“Final de curso”
“School’s out for summer”, cantaba el sr. Vincent Furnier, rebosante de la alegría rebelde que le caracterizaba, bajo el pseudónimo de Alice Cooper. Era junio de 1972 y podemos imaginarnos la ilusión de los chavales por acabar el colegio hasta septiembre y disponerse a ir al campamento de verano, a la piscina municipal (o privada, que los americanos son muy suyos) o a comprar petardos para celebrar el cuatro de julio. Estas apetecibles actividades, cómo no, las harían acompañados del cassette de rock and roll del artista de turno. Y en verano del ’72, el artista de turno era Alice Cooper.
Sería francamente difícil imaginar al sr. Cooper sacando un single parecido hoy en día. Y digo “parecido” refiriéndome a la temática: la del final del curso escolar. Porque “School’s out” se parece más una canción infantil que a un tema de rock. La razón de su éxito en su momento probablemente fue debida a un hecho banal pero no por ello poco interesante: quienes escuchaban rock en el ’72 eran los jóvenes. Quiero decir: exclusivamente los jóvenes. En 2014 no tendría mucho sentido intentar ganarse al público rockero pregonando la buena vida veraniega.
Los chavales que gozaron del verano del ’72 con el cassette de “School’s out” ya no son unos chavales. El público del rock ha crecido. El rock ha crecido. Hoy en día hablamos de una música intergeneracional, de la que disfrutan tanto adultos como jóvenes. Seguramente no gusten de las mismas bandas, pero por lo menos comparten un estilo, con todas sus variantes. Es por eso que nos quedan anticuados singles como el que comentaba, o videoclips como los de Twisted Sister incitando a la rebelión en el colegio. Para muchos rockeros, el colegio es ya aquel sitio en el que van a dejar a sus hijos cada mañana.
A pesar de esto, es sorprendente como el heavy-rock ha sabido adaptarse a su propia vejez, si se me permite la palabra. Por un lado, ha dejado de ser el único estilo de música estrictamente juvenil (compite, desde hace años, con la electrónica, el hip hop, etc.) pero, sin embargo, sigue conservando sus valores esencialmente juveniles: la rebelión, el desacato, la libertad. Y su estética (camisetas, chupa de cuero, pelo largo…) puede verse en personas adultas, sin extremarse, eso sí. El prototipo de oyente de rock ha pasado de ser un outsider, un rebelde sin causa, a ser un melómano entendido, que viaja los kilómetros que haga falta para ir a un festival o a un concierto.
No nos engañemos: los lectores de esta web (y de la mayoría de webs de heavy-rock, diría yo) ya no son unos yogurines. Difícilmente The Sentinel hubiera tenido éxito en otro ambiente: ni regalamos pósters, ni ponemos fotos de mujeres despampanantes, ni siquiera incitamos a la rebelión. Somos unos melómanos, y punto. Quizás ahí esté el quid de la cuestión.
El oyente de rock ha pasado de “vivir” su música a disfrutarla. Es alguien que, quizás movido por la nostalgia, quizás por un afán casi historicista, de coleccionista de arte, compra discos (¡compra discos!), ve a las mismas bandas por undécima vez y sigue poniéndose álbumes de 1983 que se debe saber ya de memoria, por lo menos.
Las bandas, los músicos, también han evolucionado. ¿Habéis escuchado los últimos discos de Pearl Jam? Una banda que empezó, allá por el ’91, como un perfecto retrato de los altibajos hormonales de la adolescencia y que ahora habla de las penurias adultas: no poder pagar las facturas o que te deje la mujer. Curioso cuanto menos. Letras como “vas sin afeitar / dice el sheriff del lugar / y además con tías buenas” ya no tienen ningún sentido en una sociedad que ha normalizado a sus rockeros (bueno, si nos ponemos puntillosos, eso del sheriff tampoco tenía mucho sentido en la España de los años ochenta, pero no vamos a entrar en eso).
Todo ello demuestra que el heavy-rock fue mucho más que una moda pasajera. Ahora volvemos a estar en junio, cuarenta y dos años después del single de Alice Cooper, y vuelve a ser final de curso para los más jóvenes, a quienes la música del sr. Furnier probablemente suene a neolítico medio. A pesar de los pesares, y aunque ellos no lo sepan, sus archivos en mp3 de rock and roll (dejamos los cassettes para los museos) deben mucho al bueno de Cooper. Porque sólo hay una cosa más chocante que darse cuenta de que tu música se parece a la de tus padres: que tú mismo eres clavadito a ellos. Buen verano, y buena música.
Jaume “MrBison”
