Conocí a Cronómetrobudú hace un par de años, cuando tocaron junto a Eôn en el Gruta, en un fin de semana en que otras bandas de amigos míos tocaron allí. Vamos que me pase el finde en el Gruta. E hice un grato descubrimiento, una banda que sonaba diferente, que fusionaba ritmos, que añadía toques no habituales al rock, que su cantante no sólo cantaba perennemente, sino que encima, cambiaba los estilos, aportando variedad. En aquella ocasión se vinieron en furgoneta, y la misma noche volvieron tras el concierto… sin tiempo para decir adiós. Tanto que cuando les pedí que me firmaran el disco (“El número plateado”), ya estaban embarcados. Fue con boli, y el cartón quedó grabado a sangre y fuego, vamos, que las marcas quedaron en el CD, que afortunadamente funciona perfectamente.
Hace unos días, Roberto, su batería, contactó conmigo a través del Facebook. “Octavio, escucha lo último que hemos hecho, Ama-gi”. “¡Está bueno!” -dije yo-“¿cuándo venís por aquí? ¿dónde?” Y apunté la fecha como concierto al que asistir, y eso que teníamos en Madrid a UDO ese mismo día. Pero no me iba a perder a Cronómetrobudú…
Y por fin llegó el día. Había cola en la We Rock, cosa que no era problema, pues Roberto me guardaba entradas. Así que pasé y a disfrutar del concierto. La banda había experimentado algún cambio: Los miembros principales seguían siendo los mismos, Javier Castro a las voces, Oscar Calvo, su pedazo de violinista, y Roberto de Vega a la batería. Los nuevos, su bajista Pablo González y el guitarrista David Sendino.
Abrió la noche algo que a cualquiera que no les conozca debió parecer inesperado, como me pasó a mi en el Gruta: David Romero, un amigo de Javier, tenor, pero esta vez acompañado de su esposa, la soprano Virginia González, abrían con el Preludio (“Nibiru”). No sería esta la única participación de David, pues volvió a hacerlo más tarde. A juzgar por las galas de la banda, no había cambiado mucho el aspecto de sus miembros. Fieles a sí mismos, nos metieron en su mundo onírico, algo mágico, donde el tiempo es algo que no parece importar, a juzgar por esos guiños a tiempos pasados. “Ama-gi” es un término sumerio, que podemos traducir por algo parecido a la libertad… y es que su música tiene colores para todos los gustos: jazzeros, algo moros, o quizás flamencos, por supuesto que metaleros, rockeros más puros, e incluso, en ocasiones, Javier parece estar versificando cual cantante de rap. Pero lo cierto es que todo esto no lo hace parecer raro, por el contrario son aportes de sal y pimienta a la mezcla, que les hace ser diferentes, algo por lo que te los echas a la buchaca y te los llevas, no son más de lo mismo.
El concierto duró dos horas, pues ya tienen repertorio para ello. Estuvieron desde cerca de las diez hasta casi las doce de la noche. Una noche llena de fans de la banda, pues la sala estaba llena. Multitud de chicos y chicas la abarrotaban para oír a los de Burgos y disfrutar de su rock con tintes exóticos, donde por no faltar, no faltaba ni el japonés, algo que a la nueva generación de rockeros, fans del manga les encantó, un recuerdo a la situación en Japón por lo sucedido tras el tsunami de hace unos años y del desastre nuclear.
Fueron dos horas contundentes, donde Javier nos introducía en la historia de cada una de las diecinueve canciones que tocaron esa noche. El set list completo fue: la Intro (“Nibiru”), “Ama-gi”, “La flor del tiempo”, “A Dios rogando”, “Bajo piel”, “En mi jardín”, “El número plateado”, “La cuarta promesa”,“La suerte”, “Tú y yo”, “El mapa”, “Mi vida sin mi”, “Reisan”, “Sólo para ti”, “Codo a codo”, “Soy yo, David”, “Quijotes de cristal”, tras la que hicieron la presentación formal de la banda, “De cero” y “Vuelve a respirar” con la que finalizaron la velada.
Ya les pasa como a otras bandas. Pese a que la gente participó activamente de todo el concierto, animando a la banda a darlo todo, que lo dieron, está claro que para ellos había momentos y momentos, y se hizo evidente cuando tocaron “Quijotes de cristal”, canción que es ya su temazo, y del que pudimos escuchar incluso un: “¡Ya era hora!” por parte del público, cuando por fin lo tocaron. Y es que ya para entonces, el público llevaba más de una hora y media de bolo a sus espaldas, con muchísimas canciones nuevas y eso les reavivó. No es que estuvieran cansados, pues la mayor parte de su público es muy joven, pero claro, este ya los introdujo de lleno.
Hay gente a la que todas estas cosas no les gusta, no las entiende, o les parecen superfluas. Pero lo cierto es que en la variedad está el gusto. El gregoriano fue superado, y con él, un estilo tremendamente estricto, muy bonito, sí, pero demasiado lineal. Y con la llegada del Siglo XX, toda la música se ha revolucionado. Hay multitud de estilos, y Cronómetrobudú, fusiona varios de ellos, para hacer algo nuevo, algo diferente, y sobre todo, para no aburrir. Hay bandas que se tiran horas con la misma canción, este no es el caso.
Cronómetrobudú se trajo también su merchandising, incluido su último trabajo, un CD nuevecito, con el título “Ama-gi”, del que compré dos ejemplares, uno de los cuales regalé a Carlos, el DJ residente de la We Rock, para que no tenga excusa cuando le queramos pedir escucharlos. Y este es el segundo CD que tengo de la banda, ya mucho mejor empaquetado, con su libreto, fotos, y esas cosas, pues “El número plateado” apenas tenía una funda de cartón, y era descargable desde su web. Coproducido por Carlos Escobedo (que se está revelando en los últimos años como un verdadero “mecenas”, ayudando a descubrir bandas que merecen la pena) y los propios Cronometrobudú. Y es un disco bonito, donde cambian la pirámide egipcia de su anterior trabajo por un cerrojo que, una vez abierto, nos da acceso a este mundo mágico atemporal en el que nos sume la banda. A esto se le añaden caracteres de escritura cuneiforme, propia de la antigua Sumer, madre de grandes cosas, entre ellas, de la rueda, la Torre de Babel (los Ziggurats), la escritura (incluida la poesía épica, con el poema de Gilgamesh), matemáticas (algebra, geometría, incluso usaban un ábaco). Legalmente inspirarían el famoso código de Hammurabi (madre de la Ley del Talión), algo posterior. Y militarmente superaban a los egipcios, con los que se las vieron en innumerables ocasiones hace ya seis mil años.
De Egipto nos llevan en esta ocasión a Babel, a la madre de los miedos, la gente que quiso estar cerca de los dioses. Y nos llevan a tierras entre el Tigris y el Éufrates, precisamente para buscar la puerta de salida de estos mismos, la puerta que nos abre el camino de la libertad, desde este peculiar punto de mira.
Vuelven por Madrid en abril, por lo que os digo que no os los podéis perder. De verdad que merecen la pena, pasaréis un buen rato escuchándolos, así que si sois rockeros y estáis abiertos a nuevas experiencias, no dejéis de verlos. Yo espero verlos a mi vuelta de tierras sumerias…
Texto y fotos: Octavio Almendros
