Recuerdo que en mis tiempos de colegio enchufaba “Among the living” a toda pastilla y meneaba la cabeza hasta dejarme el cuello mientras “Caught in a mosh” o “Efilnikufesin” sonaban en la cadena. Que, transcurridos catorce años desde aquello, siga teniendo la misma reacción cuando cae en mis manos el último lanzamiento de los americanos es un síntoma inequívoco de que su música transmite la fuerza de antaño. Al menos en lo que a mi respecta, claro está. Las bajas de Joe Belladonna y Dan Spitz no se notan en absoluto, mal que les pese a algunos. John Bush impone más autoridad vocal que su predecesor y posee una personalidad indiscutible que le diferencia del resto de cantantes. Rob Caggiano es el repuesto a un grupo que grabó su anterior álbum, “Volume 8”, con un solo guitarrista. No puede decirse que su trabajo pase desapercibido ya que el colorido y la riqueza en los solos y las guitarras en general han mejorado sensiblemente en comparación con los tres discos precedentes. Ahí están los pasajes centrales de “Anyplace but here”, “Think about an end” o “Cadillac rock box” para deleitarnos con un poco de feeling dosificado.
Tras cinco años de silencio, posibilidades de ruptura por las malas ventas de sus últimos discos y polémicas estúpidas relacionadas con su nombre y los trágicos acontecimientos del 11-S, la espera se había hecho larga, pero ha valido la pena. Hasta el formato del digipack es un detalle para los compradores del compacto: el libreto está cuidado al máximo, con dibujos que ilustran cada una de las canciones, el envoltorio transparente es muy vistoso y en general el producto lo han tratado con mucha delicadeza.
Los dos cortes que inauguran la nueva obra de Anthrax no pueden ser más explícitos en cuanto a intenciones. Los tiempos han cambiado, y la banda con ellos, ¿o es al revés? “What doesn’t die” y “Superhero” irrumpen con unas estructuras cuadriculadas y cortantes, marca de la escuela metálica más vanguardista e ideales para ser acompañadas en directo por unos buenos botes. A quien ande familiarizado con los últimos trabajos del grupo no le sorprenderán en absoluto.
Las primeras notas de “Refuse to be denied” nos trasladan durante décimas de segundo a un “Toast to the extras”, pero tan sólo es un espejismo puesto que de nuevo la fuerza retoma el protagonismo a base de un grito de Bush y un riff insistente del maestro Scott Ian. El estribillo dosifica esa dureza como sólo Anthrax saben hacerlo, poniendo una pizca de accesibilidad allí, otra de intensidad allá y siempre dejando en primer plano la garra que les alzó como una de las formaciones pioneras del thrash metal. “Anyplace but here”, “Taking the music back” y “Strap it on” están compuestas con similar receta, enganchándose con una facilidad pasmosa. Los fragmentos finales de la última esconden un homenaje a “Love bites” que no deberíais perder de vista.
“Nobody knows anything” no desentona al lado de éstas, pero los malabarismos rítmicos de Charlie Benante le dan un toque de distinción. Junto a “W.C.F.Y.A.” es la más directa del álbum. “Black dahlia” es la extravaganza, con un tono caótico que en una vertiente más extrema usarían perfectamente Slipknot y un puente de puro arrebato a lo Tom Araya con trasfondo grindcore.
“Safe home” hereda de “Only” o “Catharsis” cierta comercialidad en cuanto a que es claramente más asequible y se hace familiar en seguida. Además de contagiar el ánimo optimista de su letra, se alza como la enseña de este plástico por su gran calidad y que se hayan decidido a editar un single de ésta es algo que se veía venir. No hay que ser muy listo para suponer que, si se tratase de una banda novel con una gran campaña promocional detrás, sonaría hasta la saciedad en las radios y pondría en serios aprietos a sus jóvenes competidores en potencia. Red Hot Chili Peppers lo han hecho con menos.
El riff principal de “Think about an end” lo podrían haber robado de Tom Morello, así como el tratamiento tan experimental que le da Caggiano al estribillo. Una vez más nos recuerdan que, cuando se lo plantean, saben rockear como cualquiera de sus compatriotas y “Cadillac rock box” así lo prueba: una patada en el culo dada con mucho estilo.
“Safe home” en versión acústica y “We’re a happy family” ponen el broche de oro al disco como bonus tracks. La primera desnuda el tema original, reduciéndolo a una pareja de acústicas que adornan las estrofas que John Bush canta con la mayor sutileza que puede, aunque resulte evidente que esta faceta reposada no es su punto fuerte. La adaptación de The Ramones trata de respetar al máximo la de sus creadores, manteniendo el toque punk-rockero y desenfadado.
Que Anthrax sea una de las bandas que mejor ha sabido adaptarse al cambio de tendencias sin ceder un milímetro de contundencia en su estilo dice mucho de ellos. A menudo se escuchan críticas hacia la supuesta modernidad adoptada y el alejamiento de sus orígenes a raíz de la entrada de Bush en la formación; lo cual extraña sabiendo que, ante todo, Scott Ian y compañía siempre han ido contracorriente, bien sea vistiendo bermudas y camisetas chocantes frente a la sobriedad y/o glamour de aquellos tiempos o sentando precedentes en la fusión del rap (con permiso de Aerosmith) con el metal en “I’m the man” o “Bring the noise”. Cuestión de memoria, digo yo. Si algo negativo pudiera achacársele al álbum, es el contar con menos variedad que “Volume 8: The threat is real” y presentar una mayor uniformidad; dato éste que se olvida pronto gracias a la frescura que destilan los temas. Después de tenerlo unas semanas encasquetado en el equipo, todavía no sabría si decantarme por aquel o por éste. Ambos han demostrado el gran nivel en el que se encuentra el grupo. Ser nostálgico con Anthrax es perder el tiempo. Los ochenta fue una gran época para ellos, no seré yo quien lo ponga en duda, pero negar un presente tan grandioso es colocarse una venda en los ojos.
J.A. Puerta
