Los QOTSA de “Songs for the deaf” se muestran como una de las superbandas del año. A los irreductibles Josh Homme y Nick Oliveri se unen Mark Lanegan (Screaming Trees) y Dave Grohl (Nirvana y Foo Fighters). ¿Cómo describir la música de esta banda? Sirva como amago de respuesta una anécdota algo estúpida. Cuando me dispuse a adquirir el compacto, visité la sección de novedades. Por supuesto, ahí no encontré nada. Por un momento había olvidado que no me encontraba en Londres. A continuación me dirigí a la sección de rock y heavy. Ni decir que allí tampoco di con éste. Ingenuidad la mía. En otra tienda repetí la operación. Más de lo mismo. Por fin, y apunto de arrojar la toalla, veo que en un rincón apartado aparece el tan preciado tesoro. Moraleja: Josh Homme se dedica a escribir canciones y punto. Llámesele rock, stoner (más que nada porque Kyuss contribuyeron lo suyo a propagar este curioso nombre) o como sea, QOTSA tienen un estilo muy personal y no necesitan de etiqueta alguna.
Conociendo lo imprevisible de Homme a la hora de regresar a la palestra, uno no espera más que sorpresas, y casi siempre positivas, a lo cual nos tiene excesivamente bien acostumbrados. En “Rated R” QOTSA se atrevían con experimentos “extraterrestres” como “The lost art of keeping a secret”, pasajes psicodélico-alucinógenos inolvidables en “Living through chemistry”, una instrumental con resonancias zeppelianas de nombre “Ligthning song” o una pieza como “In the fade “ que hubiera dado que hablar de haber sido incluida en el último trabajo de U2. Rompamos el envoltorio que esconde “Songs for the deaf” para desgranar lo que contiene su interior…
El sonido de un transistor introduce “You think I ain’t worth a dollar, but I feel like a millionaire” (muy buen título, por cierto). La histeria se adueña de los compases iniciales con una base pesada y obsesiva a lo “Tension head” que viene acompañada por Oliveri en plan salvaje. Acto seguido nos topamos con “No one knows”, primer single del disco o cómo hacer una maravilla de algo a priori completamente arrítmico y carente de norte. No se puede crear más confusión en los primeros instantes que compaginar un corte excéntrico con otro alegre y animado como éste. Todavía no ha acabado y aparece un locutor hablando en castellano. Presenta el siguiente tema y un vistazo a los créditos basta para comprobar que, aparte de las “estrellas invitadas” como compañeros de grupo, los pinchadiscos que salen a lo largo del trabajo son amigos de la banda: Chris Goss, Twiggy Ramírez, Casey Chaos, etc.
“A song for the dead”, de alguna que otra reminiscencia a Hendrix y con redobles finales de Grohl para recordarnos su presencia, sirve para que Mark Lanegan se encargue de la estremecedora voz principal y recorramos el puente que separa “First it giveth” de “The sky is falling”. En éstas las tan características guitarras ultrasaturadas de la banda ceden terreno ante la suavidad de los estribillos. No llegan a desprender la fuerza de una banda de hard rock, pero la prioridad que le dan a la densidad de las seis cuerdas los aleja del rock acaramelado. Experimentación pura y dura. “Six shooter” es la otra cara de la moneda: desata adrenalina descontrolada en poco menos de dos minutos a base de gritos enfermizos y caña sin sentido. Oliveri es de nuevo el responsable.
“Hangin’ tree” se mueve por unos cauces rítmicos extraños y con ella cruzamos el ecuador del trabajo para entrar de lleno en la sección de hits en potencia. Sin menospreciar “Gonna leave you” y “Do it again”, temas de un gancho similar al que en su día tuvieron “Regular John”, “How to handle a rope” o “If only”, me quedo con los otros dos. “Go with the flow” prueba que Homme y Oliveri hacen lo que quieren: causar sopor, expresar delicadeza o componer unas melodías antológicas. El mismo Dave Grohl debió tirarse de los pelos cuando le enseñaron esta pieza y es que podría hacer buen uso comercial de ella para sus Foo Fighters. Mala suerte. Un predicador radiofónico da la bienvenida a los aleluyas de “God is in the radio”. Sea el toque Chains que tiene el estribillo, la maestría de Lanegan para embriagarnos con una voz en su punto justo de sutileza o las notas enrevesadas que la cubren, surge como caída del cielo; celestial, nunca mejor dicho.
La tanda final es de un contraste abismal. Mientras “Another love song” viaja cuarenta años atrás y nos sumerge en una atmósfera absolutamente oldie (parece que te hallas ante un viejo vinilo de tus padres), “A song for the deaf” nos sumerge en la más completa oscuridad y constituye la aproximación más seria del cuarteto al metal. Cuando se consume la canción bromean con el ritmo principal de “Feel good hit of the summer”.
De regalo, la edición trae dos pistas adicionales. “Mosquito song” saca a relucir la faceta acústica de las “reinas”. Unos aderezos de viento y piano que en los fragmentos de clausura se convierten en un orquesta de marcha fúnebre ponen la guinda al pastel. El resultado es una mezcla de sensaciones más que lograda. Tristeza, exquisitez y hermosura se dan la mano. Por su parte, una versión de The Kinks, “Everybody’s gonna be happy”, en una línea muy Beck cierra el compacto y deja un sabor de boca optimista.
QOTSA no son un plato fácilmente digerible. La reacciones que generan suelen ser extremas y se debaten entre el tostón más soberano y la brillantez más lúcida. La locura que rodea su música y la original combinación de un sonido descaradamente retro con tendencias modernas explican el por que. En comparación con sus antecesores, este tercer trabajo en estudio se presenta como el más íntegro de todos. El listón de los temas se mantiene elevado y, además de superar la calidad de “Queens of the stone age”, como obra tiene un acabado más pulido que “Rated R”. “Songs for the deaf” coloca a la sociedad Homme/Oliveri en un estatus inmejorable y confirma que tras Kyuss hay más vida de la que muchos auguraban.
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J. A. Puerta
