Como un peldaño más en una larga escalera, el disco que me dispongo a comentar es solamente un pequeño extracto de la rica discografía de una máquina de hacer música perfectamente engrasada llamada The Cult. Eclécticos y camaleónicos, estos ingleses son probablemente el mejor ejemplo en toda la historia del Rock de cómo conseguir una envidiable madurez musical a través de una evolución absolutamente espectacular. Y es que aunque se siguen encontrando los toques góticos y pop que tanto abundaban en sus primeros trabajos, este “Sonic Temple” representa el clímax de una banda que consiguió ir cambiando su sonido en cada disco sin perder un ápice de su identidad.
Las etiquetas siempre les fueron pequeñas a estos gigantes, y así lo volvieron a demostrar en el año de salida del disco, nada menos que 1989, fecha considerada por muchos como “el principio del fin”. Sin embargo, y aunque el Hard Rock más tradicional estuviera iniciando una lenta decadencia, este trabajo claramente enmarcado en este género consiguió destacar por su enorme calidad y situó a la banda en el sitio que se merecía.
El sonido del grupo está profundamente arraigado en el Rock más clásico, y aunque Ian Atsbury (voz) haya renegado más de una vez de la década de los sesenta, las guitarras zeppelenianas y la voz a lo Jim Morrisson son marcas de la casa a lo largo del plástico. El sonido es excepcionalmente duro para lo que nos tenían acostumbrados, superando aquel Rock and Roll más fiestero de su anterior obra, “Electric” (1987), y los temas son mayoritariamente lentos, para lucimiento del mencionado Atsbury.
El resto de la banda lo componían Billy Duffy (guitarra), amante de los punteos psicodélicos y de los tupés engominados, Jamie Stewart (bajo, teclados), que abandonaría el
grupo el año siguiente, y Mickey Curry (batería), correctísimo en todo momento. La producción corría a cargo de un joven Bob Rock, que por aquel entonces ya apuntaba maneras.
Los temas son excepcionales y nos ofrecen momentos para todo, desde la caña y frescura de “Fire Woman” o el estribillo machacón de “American Horse” -con un Atsbury pletórico-, pasando por la emotiva “Sweet Soul Sister” o la guitarra entrecortada de “Soldier Blue”… aunque “Sun King”, el tema que abre, se lleva la palma en mi opinión: después de una introducción que va “in crescendo”, oímos una guitarra que se va acelerando hasta llegar a un estribillo sencillo pero resultón. En el solo Duffy nos muestra sus capacidades, y el puente nos vuelve a evocar la introducción.
A lo largo del disco, The Cult practican una música directa, tradicional en cuanto a la estructura, sin inventar nada, sin descubrir la pólvora, pero tampoco les hace falta. Lo que les diferencia del resto de bandas es el tremendo resultado que les sale.
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Jaume «MrBison»
