesía urbana” y una magnífica versión extendida de “Efluvios”.
El sonido fue horroroso durante toda la actuación, al menos desde mi posición, que no era precisamente mala (sentado en la grada, justo enfrente al escenario) con la batería prácticamente inexistente, sin entenderse las parrafadas entre canción y canción, y las guitarras y bajo sin definir, formando todo un batiburrillo con las canciones que, más que escucharse, se intuían. El escenario también me dejó un poco decepcionado, yo esperaba algo más, pero me encontré con una escenografía austera, sólo con una pantalla de vídeo colgando sobre la cabeza de Hermes, que tenía su batería montada en una tarima no demasiado alta, sin telón de fondo y no muy ancho para lo que suele verse en ese y otros recintos de similares dimensiones y capacidad. Las luces me parecieron escasas, el sonido poco potente (además de poco definido, como he dicho antes) y el espectáculo, en general, mucho menos de lo que me esperaba.
Quizá me hice una idea equivocada de en qué iba a consistir el último concierto de la gira de reunión del 30º aniversario, pero pensaba que iban a grabarlo en vídeo para incluirlo luego en la película que están preparando (se presentó el trailer en los prolegómenos del concierto y tiene muy buena pinta) y que eso haría que el espectáculo fuera mucho más vistoso de lo que en realidad fue. Sí, lo grabaron (había una cámara fija frente al escenario y alguna otra tomando imágenes del público y de lo que ocurría en escena), pero fue todo muy normal, quizá demasiado para lo que la ocasión requería.
Unos telones tapaban parcialmente la grada, aunque quedó todo el frontal practicable para quienes nos cansamos en pista y llevamos menores al lado (fuimos muchísimos padres los que llevamos a nuestros hijos, nunca había visto tantos). Por ahí comentaban que unas 8.000 personas llenábamos el recinto disponible, con una media de edad bastante alta pero todos con caras de satisfacción.
Sin embargo tengo que decir que, a pesar de la legislación vigente y de que últimamente se cuida mucho por parte de los locales de conciertos el que la gente cumpla con la restricción de fumar, hubo muchísimas personas a quienes les importó muy poco si molestaban o no a los de al lado, que hubiera niños alrededor, que a los propios músicos no les viniera nada bien el humo o que pudieran meterle un “puro” al recinto. El caso es que la humareda era cada vez mayor y terminó siendo algo insoportable. Hacía mucho tiempo que no llegaba a casa con la ropa apestando a humo y, la verdad, me gustaría que fuera la última. La imagen de falta de respeto que se ofreció fue penosa, me dio auténtica vergüenza (aparte de ataques de asma).
Mientras tanto, el grupo seguía ofreciendo lo mejor de sí mismos con temas como “Chica de la ciudad”, “Con botas sucias” (sonó triunfal, como si la venganza hacia la discográfica hubiera llegado 30 años después), “Incomunicación” (cantada por el público a más volumen del que salía por el P.A.), con la pantalla que hacía de fondo de escenario ofreciendo imágenes relativas a cada canción, mención especial a las emitidas en “Concierto para ellos” (con fotos de los difuntos) y “El barón vuela sobre Inglaterra”, con instantáneas del grupo durante su estancia en Londres para la grabación de “Volumen brutal” en la que fue, sin duda, su mejor época.
Armando se movía por todo el escenario con los bailes esos “made in él mismo” cachondos pero horteras como él solo. Carlos permanecía en un radio pequeño alrededor de su micro y monitores, aunque a veces hacía alguna incursión al centro del escenario. Hermes sudaba la camiseta y Sherpa daba sensación de estar un poco ausente, sin moverse mucho y tocando su instrumento en modo “ahorro de energía”, no sé si me explico. Al respecto de esto y sobre el sonido y otros aspectos que estoy comentando, Sherpa ha colgado en su facebook lo siguiente: “Si pensáis que el sonido fue malo cara a vosotros, os puedo decir que en el escenario yo sufrí muchísimo por el mal sonido que recibía por el pinganillo y los monitores. Esa es la razón por la que no estuve más animado, porque tenía que lidiar con el caos que pasaba por mis oídos. En la prueba de sonido canté como Dios, porque se oía todo de puta madre, pero después con 6.000 personas, el calor etc, el sonido se va a la mierda, sobre todo en lugares que no están acondicionados para tal.”
La ejecución de los temas, no obstante, era prácticamente impecable. Algún fallo que otro típicos del directo (Carlos que se pasa de frenada en alguna estrofa, Sherpa que se va de tono, Armando que se equivoca en algún solo…) lo normal, es decir, mínimos para no deslucir y algo normal si tenemos en cuenta las dificultades técnicas antes comentadas. Me llamó la atención también que no cambiaran de instrumentos en todo el concierto. Sherpa con su Rickenbacker, Carlos con su Gibson y Armando con Stratocaster que cambió por otra en una única ocasión.
Siguieron cayendo clásicos como “El pobre”, “Buenos Aires”, una impresionante “Se escapa el tiempo” (de lo mejor de la noche junto con “Efluvios”), “Cuerdas de acero”,“Hijos de Caín” (con el público otra vez tapando el sonido del escenario con sus cantos),“Barón Rojo”, “Larga vida al Rock & Roll”, “Breakthoven”, “Tierra de nadie”,“Satánico plan (volumen brutal)”, la inesperada “Señor inspector” y “Caso perdido”.
Casi sin darnos cuenta llevábamos ya tres cuartas partes largas de concierto, síntoma inequívoco de que la cosa estaba entretenida y, tras poner fin a la primera parte con“Los rockeros van al infierno”, se metieron a los camerinos para salir tras unos minutos en los que el público solicitó los bises con cánticos al estilo de “Barón al rojo vivo”, para que os hagáis una idea.
“Mil años luz” fue la primera en sonar en esta parte del concierto, lo que dejó al público un poco frío por lo inesperado y porque el tema en sí (precioso por otro lado) no es precisamente de los que animan a saltar. Personalmente lo agradecí porque, de las veces que he visto a la formación clásica de Barón Rojo, nunca lo había escuchado en directo.“Anda suelto Satanás” y “Resistiré” pusieron fin a esta segunda parte.
En un momento volvieron a salir para tocar “Las flores del mal” y “Siempre estás allí”en lo que la mayoría dio como final definitivo del concierto. De hecho mucha gente salió del recinto, a pesar de que no se habían encendido las luces, pero ante la insistencia del personal y también debido a que todavía faltaban 8 minutos para las 23:30 h, volvieron a aparecer en escena por tercera vez para rematar la función con “Casi me mato” y para meter a presión en el tiempo de descuento una versión de “Czardas”, la pieza de Monti que introdujeron tras el solo de guitarra de Armando en el disco en directo de 1984.
Ahora sí, no había tiempo para más. Pocos grupos ofrecen tres horas de concierto por el mismo precio, pero no tres horas cualesquiera, sino 180 minutos llenos de canciones históricas, una detrás de otra. No sobró ninguna aunque yo eché de menos “Herencia letal”, alguna de “Obstinato”… en fin, que hubieran podido seguir bastante tiempo más sin bajar el nivel, pero en ese sentido es imposible poner pega alguna.
El grupo se retiró realmente agotado (la edad no perdona) y muy satisfecho, como si hubieran revivido los tiempos en los que llenar pabellones era pan comido. Supongo que eso tampoco pueden decirlo muchos grupos españoles de Rock a estas alturas. Entre el público también dominaban las caras de felicidad, dando la sensación de haber vivido una noche histórica por lo intensa y emotiva. Muchos de nosotros también revivimos momentos de pabellones llenos hace 25 ó 30 años, pero justo en la otra parte del escenario, y algunos, entre los que me encuentro, nos dimos la enorme satisfacción de que nuestros hijos tuvieran la posibilidad de vivir el directo del grupo de Rock más importante de este país porque, por muy decrépitos que parezcan, a pesar de los malos rollos, de las sucesivas reencarnaciones de la banda (algunas de ellas lamentables), incluso a pesar de algunos discos que no hacen justicia al nombre, es algo que podrán contar con orgullo.
GRACIAS por haber existido.
Texto: Alvar de Flack
Fotos: Nacho Serrano
