El nuevo disco de Red Hot Chili Peppers es la continuación de un “Californication” que, además de recuperar a un John Frusciante de nuevo limpio y motivado, devolvió a la banda al nivel de reconocimiento de antaño. De ahí que la expectación por ver de lo que eran capaces fuera máxima. En lugar de optar por lo fácil (seguir el camino que ellos mismos han marcado), se han destapado con un trabajo muy digerible, “para todos los públicos” e inconcebible dentro de unos mínimos tópicos rockeros. Los angelinos han dejado hacer y deshacer a su productor habitual, Rick Rubin, que los acompaña desde 1991 en dicha tarea.
“By the way” es un álbum preciosista que se recrea en las melodías y los pequeños detalles (les sigue bastando guitarra / bajo / batería para llenar tanto hueco). Se permite más de un escarceo con ornamentos de orquesta y piano, minimalistas y tan sólo como apoyo (“Dosed”, “Midnight” o “Tear”), nunca acaparando la atención. No tiene ningún single rompedor (el sencillo homónimo así lo demuestra, siendo de simple escucha agradable); es todo una senda de relax que pasa la hora de duración. Defraudará a quien no gustara de canciones como “Roadtrippin’” en “Californication” o esperara una ráfaga de funky nervioso guiada por las cuerdas del bajo de Flea. Excepto “Can’t stop” (de las mejores del disco), “Throw away your televisión” y “On Mercury” (la paranoia de turno en clave desenfadada), “By the way” olvida las tesituras que labraron los comienzos de la banda.
Kiedis se erige como el director de la orquesta, conduciendo el trabajo por cada recoveco con su voz, melódica y suave como nunca. Frusciante nos sorprende con los registros eléctricos de su guitarra, que suenan naturales, carentes de cualquier atisbo de potencia y de una pulcritud sublime. Hace acopio de la versatilidad que le caracteriza, reivindicando el puesto que Dave Navarro difícilmente hubiera ocupado en un disco de esta naturaleza. La labor de Flea y Smith es aparentemente modesta, ya que el primero no tiene oportunidad de protagonizar el primer plano en ningún tema y el segundo se limita a seguir el tiempo de unas piezas lentas que no presentan trabas ni frivolidades técnicas. Ello no significa que ambos pasen de puntillas y para ello tenemos más de una demostración rítmica sencilla de las que alegran el día (“This is the place”, “Minor thing” o “The Zephyr song”).
Flirtean con ritmos de sabor caribeño en “Cabron”, y se ceban con bellas estrofas poperas que por inercia hubieran sido propiedad de The Cardigans (“Universally speaking”) o de los hermanos Gallagher (“Tear”).
No creo que pretendan crear confusión, venderse vilmente (su música ha sabido ser compatible con los propósitos de su compañía sin perder un ápice de excelencia) o alejarse deliberadamente de sus raíces funk-rockeras. Anthony Kiedis, John Frusciante, Flea y Chad Smith son cuatro tipos que juntos generan una sinergia especial. La creatividad y la experimentación forman parte de su proceso de composición y “By the way” es un deseo explícito de evolucionar sin presiones, de reposar su música, hacerla sonar más rica y de no caer en tópicos ni autoplagios. Tómatelo como quieras, pero procura tumbarte, relajarte en el sillón y dejar volar la mente. Éstos no son los Peppers predecibles que nos avasallan a base de “Give it away”, “Around the world” o “Warped”. Si esperabas encontrarte con otro intento por recobrar la gloria de “Blood sugar sex magik”, te estás equivocando. Este álbum, aunque muy calmado, obliga a utilizar los cinco sentidos para disfrutarlo. Ellos le han echado imaginación. Ahora es tu turno.
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J. A. Puerta
