Editorial Octubre 2014: “It’s a long way to the top”

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noticia_260914Corría el verano del año 1981 cuando mis padres decidieron hacer un esfuerzo económico para pasar nuestras vacaciones en Tenerife. Por aquel entonces yo era un jovenzuelo de 15 años, algo rebelde, al que no le hacía mucha gracia irse tan lejos a pasar una semana, sin ver a mis amigos. Yo ya tenía en las venas el gusanillo del Rock, y en mi por entonces paupérrima discografía sólo había 3 discos: “Made in Japan” de Deep Purple, “IV” de Led Zeppelin y un tercero que acababa de salir al mercado y que me traía loco: “Larga vida al Rock and Roll” de unos recién formados Barón Rojo.

Uno de los alicientes que tenía aquel viaje a Tenerife era poderme comprar un nuevo artefacto que habían inventado para poder escuchar música que daba plena independencia, permitiendo escuchar un disco en cualquier momento y en cualquier lugar: el walk-man. En la península tenían un precio prohibitivo para mi economía, y la situación de las Islas Canarias como puerto franco permitía adquirir cualquier cachivache electrónico a un precio mucho menor.

Así que el primer día de mi estancia en las Islas Afortunadas me las ingenié para pasar por un bazar, de los muchos que había, donde vendían relojes, transistores, calculadoras… y walk-man. Y me hice con uno, poniendo cara de cordero degollado a mis padres para ablandarles el corazón. Y la cartera.

Una vez con aquel cacharro en las manos, y doble ración de pilas (por si acaso), estaba el siguiente problema: Los walk-man hacían sonar cassettes, y yo no tenía ninguno. Mi “extensa” colección de 3 discos estaba en Madrid, y eran vinilos que yo no había tenido la precaución de pasar a cassette. Así que volví a liar a mis padres para que me compraran no una, sino DOS cintas de cassette, y poder utilizar aquel walk-man durante las vacaciones.

En aquel bazar había una sección de discos, así que sólo había que buscar algo que se adecuara a lo que yo quería. Mi elección estuvo clara, con sendas cassettes de un grupo al que había escuchado en la radio, en aquel “Buho Musical” de Paco Pérez Bryan (hoy director de “Los conciertos de Radio 3” en La 2) que tanta música me descubrió. El grupo era AC/DC y las cassettes eran “High Voltage” y “Highway To Hell”.

Ni que decir tiene que sonaron casi ininterrumpidamente durante aquel viaje, hasta el punto de sabérmelas de memoria, al igual que los otros 3 discos que me esperaban en casa. Me parecían divertidos, rocanroleros y me descubrieron otra forma de hacer Rock.

Pasaron los años, fui ampliando tanto mi discografía como mis conocimientos sobre música, y fui adquiriendo, poco a poco, el resto de discos de la banda australiana. Los que ha habían salido años atrás y los que, cada cierto tiempo, iban viendo la luz. Hasta hoy, día en el que tengo en mi poder todos los discos oficiales de AC/DC.

Llegó el momento de verles en directo. La primera gira que les trajo a Madrid fue en ese mismo 1981, presentando “Back in Black”, ya con Brian Johnson como cantante. En esa ocasión mi cara de cordero degollado no fue suficiente para que mis padres me dejaran ir al concierto, así que me quedé en casa con las ganas. “Tienes 15 años, ya habrá tiempo para conciertos”, me dijeron. Y aunque me jodió en su momento, tenían razón.

Tuve que esperar mucho tiempo, ya que hasta 1996 no se dejaron caer en Madrid de nuevo. Para entonces yo ya tenía 30 años y un conocimiento mucho más preciso de lo que eran AC/DC. Y tenía el culo pelado de ver conciertos, todo hay que decirlo.

AC/DC vinieron a lo grande. Reventaron 3 días la Plaza de Toros de Las Ventas, con la intención de grabar un DVD el segundo de los días. El mismo al que iba yo. Y a pesar de tener el culo pelado de ver conciertos, salí de allí extasiado. El espectáculo tanto musical como visual que nos ofrecieron fue de los que no se olvidan. Y ahí está el DVD “No Bull” para recordárnoslo.

Después de aquello les he visto en directo 3 veces más, que yo recuerde. Dos en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid y una tercera en el Vicente Calderón, el campo de mi Atleti. Y aunque ninguna se le acerca a aquella noche en Las Ventas, siempre salí con la sensación de haber asistido a una banda histórica, legendaria y que sabe divertir a su público como la que más.

Por todo esto, cuando me enteré de la demencia que sufre Malcom Young, sentí como si enfermara un familiar. Su guitarra me ha acompañado toda la vida, y su papel en segundo plano detrás de su hermano Angus hace que le tenga un aprecio especial, a sabiendas de lo fundamental que siempre fue su función en el grupo. Saber que ahora está en un hospital, sin conocer a nadie ni recordar nada del presente y pasado inmediato, me apena enormemente. Tanto como me entristeció la muerte de Ronnie James Dio, Jon Lord o tantos otros que me han acompañado, sin ellos saberlo, durante toda mi vida.

Ojalá la enfermedad le dé un respiro a Malcom Young, aunque esta dolencia suele ser irreversible. Son las cosas que tiene el rock, cuando lo amas y lo sientes tuyo. Hacen que un sexagenario escocés emigrante en Australia pueda encogerte el corazón al contraer una grave enfermedad.

Si yo rezara, buscaría una oración para pedir por su recuperación. Pero como no suelo hacerlo, voy a buscar aquel “High Voltage” (en CD, aquella cassette la guardo como oro en paño) y me lo voy a poner enterito en su honor y cantar a voz en grito eso de «It’s a long way to the top (if you wanna Rock ‘n’ Roll)»

Santi Fernández «Shan Tee»