PEARL JAM “Riot Act” (2002)

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sm36930a-P1.tiffCon siete discos a sus espaldas, Pearl Jam siguen en la brecha y sobreviven a una generación que poco a poco ha ido perdiendo a sus mayores exponentes. De los cuatro grandes (Soundgarden, Alice In Chains, Nirvana y ellos) han sido los únicos capaces de no sucumbir a los serios problemas de drogas de unos y de resistirse a la muerte natural de otros. Liderados por un frontman como Eddie Vedder, que dirige la nave con mano firme, han sabido distanciarse del conformismo del negocio musical con una rebeldía fuera de lo común: la doctrina anti-rockstar que en sus comienzos colisionaba de frente con lo establecido, la defensa del vinilo en forma de single, la negativa a promocionar el lanzamiento de alguno de sus álbumes o la denuncia contra el abuso monopolístico de Ticketmaster. La máxima del ir más allá con modestia todavía subyace en el interior del quinteto y la publicación del último tramo de la gira de “Binaural” al completo así lo prueba.

Puestos en preámbulos, regresemos a la actualidad. “Riot act” ha sido producido por Adam Kasper (que trabajó como ingeniero de sonido en “Vitalogy” e hizo las veces de productor para Foo Fighters, Soundgarden en “Down on the upside” o el último trabajo de QOTSA) y mezclado por Brendan O’Brien (cuyo currículo va ligado estrechamente a los de Seattle gracias a “Vs”, “Vitalogy”, “No code” y “Mirrorball” de Neil Young, amén de su labor de producción en “Superunknown”, “Core” o “Evil empire”).

A diferencia de los dos últimos trabajos, “Riot act” tiene como antesala a “Can’t keep”, un tema que progresa de las guitarras desenchufadas y el aire intimista que aporta la voz de Vedder a los punteos decorativos. Ante la ausencia de energía con la que comienza el disco, “Save you” devuelve ese “Breakerfall” que meta una pequeña chispa de electricidad en el cuerpo. El primer golpe de vista de “Love boat Captain” es engañoso. Un estribillo que por arte de magia saca de la chistera unos segundos de gloria intensa se abre paso ante la serenidad inicial, con el añadido de un Hammond por cortesía de Kenneth Gaspar: “Cause to the universe I don’t mean a thing / And there’s just one word I still believe / And it’s love”. Sobran las palabras.

Por si aún quedaban dudas acerca de lo exageradamente adulto que se ha hecho el rock de los de Seattle, “Cropduter” y “Ghost” no vienen más que a corroborar tal hecho. Uno siente al escuchar dos cortes así que “Ten” data de unas cuantas décadas atrás y que aquellas imágenes de Vedder lanzándose de las plataformas más altas del escenario pertenecen a una adolescencia ya lejana. El tono épico de “I am mine” constituye uno de los momentos emotivos del álbum. El sencillo de adelanto prueba inequívocamente que el grado de madurez adquirido por la banda no tiene límites: la sección de cuerda formada por Stone Gossard y Mike McCready evoca grandeza y las estrofas centrales se las adjudicaría a R.E.M. si Stipe hubiera ocupado el puesto al micrófono. Al igual que “Given to fly” y “Nothing as it seems”, cumple el cometido de advertir del contenido del trabajo a grandes rasgos.

A unas acústicas más inspiradas de lo normal se van agregando paulatinamente los cautivadores susurros de Vedder y unos tenues golpes de baqueta. El transcurso de “Thumbing my way” convida a dejarse transportar hasta tocar un cielo menos distante que los de antaño. Confiados en el sosiego permanente, la base de “You are” reclama un lugar para la innovación con una percusión mecanizada que causa curiosidad. A pesar de esta novedad, lo más destacable del tema es un desarrollo casi jazzístico en mitad del mismo, puesto que en general despide frivolidad. De semejante síntoma sufre “Green disease”, una canción que en otros tiempos hubiera sido una inyección de nervio con la dosis justa de punk bajo la dirección del bajo de Jeff Ament, pero que ahora se ahoga en una contención por parte del grupo incomprensible.

Algo más de luz arrojan “Get right” y “Help help”, que parecen creativamente importadas del laboratorio de la antigua formación de Matt Cameron. De hecho, la primera de ellas ha sido escrita por él. Vedder se permite un discurso ácido con tono de vaquero tejano en “Bu$hleaguer”, toda una crítica a la gestión del máximo mandatario de su país. Para sureño “1/2 Full”, que evoca un paisaje desolado de desiertos, polvo y arena, gracias en gran parte al oficio con que McCready acomete la solista.

Los cánticos místicos de “Arc” chocan en medio de tanta prudencia. No más que una pausa acertada de minuto y pico para después dar por finalizada la sesión con “All or none”. La nota predominante es de nuevo la mayoría de edad, esta vez escenificada con fondo de club bohemio a base de un piano discreto y unos arreglos compositivos exquisitos.

A estas alturas de la película, Pearl Jam se encuentran por encima del bien y del mal. Con los últimos trabajos se han labrado una respetabilidad que les ha servido para desprenderse del “sanbenito grungie” de su día y erigirse como una de las formaciones rockeras más representativas de los noventa. Sin embargo, esa actitud les ha hecho perder la garra que los alzó a tal posición. Hoy por hoy sus seguidores demandan de sus álbumes algo más que el perfeccionismo con el que Vedder supervisa cada grabación y que no recuerdan desde “Vitalogy”. Crecer siempre es saludable, pero hacerlo a costa de renunciar a la chispa de la juventud puede ser un juego peligroso.

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J. Alfonso Puerta